Hace unos años en uno de sus artículos el columnista Moisés Wasserman afirmaba: “Ese es el problema de las ortodoxias. Cuando se idealiza una figura política o religiosa, y se radica en ella la fuente de la verdad, la benevolencia y la razón, automáticamente se crea una población de ‘herejes’. Quien osa cometer actos de herejía ofende todo lo que es venerado, pone en peligro el dogma y ofende al gran líder y salvador y a sus seguidores. Hace no mucho los herejes eran bastante maltratados. Hay todavía países en los que el dogma dominante tiene carácter de ley divina, o de alguna doctrina parecida, y los herejes la pueden pasar muy mal.” En Colombia una parte de la población hace parte de la división “Focas”, aquellos autómatas que en su veneración aplauden a rabiar hasta la última sílaba que expresa el máximo líder; y que consideran herejes – a los que sin tregua hay que perseguir - a todos aquellos que osen emitir opiniones que vayan en contra del idolatrado.
En la historia del continente ha habido muchos líderes a los que se veneraba, a los que parte importante de la población consideraba infalibles, fuentes de la verdad, la benevolencia y la razón, Uno de ellos, sin vacilar, fue Fidel Castro. En un artículo en el 2016, John Carlin afirmaba sobre el dictador cubano: “Miembros del Partido manifiestamente inteligentes, políticamente sofisticados en sus análisis de lo que pasaba fuera de su país, temblaban ante la mera mención del Comandante, temiendo que un irreverente sujeto del imperio anglosajón les pusiera en aprietos con alguna herejía que cuestionara la omnisciencia de su amo. Todo era discutible menos Castro, cuya palabra y doctrina ni él (el hombre más ensimismado del mundo) ni nadie cuestionaban. Cada discurso era una encíclica. Cuando abría la boca tenía la última palabra sobre todo lo que ocurría bajo el cielo cubano, desde la salud hasta la educación, el deporte, la guerra, la paz y la política agraria.”
Cada error del máximo líder, cada cifra y cita falsa, cada contradicción, es excusada con un entusiasmo que roza la desesperación
En Colombia hay un espectáculo que roza lo patético: la División “Focas”, individuos lastimeros que aplauden todo sin pestañear, por irracional o contradictorio que sea. Las “Focas” no piensan, no razonan, no cuestionan: viven para aplaudir y para justificar lo injustificable. Su vida es un eterno “sí, señor”, aunque el país se desmorone a su alrededor. Cada error del máximo líder, cada cifra y cita falsa, cada contradicción, es excusada con un entusiasmo que roza la desesperación. Las “Focas” tienen miedo de pensar de manera independiente y por ello se limitan es a aplaudir. Las “Focas”, que muchas veces se expresan a través de las ‘bodeguitas’ se mueven en respaldo a la ‘primera línea’, son la encarnación de la pusilanimidad y su caracteristica principal es el miedo a discrepar, el terror a la evidencia y la devoción fanática por un líder que puede contradecirse tres veces al día y aún así ser “infalible”.
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Apostilla: En los Diálogos de los muertos que escribió para su alumno, el Abate Fenelon estigmatizó como “bárbaro aquel gobierno en el que no hay leyes, sino solo la voluntad de un hombre… Quien gobierna debe ser, por encima de todo, obediente a la ley; separado de la ley, su persona no es nada.”
Del mismo autor: Ritual político de autoflagelación infinita
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