Gorgona y muerte eran dos palabras sinónimas en los años 60. A esta isla perdida en el Pacífico colombiano, a dos horas en lancha desde Guapi, eran trasladados los condenados de alta peligrosidad. La mayoría de los que llegaban a esta cárcel permanecían hasta la muerte. Son muchas las historias alrededor de la crueldad de los castigos, el aislamiento, la soledad y la selva. La leyenda cuenta que no fueron pocos los que escogieron entregarse a los tiburones antes que permanecer enterrados en vida.
Cuando en 1984 el Presidente Belisario Betancur decidió suspender la cárcel para convertirla en Parque Nacional por su rica diversidad en fauna y flora y preservarla como joya natural, en las paredes de las celdas estaban escritas las huellas de la desesperación de los condenados. Aparecieron cartas envueltas en plástico que habían sobrevivido a las lluvias interminables del Pacífico y relatos orales que narraban el horror de la prisión.
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Rastros de este pasado permanecen salvados de la manigua y algunos muros y rejas permanecen en pie como lo mostró el Presidente Petro en su visita del fin de semana en donde combinó descanso personal con una acompañante que despertó suspicacias e interés de gobernante y activismo medioamabiental. Así lo dejó saber en el trino que publicó en su cuenta de X en la que informó también una decisión: conformar una comisión de la verdad para reconstruir lo que ocurrió allí y avanzar en la transformación de la isla en un gran centro de investigación científica.
No estuve de paseo en Gorgona, pero quiero. Quise conocer la isla que no tiene hotel, ni muelle.
— Gustavo Petro (@petrogustavo) February 10, 2026
Tiene científicos y científicas con las que hablé, miembros jóvenes de la armada y guardianes del parque absolutamente comprometidos con la defensa de la naturaleza.
Fui a conocer… pic.twitter.com/MCTNN8Xp7c
Cuarenta y dos años después de que la cerraran, en medio de una selva del pacífico que no pide permiso para crecer, todavía quedan muros en pie de la terrorífica cárcel que Colombia tenía en la isla Gorgona. Allí en medio del mar rodeado de tiburones y serpientes venenosas están los restos de una cárcel levantada para que nadie pudiera salir y que terminó siendo un lugar donde muchos no volvieron a ver tierra firme. Entre el óxido, la humedad y la vegetación, sobreviven rastros de celdas, pasillos de castigo y espacios de encierro extremo. Esa estructura, que durante más de dos décadas funcionó como la prisión más temida del país.

La prisión de Gorgona fue concebida a finales de los años cincuenta como un proyecto de máxima seguridad. La construcción empezó en 1959 y abrió sus puertas en 1960, en la mitad del camino del gobierno de Alberto Lleras Camargo, en un país que buscaba sacar de la vista pública a los criminales considerados irrecuperables y, al mismo tiempo, aislar a presos políticos en un periodo todavía marcado por las secuelas de la violencia partidista. La elección del lugar no fue casual. La isla está a unos 55 kilómetros del litoral del Pacífico colombiano. El mar que la rodea tiene corrientes fuertes, a sus playas es difícil llegar y aquella selva es un lugar hostil para quien no la conoce. La fauna venenosa y las enfermedades tropicales completaban el cerco natural. La cárcel se pensó como un encierro total, un sitio donde la geografía hacía parte del castigo. Era un lugar inexpugnable donde podían permanecer, casi que, abandonados a su suerte, los presos de más alta peligrosidad.
Antes de convertirse en presidio, Gorgona había sido una isla desierta, luego, en el siglo XIX, refugio ocasional de piratas y, más tarde, propiedad privada. Los títulos de esa pequeña franja de tierra, de unos 9 kilómetros de largo por 2,5 de ancho, pasaron de mano en mano hasta que el Gobierno de Lleras se apropió del territorio para instalar allí la inhóspita penitenciaría para recluir allí a los delincuentes más peligrosos del país: asesinos, violadores y personas consideradas de alta amenaza para el orden público.
El diseño del penal, hechos sobre planos de los campos de concentración Nazi, priorizó el control y la vigilancia. Los internos eran confinados en patios cercados, con dormitorios precarios y espacios de castigo pensados para quebrar sus fuerzas. Al llegar, los reclusos perdían su nombre y su historia: eran reducidos a un número. Desde ese momento quedaban a merced de guardias que ejercían un poder sin contrapesos, en un entorno donde la autoridad del Estado desaparecía para transformarse en prácticas de abuso sistemático. Las condiciones de vida eran duras: alimentación insuficiente, atención médica mínima, enfermedades gastrointestinales, infecciones sin tratamiento y un ambiente permanente de violencia entre internos.
La cárcel funcionó durante 24 años. Aunque la historia cuenta que un poco más de 20 intentos intentaron fugarse, solo tres lo lograron, pero tiempo después dos de ellos fueron recapturados y devueltos a la cárcel. En aquel tiempo murieron al menos unas 150 personas en la isla, todos presos. Los castigos, cuentan los reclusos que lograron ser rescatados tras el cierre, incluían confinamientos prolongados en espacios mínimos, inmovilizaciones forzadas y prácticas que hoy serían consideradas tortura. La violencia no se limitaba a los internos. Familiares que lograban llegar a la isla para visitas esporádicas denunciaron maltratos y humillaciones. Gorgona se convirtió en un territorio donde el derecho parecía suspendido y donde la distancia con el continente servía para ocultar lo que pasaba puertas adentro.

La presión de activistas de derechos humanos, sumada a las denuncias persistentes sobre vejámenes, llevó al cierre definitivo del penal en 1984, durante el gobierno de Belisario Betancur. Con la clausura, la isla inició una transición lenta hacia otro destino. Gorgona fue declarada parque natural y empezó a ser reconocida por su biodiversidad: cientos de especies de plantas, aves y peces, arrecifes que atraen a buzos, y un entorno marino por donde pasan ballenas jorobadas en sus rutas de reproducción. El antiguo espacio de castigo se transformó, con el tiempo, en un lugar de turismo controlado, especialmente para buzos amantes de la fauna marina y de interés científico. La selva avanzó sobre los muros, los techos se vinieron abajo y la naturaleza empezó a cubrir lo que quedó de la prisión.
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Hoy, el gobierno propone ir más allá de la simple conservación ambiental. La idea es convertir Gorgona en un centro de investigación científica de alcance nacional e internacional, sin borrar lo que ocurrió allí. De ahí la propuesta de crear una Comisión de la verdad que documente los 24 años de funcionamiento de la cárcel, identifique responsabilidades, reconstruya las prácticas de tortura y preserve la memoria de quienes pasaron por ese encierro. El planteamiento parte del Presidente parte de una premisa: el país no puede transformar un lugar de violencia en un espacio de ciencia sin antes reconocer lo que fue y lo que significó para miles de personas que cargaron con ese encierro durante el resto de sus vidas.
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