Bogotá llevaba años esperando este concierto. My Chemical Romance no era solo una banda pendiente en la lista de grandes ausencias; era una deuda emocional con toda una generación que creció entre delineador negro, letras catárticas y canciones que enseñaron que la tristeza también podía gritarse a todo pulmón. El 10 de febrero, esa espera terminó en Vive Claro Distrito Cultural.
Más de 30.000 personas llegaron desde temprano al recinto, muchas de ellas vestidas de negro, camisetas desgastadas y recuerdos intactos de adolescencia. No era un público casual: era una comunidad que había esperado más de dos décadas para ver, por primera vez en Colombia, a la banda que marcó su forma de sentir la música. Bogotá no solo recibió un concierto; fue testigo de un reencuentro largamente aplazado.
La noche arrancó con The Hives, encargados de subir la temperatura con un set directo, eléctrico y sin concesiones. Su punk garage fue el preludio perfecto para lo que vendría después: una descarga emocional que no necesitó presentaciones ni explicaciones. Cuando las luces se apagaron y My Chemical Romance apareció en escena, el grito colectivo fue casi físico, como si la ciudad exhalara todo lo que había contenido durante años.
Durante más de dos horas, Gerard Way y compañía recorrieron buena parte de su discografía, convirtiendo canciones como Helena, I’m Not Okay (I Promise) y Welcome to the Black Parade en himnos compartidos, cantados a una sola voz. No fue un show nostálgico: fue una confirmación de vigencia. La banda sonó sólida, conectada y consciente del lugar simbólico que ocupa para su público.

El concierto también marcó un nuevo capítulo para Vive Claro Distrito Cultural, que asumió el reto de albergar un evento de esta magnitud bajo un modelo de operación integral: manejo de flujos, control de ruido, gestión de residuos y articulación con el entorno. Un paso más en la consolidación del recinto como uno de los escenarios clave para la música en vivo en Bogotá.
My Chemical Romance se fue del escenario, pero dejó algo más que canciones: dejó la certeza de que Bogotá ya es parte del mapa emocional de las grandes bandas del rock. Para miles de asistentes, la noche no fue solo histórica. Fue necesaria.
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