La noticia de la semana pasada fue el crecimiento espectacular de los precios del oro y de la plata que puso en evidencia que la apuesta por el “dólar fuerte” de Donald Trump era puramente retórica. No es que los precios de los metales preciosos suban, es que el dólar se devalúa y si se devalúa es porque esa es la política monetaria que Trump está aplicando. Política congruente con su declarado proteccionismo: un dólar débil encarece las importaciones a Estados Unidos y abarata sus exportaciones. Elemental. No es este sin embargo el único objetivo de la deliberada devaluación del dólar. Otro, tanto o más importante, es el de devaluar la descomunal deuda pública que Estados Unidos tiene en estos momentos. El dato de que el servicio de la deuda superó en el presupuesto del 2025 el astronómico gasto militar, es absolutamente revelador. Las finanzas públicas estadounidenses han entrado de lleno en la zona de alto riesgo y como es prácticamente imposible que se adopte un plan de austeridad fiscal, distinto al de recortar el ya menguado gasto social, no queda más remedio que reducir la deuda devaluando el dólar. La moratoria no solo es imposible: es impensable.
Obviamente esto tiene consecuencias negativas. La primera, el crecimiento adicional de una inflación en Estados Unidos - que está allí a pesar del enmascaramiento contable de la misma - afectando los ingresos de los asalariados y reduciendo su capacidad de consumo, que viene menguando desde hace décadas. La segunda consecuencia es que la devaluación del dólar devalúa los bonos del Tesoro y otros activos nominados en dólares cuyos propietarios son bancos, Estados y empresas tanto nacionales como extranjeras. Especialmente extranjeras. El dólar sigue siendo la moneda de reserva mundial, a pesar del lento desplome de su valor, por lo que, desde los tiempos de los Acuerdos de Bretton Wood, los bonos del Tesoro han gozado del mismo “privilegio exorbitante del dólar” denunciado en su día por el ministro francés Valery Giscard d´Estaing. El resultado inmediato ha sido la virtual parálisis del mercado de bonos del Tesoro, que ha tenido que ser corregida de urgencia con la decisión de la Reserva Federal de comprarlos en un movimiento que devalúa más el dólar. La Reserva incrementa la impresión de dólares para pagar dólares.
Pero el resultado más importante, el de mayor alcance estratégico, es el serio deterioro del mecanismo económico que permitió a Washington resolver el desafío que representaron desde la década de los 60 del siglo pasado la vertiginosa reindustrialización de Alemania y de Japón. Para esas fechas quedó claro que, bajo el paraguas estadounidense, sus dos antiguos enemigos mortales se habían transformado en temibles competidores económicos. En los años 60/70 del siglo pasado la desazón y los temores que hoy despiertan China en Estados Unidos los despertaba Japón. Se temía entonces que el futuro de la economía mundial no fuera americano sino japonés. La respuesta de Estados Unidos fue los llamados Acuerdos del Plaza de 1985, suscritos (¿o habría que decir impuestos a?) por Japón y Alemania, así como por Francia y Reino Unido, que incluía la revaluación del yen y del marco. Medida destinada a encarecer las exportaciones de ambos países al mercado estadounidense, para aumentar su competitividad.
Los Acuerdos también implicaron el compromiso de Japón y de Alemania de compensar su superávit comercial con Estados Unidos mediante la compra masiva de bonos del Tesoro. Al día de hoy Japón sigue siendo el principal tenedor de dichos bonos, seguido hasta el año pasado por China que, durante tres décadas, vio crecer exponencialmente sus exportaciones al mercado estadounidense, manteniendo deliberadamente bajo el yuan, gracias a la compra masiva de bonos del Tesoro. China empezó a ralentizar dichas compras, en respuesta a la guerra arancelaria que el primer gobierno de Donald Trump desató en su contra. Hoy China en vez de comprar vende bonos, porque ha expandido hasta tal punto sus intercambios comerciales con el resto del mundo, que sus ventas al mercado estadounidense ya no le resultan esenciales. Siguen siendo importantes, pero no tanto como para tener que doblegarse ante las exigencias de Washington. Como lo hicieron Japón y Alemania cuando suscribieron los Acuerdos del Plaza. Los múltiples y reiterados llamados a la democratización de China han tenido para Estados Unidos siempre el mismo objetivo: obligarla a firmar un equivalente de dichos acuerdos.
China no tiene por lo tanto un problema especialmente grave con la devaluación de los bonos del Tesoro. Ya no solo no solo vende bonos, ayer mismo su gobierno prohibió a los bancos chinos comprarlos.
Quienes si lo tienen un problema y mayúsculo son los principales tenedores de los mismos. La lista la encabeza Japón (que ya empezó a venderlos) con una cifra estimada de 1 billón de dólares. Seguido por el Reino Unido con una cifra de 800- 880.000 millones y por países que son en realidad paraísos fiscales: Bélgica 400-480.000 millones, Luxemburgo 400-425. 000 millones, Irlanda 300-340.000 millones. Más aún. En el contexto del desacuerdo de los europeos con el plan de Trump de apoderarse de Groenlandia, salió a la luz la posibilidad de emplear como un arma en contra de dicho plan, los 8.000 billones que suman los bonos del Tesoro en manos de los europeos. Otras fuentes sugieren que el monto total se elevaría hasta 10.000 billones.
Sea una cifra u otra, lo cierto es que ambas son astronómicas. De allí el formidable impacto negativo de la devaluación de los bonos del Tesoro, debida a la devaluación del dólar promovida por Trump. Como hoy las deudas son activos, dichos bonos constituyen un porcentaje muy alto de los activos que respaldan el funcionamiento del capital financiero en Europa. Su devaluación empuja inevitablemente a la baja los rendimientos de sus sobredimensionados productos financieros. E incita a los inversionistas a emigrar a otros mercados, entre ellos el chino, que goza de buena salud financiera.
Por lo que no sorprende que sean los especialistas y los líderes políticos directamente vinculados a la City de Londres, quienes hayan hecho sonar primero las alarmas ante el peligro que representa para sus intereses fundamentales la devaluación del dólar. The Economist publicó la semana pasada un artículo sobre el tema, ilustrado en su portada con el dólar representado por una serpiente: The Dangerous Dollar. La elección de esta imagen no es aleatoria ni casual. Se ajusta a la pretensión de los editores del semanario de evocar con fuerza The Snake Monetary European System, la Serpiente monetaria europea, adoptada por la por entonces Comunidad Económica Europea con el propósito de establecer y coordinar una zona de estabilidad monetaria, tras el terremoto producido por la decisión, tomada en 1971 por el presidente Richard Nixon, de abandonar el oro como referencia del dólar. Fue el momento de la conversión del dólar en una moneda fiduciaria. El inicio de la deriva histórica que lo ha llevado hasta el estado de postración que ahora padece.
Un nuevo acuerdo, que redefina las relaciones entre el euro y la libra esterlina con el dólar
La serpiente monetaria planteó el límite de 2,5 % a las fluctuaciones del precio de las divisas de los países implicados, dentro de un túnel de 4,5 % de variaciones del conjunto con respecto al dólar. Y cabe suponer que la invitación a repensar dicho acuerdo es la invitación a establecer un nuevo acuerdo, que redefina las relaciones entre el euro y la libra esterlina con el dólar. Que podría darse en dos términos posibles. El Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo pactan con la Reserva Federal los porcentajes de fluctuaciones entre sus respectivas divisas, que impondría de hecho un cogobierno del dólar por parte de los europeos. O el pacto es solo entre el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo, que daría paso no al cogobierno con la Reserva Federal de las tres divisas sino a la competencia y eventualmente al conflicto entre el euro y la libra esterlina con el dólar.
Un nuevo acuerdo que redefina las relaciones entre el euro y la libra esterlina con el dólar
En caso de que se adoptara la primera alternativa, Donald Trump podría enfrentarse a una resistencia a su política de devaluar el dólar mucho más fuerte de la que ha opuesto hasta ahora la Reserva Federal. En el caso de que llegue a imponerse la segunda opción, el fin de la hegemonía mundial del dólar quedaría lista para sentencia. No sobreviviría al asedio del yuan, el euro y la libra esterlina. Y se despejaría el terreno para la realización de una reedición de la Conferencia de Bretton Woods de 1944, en la que se debatirían las propuestas de China para la creación de un nuevo sistema monetario internacional. También la formulada por el primer ministro Mark Carney, cuando fue presidente del Banco de Inglaterra: reemplazar al dólar como moneda de reserva mundial por la “moneda hegemónica mundial” – SHC, por sus siglas en inglés.
Cualquiera sea el futuro que aguarda a un dólar cada vez más cuestionado, lo cierto es que, si la decisión del presidente Juan Manuel Santos de vender las reservas de oro del Banco de la República fue un error estratégico, la de cerrar la ventanilla de compra de oro de dicho banco fue una estupidez. Que se ha pretendido justificar con el maligno argumento de “la lucha contra el narcotráfico”. La lucha que durante medio siglo no ha producido más que violencia, muerte y corrupción.
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