Petro y Trump se hicieron pasito porque los dos esperaban ganar: el primero quería salir de la lista Clinton, contener las sanciones económicas derivadas del su verbo envenenado contra el norteamericano y neutralizar el riesgo del golpe de mano, de una extracción física como la que experimentó Nicolás Maduro.
Trump necesitaba mostrarse sosegado, tolerante ante un electorado interno y una opinión mundial cada vez más inclinados a criticar las rudas maneras de su política exterior y los métodos implacables del ICE. También buscaba advertir al colombiano sobre las consecuencias de no combatir a fondo el narcotráfico, restringir la libertad económica y manipular el proceso electoral.
El encuentro fue un éxito momentáneo de la diplomacia: se logró superar, al menos de dientes para afuera, el mar de fuego cavado entre un mandatario que se atrevió a provocar a su contendor con epítetos como esclavista, racista, genocida, pedófilo, y otro que ante las provocaciones ripostó con calificativos de calibre similar: matón, fabricante de drogas, aliado del narcotráfico.
Los méritos por lograr este encuentro improbable recaen en el secretario de Estado Marco Rubio y el embajador García Peña. No puede decirse lo mismo de nuestra apocada cancillería, cuya planta de personal ha estado en trance de nivelación por lo bajo, buscando que los más ignorantes e ineptos puedan representarnos en otras latitudes. Un contexto deplorable dentro del cual no extraña que la señora Villavicencio, en una muestra de ideología ciega, ciega lealtad petrista y desprecio por la conveniencia nacional renunciara a su visa estadounidense.
Pareciera que los actores estuvieron a la altura de las expectativas: Donald Trump lució como un patriarca comprensivo y bonachón, mientras Gustavo Francisco exhibía la facha de oveja arrepentida que retorna al redil tras flirtear con los borregos extraviados de otros campos. Pero digámonos la verdad, el acero que reside en el alma de cada uno de los dos mandatarios no ha cambiado. Sus intereses, sus ideas, sus egos, sus temperamentos permanecen inmutables y solo los acontecimientos de los próximos meses dirán si el encuentro fue intercambio constructivo sobre los problemas comunes y las soluciones, o si por el contrario, se trató de un diálogo de ocasión, juego de máscaras, encaminado a ganar réditos políticos y disipar temores circunstanciales.
Digámonos la verdad, el acero que reside en el alma de cada uno de los dos mandatarios no ha cambiado
Durante la rueda de prensa posterior al encuentro celebrada en la embajada de Colombia, Petro volvió a elevar el reclamo sobre Gaza al tiempo que María Elvira Salazar, representante republicana por la Florida, decía que a nuestro presidente “le leyeron la cartilla” o instrucciones de forzosa aplicación si quiere estar libre de recriminaciones y riesgos. Esto mientras el senador Bernie Moreno sugería que el cambio en la actitud del colombiano es producto de haber entendido la capacidad inmensa de incidir con la que cuentan las fuerzas armadas estadounidenses.
Más allá del intercambio de sonrisas y suvenires, los resultados del encuentro podrían estar destinados a esfumarse. La invocación callejera que hizo Petro a la subversión de los militares gringos es una ofensa grave a la institucionalidad de ese país que no será fácil de olvidar ni por este ni por gobiernos subsiguientes. Tampoco pasarán por alto el crecimiento exponencial de la producción de hoja y pasta de coca; el incumplimiento a los acuerdos de extradición; la paz total que se volvió entrega territorial e impunidad desafiante, y menos aún la posible financiación de la campaña presidencial, con dineros calientes. Todos son pecados graves que no se borran por la euforia pasajera de un juego de máscaras.
Lo concreto es que Petro quedó en período de prueba. De su comportamiento sensato exento de dogmas y odio, libre de licores y humos inciertos, respetuoso de las instituciones y la democracia electoral, dependerán el futuro de Colombia y también su destino como persona libre del repudio internacional. Si este fuere el caso, podríamos afirmar que lo acontecido el tres de febrero en la Casa Blanca no fue tan solo un juego de máscaras.
Con todo, la reunión de Washington precedida por la extracción de Maduro y coincidente con la debacle cubana, marca un antes y un después positivo en la actitud de nuestro gobernante. Como que está entendiendo que ya no queda espacio para la ambivalencia: la producción de estupefacientes tiene que ser eliminada aplicando al efecto los medios más eficaces al alcance; el cuento de la paz total como medio de oxigenar a los enemigos del Estado de derecho y la democracia, no puede continuar.
Del mismo autor: Crisis de la salud: el genocidio que avanza
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