Opinión

Votar para que el otro no gane: Colombia y la lógica del juego de suma cero

No votamos a favor de algo sino en contra de alguien. El escenario en las tres consultas está amarrado al deseo de evitar que gane alguno de los actuales punteros

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febrero 09, 2026
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¿Cuántos votaron en 2022 por Gustavo Petro para evitar que Rodolfo Hernández fuera presidente? Y viceversa: ¿de dónde obtuvo semejante votación el ingeniero?

El próximo 8 de marzo de 2026, los colombianos iremos a las urnas para elegir Congreso y, además, participar en consultas que definirán candidatos presidenciales. En el papel, se trata de un ejercicio democrático ejemplar: deliberar, escoger, contrastar proyectos.

En la práctica, el proceso vuelve a poner en evidencia una vieja y persistente lógica de nuestra política: no votamos tanto a favor de algo como en contra de alguien.

La pregunta central del votante no es “¿quién me representa mejor?”, sino “¿a quién hay que impedirle llegar?”.

Cuando la política se vuelve un juego de suma cero

En teoría de juegos, un juego de suma cero es aquel en el que lo que uno gana lo pierde otro. No hay beneficios compartidos ni creación de valor colectivo. Ganar equivale a derrotar.

Ese esquema puede funcionar en el ajedrez o en un casino. Sin embargo, es profundamente problemático cuando se traslada a la democracia. Cuando la política se vive de ese modo, el adversario deja de ser un contradictor legítimo y pasa a ser una amenaza existencial. Eso es, precisamente, lo que muestran hoy el clima electoral colombiano y las narrativas que lo rodean.

Consultas que no eligen, sino que bloquean

Las tres consultas del 8 de marzo —la Gran Consulta por Colombia (centroderecha), el Frente por la Vida (centroizquierda) y la Consulta de las Soluciones (centro)— nacieron con el propósito de ordenar la baraja presidencial. Pero su dinámica real es otra.

Paradójicamente, ninguno de los tres punteros (De la Espriella, Cepeda, Fajardo) en las encuestas presidenciales está hoy compitiendo en las consultas del 8 de marzo. Aun así, concentran enorme atención porque son vistas como instrumentos para frenar a los punteros.

En la Gran Consulta por Colombia, el objetivo explícito es producir un candidato que pueda “derrotar a los extremos”, primero a la derecha más radical y luego, en segunda vuelta, a la izquierda. En el Frente por la Vida, el pulso no es solo programático, sino de control del espacio progresista tras la exclusión de Iván Cepeda por el CNE. En la Consulta de las Soluciones, una parte del centro busca sobrevivir políticamente en un escenario dominado por la polarización.

El abanico de escenarios en las consultas está amarrado al deseo de evitar que gane alguno de los actuales punteros. Tres ejemplos:

  • Dado que Iván Cepeda, por decisión del CNE, no puede participar en la consulta del Frente por la Vida, Roy Barreras libra la batalla por convertirse en el gran beneficiario de su ausencia. Para ello necesita ganar la consulta y superar la votación obtenida por Cepeda en octubre. De ahí la búsqueda de la bendición de Petro (incluida la propuesta de “Petro vicepresidente”) y la insinuación de que la presencia de Vendrell, el complicado catalán cercano a la Casa de Nariño, sería un guiño presidencial. Así Barreras lamente, de dientes para afuera, la ausencia de Cepeda, debe andar felizmente ansioso.
  • A quienes les preocupa que Abelardo sea el candidato de la derecha —por el origen de sus honorarios, su estilo incendiario o su dificultad de morder y rugir para ganar una segunda vuelta frente a Cepeda—, muchos contemplan votar en la Gran Consulta por Colombia. La lógica es simple: una Paloma con buen caudal de votos vale más que un Abelardo de ortografía dudosa y alta derrotabilidad. (Claro está que Uribe gana con Paloma y con Abelardo, como ya nos lo anunció).
  • En la misma línea “anti-abelardista”, dado que De la Espriella va de la mano de listas conservadoras de Salvación Nacional orientadas por Enrique Gómez Martínez, no son pocos los que prenden velas por una baja votación de los candidatos de esa casa al Congreso. Menos votos —piensan— desinflarían la candidatura de Abelardo.

En todos los casos, el lenguaje es el mismo: evitar que gane X, impedir que avance Y, no dejar la cancha libre.

El miedo como principal capital político

Más allá de los números, las encuestas revelan altos niveles de indecisión, voto en blanco significativo y una desconfianza generalizada hacia casi todos los candidatos (con la excepción de Fajardo).

El miedo se convierte en el principal capital político: al regreso del “uribismo”, a una radicalización del “petrismo”, al colapso institucional, al populismo, al continuismo. Cada candidatura parece necesitar un antagonista fuerte para existir. Hay una o dos excepciones.

Una historia que se repite

Nada de esto es nuevo. Colombia ha vivido elecciones marcadas por el “mal menor”, el voto preventivo, el “toca este porque el otro sería peor”. Lo preocupante hoy es la normalización de esa lógica.

El lenguaje bélico —salvar, resistir, impedir, derrotar, destripar— se ha vuelto cotidiano. La política ya no promete futuros; promete evitar catástrofes.

Quizás el verdadero problema no sea quién gane las elecciones, sino que hayamos dejado de votar con esperanza. Votemos por quien nos la dé.

Del mismo autor: El mundo en manos de un poder sin freno

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