Si hay algo peor que una mala acción es una pésima reacción. Peor que la llegada al poder de un presidente con pretensiones dictatoriales, sueños de líder mundial antimperialista, con la idea de replicar el modelo venezolano y forjar un régimen autoritario, ha sido la mediocridad de la oposición en Colombia.
Desde que asumió el poder el presidente Gustavo Petro, sus opositores, declarados y vergonzantes, se dedicaron a buscar el ahogado aguas arriba y se han desgastado torpemente más en batallas superfluas por los tenis de una ministra, el uso estrambótico del helicóptero de la vicepresidente, o los zapatos de pequeñoburgués del presidente. Suficientes distractores para que Petro pudiera avanzar en sus propósitos populistas como el de desbaratar el sistema de salud, que a juicio del gobernante anticapitalista es pecado mortal que la salud, además de ser un servicio público, sea un negocio.
La oposición bailó al son que le tocó el presidente y nunca pudo ejercer una postura digna, entre otras cosas porque los políticos tradicionales, a su usanza y de manera suicida, se tranzaron a punta de dádivas burocráticas que manejó sin vergüenza y con mayor habilidad el gobierno Petro.
La respuesta calificada poco a poco se quedó enana y los protagonismos personales encontraron la ocasión para creer que cualquiera podía aspirar como si fuera cuestión de soplar y hacer botellas. La reacción a este embrollo resultante de unas elecciones que se ganaron con trampa y con los mismos métodos que criticaba la izquierda requería algo más que la apuesta ingenua de soñar con que en tierra de ciegos el tuerto es rey.
Ninguno tuvo la fortaleza necesaria porque hay algo que no tiene la oposición colombiana, sentido de la oportunidad y rigor para el debate público. Esto es lo que ha generado el caldo de cultivo ideal para que penda como espada de Damocles la nefasta posibilidad de que se perpetúe el proyecto progresista o neocomunista a imagen y semejanza de Cuba y Venezuela.
Las chambonadas del presidente y las extravagancias en su vida personal despistaron a los contradictores y los pusieron a dar tumbos frente a las propuestas descabelladas disfrazadas de motivos altruistas. La pandita interpretación de quienes se perciben como candidatos y la incomprensión de la magnitud del problema principal los hizo irse por las ramas e improvisar performances que los han llevado incluso a construir su propio desprestigio.
Mientras tanto, Petro jugaba a ser gobierno y oposición al mismo tiempo. Dictaba medidas para arruinar la empresa del Estado más rentable con un discurso ambientalista impertinente y alborotaba seguidores ignorantes para construir una imagen de redentor de los pobres, al calor de la incitación a los ciudadanos a tomarse las calles para protestar contra los ricos. La oposición cayó en el juego y se dedicó a ripostar movilizaciones populares que tenían más de fervor militante que de justas demandas sociales o de protesta ciudadana. No surgió un liderazgo social respetable sino que brotaron varias figuras mediáticas sin popularidad real.
No es solo el modelo petrista, que prácticamente tiene asegurada su continuidad con el triunfo de su heredero Iván Cepeda, lo que reviste el gran parecido con la trágica experiencia del vecino país, es la calidad de los dirigentes políticos que pretenden ser sus oponentes, su condición mezquina y su ignorancia cognitiva respecto de la dialéctica histórica y de la sicología social.
Es el egocentrismo y el poco contacto con la real politik de quienes creen que están calificados para derrotar en las urnas a alguien que está dispuesto a no respetar el resultado electoral. Un personaje al que lo tiene sin cuidado hacer honor o no la Constitución, cumplir o no las normas legales, maltratar a las mujeres, irrespetar al público o transgredir las costumbres y creencias del pueblo. Nadie desde el bando contrario supo debatir convocando a la ciudadanía a enfrentar medidas tan delicadas como las que se tomaron en contra de la salud o de la empresa petrolera que obtenía los mejores ingresos para el Estado.
Excepciones como la del expresidente Alvaro Uribe Vélez, que alertó cuando dijo Ojo con el 2026, y que conoce el peligro de lo que llama el castrochavismo, han sido apabulladas en las redes por el proyecto Petro que se dedicó a alentar la posibilidad incluso de criminalizarlo y meterlo preso. O la de María Fernanda Cabal, que ha mostrado claridad sobre la amenaza que representa el Foro de Sao Paulo y el proyecto Sorox en la agenda del Socialismo del Siglo XXI, terminó estigmatizada no solo por las bodegas mamertas sino por la misma oposición, hasta el punto de que en su propio partido la consideraron impresentable y le hicieron el cajón para que la candidata fuera Paloma Valencia. O la de Abelardo de la Espriella, que sin pelos en la lengua optó por llamar al pan, pan y al vino, vino, que entiende como el que más el peligro del proyecto de Gustavo Petro y que lo ha enfrentado con ardentía, como él mismo lo dice, y no ha hecho otra cosa sino recibir palo de la misma oposición.
La oposición colombiana supera con creces el activismo desenfocado y la atomización sin brújula de la venezolana de la época en que emergió el excoronel golpista Hugo Chávez, quien la cogió en asuntos de compromiso social y preocupación por los sectores populares con los pantalones abajo. Los opositores reemplazaron el sentido de la oportunidad por el sentir de los oportunismos y hoy todavía se pagan consecuencias.
Pero los Leopoldos López, Corinas Machados, Guaidos y Ledesmas son unos genios al lado del centenar de colombianos que pensaron que aspirar a ser presidente era un tema de presentación personal. Que haberse portado bien y no haberle pegado a la mamá era suficiente para despertar las simpatías de las amplias masas electorales. Con una desmedida frivolidad conceptual e irresponsabilidad histórica terminaron por escoger como enemigo principal a Abelardo de la Espriella, cuando sintieron que de lejos les salió adelante en las mediciones electorales. Asustados por su incompetencia decidieron emprenderla contra quien destellaba con liderazgo popular.
Opositores de medio pelo, sin experiencia política, sin compromiso social y sin mínimos conocimientos sobre la táctica y la estrategia, que creyeron poder enfrentar un fenómeno populista capaz de ejercer sin escrúpulos constitucionales, éticos, morales, o legales han prestado un flaco servicio al presidente Gustavo Petro y sus aliados en las intenciones de perpetuar su proyecto de adscribir a Colombia en la órbita del Socialismo del Siglo XXI.
El escaso olfato político y el carente sentido común de unos aspirantes presidenciales que no entendieron la coyuntura histórica y pensaron que bastaba con promocionar su pulcra hoja de vida o exponer sus originales perspectivas administrativas para derrotar un monstruo que aún no identifican, no les ha permitido dimensionar el verdadero enemigo de la democracia en Colombia. Se lanzaron al ruedo periodistas, delfines, exministros, exfuncionarios, exalcaldes que creen que la relativa popularidad de sus cargos daba para seducir a un electorado hipnotizado por las disquisiciones lunáticas del dictador en ciernes.
Un personaje que logró colarse al igual que su émulo venezolano gracias a las centenarias practicas indolentes de una clase política que en ambos países se volvió mas negociante que representante y que ignoró por años las necesidades básicas de sus poblaciones.
Nada más parecido a la idea retorcida de perpetuarse en el poder de Hugo Chávez y Nicolás Maduro que la que ha caracterizado a Petro. Sí Chávez se salió con la suya hace casi un cuarto de siglo, cuando decidió cambiar la constitución de su país para controlar todos los poderes del estado y montar una dictadura, fue gracias a la mezquindad y vanguardismo de sus opositores. No fue la audacia del chafarote venezolano, ni el discurso populista sobre el pensamiento bolivariano o la cacareada intención de revivir la Gran Colombia, la que facilitó la perpetuidad del régimen, fue la escasez de grandeza y la esparcida mediocridad de quienes pretendían sustituirlo. En Colombia la ingravidez de la oposición abre el camino a la constituyente de Petro.
La incomprensión de la historia y la geopolítica mundial, la subestimación del enemigo principal en un país estratégico para las superpotencias y la liviandad del criterio político de quienes asumen que pueden llegar al solio de Bolivar por sus buenas intenciones, ponen al descubierto que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. La humildad y la nobleza son las grandes ausentes en el sector de la oposición.
La unidad es un concepto que les quedó grande a los candidatos que aspiran a derrotar al escogido por el presidente Gustavo Petro, por no tener la grandeza de unirse en torno a quien se destaca en la favorabilidad popular, por no entender que las elecciones se ganan con votos y no con aplausos, por no comprender que la unidad implica la unión de contrarios y que la forma de sumar es priorizando lo que une. La Gran Consulta puede resultar el gran fiasco y curiosamente son los abelardistas los que la pueden salvar si votan por Paloma Valencia.
Hoy los colombianos son víctimas de la incapacidad de sus dirigentes. No solo porque quienes aspiran no tienen la más mínima preparación sobre las leyes de la geografía política y mantienen un total desconocimiento respecto de las agendas internacionales de las superpotencias y su lucha por el control de los recursos energéticos y mineros de cara a la permanente búsqueda de un nuevo orden mundial, sino porque no saben hacer equipo.
Igual que en Venezuela, donde no era posible ganarse el favor de las amplias masas que habían elegido a Chávez precisamente por el desencanto cada vez más generalizado con la clase política tradicional, si no se renunciaba a los egos, los vanguardismos, que desde distintos ángulos formaron una enclenque oposición, en Colombia la ahistórica oposición está a punto de regalarle el triunfo a Cepeda. Si gana el heredero de Petro estos candidatos egocéntricos serán los principales responsables y la historia se los cobrará.
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