Entre amenazas nucleares, gestos absurdos y líderes erráticos, la política mundial parece un espectáculo sin rumbo donde la lucidez es la gran ausente
Cuando el filósofo Anaxágoras agonizaba en el exilio, sus amigos le preguntaron si deseaba que trasladaran su cuerpo a su patria después de muerto; entonces el pensador respondió: “no es necesario; de todos los lugares salen caminos hacia los infiernos”.
Cuando a uno le preguntan sobre la actualidad política, no solo de Colombia sino a nivel global, se siente tentado a parafrasear a Anaxágoras, pues basta con leer un periódico, ver un noticiero o analizar las entrevistas a los prohombres de Estado para saber que, desde cualquier parte, el desenlace será el mismo. La política se vació por completo de contenido y todo se reduce a un antagonismo visceral sin sustento.
La semana pasada, la embajadora de la Unión Europea, Kaja Kallas, les dijo a un grupo de políticos que, si bien ella era abstemia, el contexto geopolítico “propiciaba un buen momento para empezar a beber”. Tiene toda la razón la dirigente, pues la abstracción de la realidad que ofrece el vino es una alternativa plausible en estos momentos tan convulsos. Churchill desayunaba con un sándwich y dos vasos de whisky; pero cuando no tenía tiempo, solo se tomaba el whisky. No es una exhortación al desmadre, sino una radiografía para dimensionar la gravedad de lo que sucede. Tampoco es catastrofismo: es la consecuencia del apasionamiento que nos invade al acudir a las urnas.
Trump añora apoderarse de Groenlandia; Delcy Rodríguez condecora al director de la CIA; Milei canta a grito herido con el Chaqueño Palavecino; el ayatolá Jamenei amenaza con un ataque nuclear si es depuesto. Los líderes del tercer mundo no tienen alternativa distinta que sentarse en el umbral a ver pasar el féretro que lleva dentro el derecho internacional. Razón tenía Aristóteles cuando profesaba su admiración por Anaxágoras y decía que, cuando este hablaba, parecía la única persona sobria entre una multitud de ebrios.