Opinión

La compraventa de votos

Tenemos tarea: Afrontar un síntoma y una herida abierta de la democracia colombiana

Por:
febrero 13, 2026
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A las puertas de un nuevo ciclo electoral, Colombia vuelve a enfrentarse a un problema viejo que, sin embargo, persiste con obstinada actualidad: la corrupción electoral expresada en la compra y venta de votos. No se trata solo de una irregularidad jurídica; es un síntoma profundo de una cultura política que aún no logra desprenderse de prácticas heredadas que degradan la vida democrática y desdibujan el sentido mismo de la representación ciudadana.

El fenómeno se reconoce en escenas cotidianas que muchos prefieren naturalizar: el rumor que circula en barrios y veredas, la solicitud apenas velada de “colaborar con los votos de la familia”, la presión sobre trabajadores convocados a reuniones donde se insinúa que la continuidad del empleo depende de una orientación electoral determinada. Aparecen también promesas de puestos, contratos, ayudas o favores a cambio de un apoyo político que no nace de la convicción sino de la necesidad o del temor. Así, el voto —que debería ser la expresión soberana de la ciudadanía— se convierte en moneda de cambio.

Estas prácticas no son nuevas. Tienen raíces profundas en el clientelismo, en el gamonalismo y en formas históricas de intermediación política que consolidaron redes de dependencia entre “dirigentes” y poblaciones vulnerables. Durante décadas, el acceso a bienes públicos, empleo o servicios básicos estuvo condicionado a lealtades políticas, creando un círculo perverso donde la pobreza y la exclusión se convierten en terreno fértil para la manipulación electoral. Las consecuencias han sido enormes: captura de rentas públicas, corrupción administrativa, debilitamiento institucional y, en muchos casos, violencia asociada al control territorial y político.

Cuando el voto se compra, se pone en venta no solo una papeleta, sino la posibilidad colectiva de decidir el rumbo del país

Por eso, no basta con ver la compra de votos como una simple falta menor o como una práctica inevitable del paisaje electoral. Se trata de un delito grave contra la democracia, pues vulnera el principio básico de libertad ciudadana y distorsiona la voluntad popular. Cuando el voto se compra, lo que se pone en venta no es solo una papeleta, sino la posibilidad colectiva de decidir el rumbo del país, de las regiones y de las comunidades.

Lo más preocupante es que este fenómeno opera a través de redes complejas y muchas veces invisibles, sostenidas por intereses económicos y políticos que han aprendido a camuflar estas prácticas bajo formas aparentemente normales de gestión política. La corrupción electoral no se limita a un actor aislado; involucra estructuras enteras que se benefician de la apropiación de lo público y que terminan decidiendo sobre bienes comunes y políticas colectivas en función de intereses particulares.

Sin embargo, esta realidad no es inmodificable. Transformarla exige reconocer que el voto es personal, libre y secreto; que nadie puede exigirlo ni condicionarlo; y que cada elección define decisiones que impactarán la vida cotidiana durante años. No se trata solo de elegir personas, sino de respaldar programas, proyectos y visiones de sociedad. El voto programático implica preguntarse qué se propone para enfrentar los problemas reales del país: empleo, salud, educación, seguridad, medio ambiente, desigualdad y oportunidades para las nuevas generaciones.

La invitación es, entonces, a romper con la resignación. A entender que vender el voto no es un acto inofensivo sino una renuncia a la propia voz política. A reconocer que aceptar una ayuda momentánea a cambio del voto puede perpetuar las mismas condiciones que obligan a aceptar esa ayuda. La democracia solo se fortalece cuando la ciudadanía ejerce su derecho con autonomía y conciencia.

Colombia enfrenta hoy desafíos enormes que requieren instituciones legítimas y gobernantes elegidos por decisión libre, no por transacciones ocultas. Superar la cultura de la compra de votos es un paso necesario para construir una democracia más justa, donde la representación política responda al interés general y no a acuerdos privados.

En última instancia, la transformación no depende solo de leyes o sanciones, sino de una ciudadanía que entienda que su voto vale más que cualquier promesa pasajera. Solo entonces podremos decir que elegimos, de verdad, el país que queremos construir. Vamos; se puede avanzar en cambios políticos con decisiones concretas: no dejemos que el voto se compre.

 

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