Según el calendario establecido por la Registraduría del Estado Civil la campaña presidencial colombiana comienza el 31 de enero de 2026, cuando se inicia la inscripción de candidatos y termina el 21 de junio, cuando se realizará con toda seguridad la segunda vuelta. Así que ni siquiera ha comenzado y faltan cinco meses para que concluya. No tienen entonces ningún sentido las voces alarmistas que pregonan la necesidad de apoyar al candidato de la oposición que hoy encabeza las encuestas de lejos, el abogado Abelardo de la Espriella, como un recurso desesperado para impedir la continuidad en el poder del proyecto político del Pacto Histórico y su candidato Iván Cepeda.
Primero que todo porque hay un hecho tozudo: en la historia de las elecciones presidenciales libres, las posibilidades de que un gobierno impopular mantenga a su partido en el poder son mínimas. Se argumentará que el gobierno de Gustavo Petro mantiene una popularidad, inexplicable para sus opositores que lo juzgan con excesiva severidad, popularidad que anda por la tercera parte de la opinión pública. Santo y bueno, solo que, si se supone su capacidad para endosarle ese porcentaje a Iván Cepeda, ese 30% le alcanza para llegar a la segunda vuelta, pero no para ganar.
Las posibilidades de que un gobierno impopular mantenga a su partido en el poder son mínimas.
Máxime cuando la campaña arranque de verdad y se pongan en evidencia las limitaciones de Cepeda como un candidato sin carisma cuya comparación con la fogosidad y el verbo del presidente en ejercicio es penosa, a lo cual habría que añadir su ideología, esa sí de izquierda, a diferencia de la de Gustavo Petro que negó siempre tenerla, y por supuesto, la más que probable antipatía de Donald Trump que no va a resistir la tentación de meter baza en el asunto. Subir ese 30% o aún mantenerlo le va a ser difícil, con el resto del mundo en contra.
Pero el punto central es que no hay nada más sano que un debate electoral entre candidatos con diferentes ideas, personalidades y sobre todo trayectorias de vida para que el electorado pueda escoger en una primera vuelta el que más le guste y en una segunda el que menos le disguste. El sistema electoral colombiano ha establecido una especie de primarias electorales denominadas consultas, de las cuales se han aprovechado con éxito dos de los partidos políticos organizados que existen, el Pacto Histórico y el Centro Democrático que han escogido sus candidatos y van a ser votados con otros que no les hacen ni cosquillas junto con las elecciones legislativas del 8 de marzo. Esos dos candidatos Iván Cepeda y Paloma Valencia van a salir muy fortalecidos de ese evento, como ya lo registran las encuestas
Pasan en esa historia dos cosas raras. La primera, que partidos poderosos y organizados, el Liberal, el Conservador, la U y Cambio Radical no tienen candidatos, lo que lleva a preguntarse cuál es la razón de ser de un partido político que no se convierte en una opción de poder. La segunda, que un candidato con una posición preeminente en las encuestas como Abelardo de la Espriella va a resultar sin ninguna representación política en el Congreso. Ambas cosas absurdas, pero que llevan a que el verdadero debate presidencial y las verdaderas alianzas se hagan después de esa fecha.
La democracia consiste en que ese debate sea entre varios y que gane el que la gente perciba como el que más confianza inspire. Que a la segunda vuelta llegue una carta poderosa frente al candidato del gobierno, a la que seguramente con alianzas o sin ellas rodeará el 70% del electorado que quiere otra forma de ejercer la presidencia. Ya en el arranque, con la encuesta de Guarumo y Ecoanalítica, se intuye que tanto Iván Cepeda como Abelardo de la Espriella son derrotables, lo cual es la mejor noticia desde que inventaron el whisky.
Del mismo autor: El harakiri de la Gran Consulta
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