Cuba no es una consigna: es una tragedia humana en curso. Hambre generalizada, apagones que superan las doce horas diarias, hospitales sin antibióticos ni electricidad, salarios que no alcanzan para una semana, represión política y un éxodo que vacía la isla.
La burla en medio del hambre
Miami está llena de cubanos que huyeron del hambre, la represión y el miedo; Cuba está llena de familias rotas, vigiladas y sin futuro. Nadie cruza mares ni selvas porque “vive mejor”. Cuando Gustavo Petro dice que “es mejor vivir en Cuba que en Miami”, no provoca ni teoriza: niega el dolor real de millones, ridiculiza el exilio y se pone del lado del carcelero, no del preso. No habla desde el racionamiento ni el apagón, sino desde el poder y la comodidad. Eso no es ideología ni frivolidad: es crueldad por falta de empatía. Y cuando esa crueldad se dice desde la Presidencia, el mensaje es brutal: el sufrimiento ajeno no importa, y conocemos al verdadero sicópata.
Cifras que desmienten la propaganda
Entre 2021 y 2024, más de dos millones de cubanos salieron o intentaron salir del país, una de las mayores crisis migratorias del hemisferio en proporción a su población. Solo hacia Estados Unidos ingresaron más de 500.000 cubanos entre 2022–2023, por vías legales e irregulares. El salario estatal promedio en la isla oscila entre 15 y 20 dólares mensuales. El peso cubano perdió más del 95 % de su valor real tras la “unificación monetaria”. La inflación pulverizó el ingreso. Los anaqueles están vacíos.
Ante esta evidencia, el contraste es brutal. Mientras el entonces presidente estadounidense Donald Trump afirmó sin rodeos que “el socialismo destruye naciones” y que “la gente no huye del embargo; huye del sistema”, Petro opta por romantizar la miseria y ridiculizar el anhelo de libertad.
El libreto de La Habana
Desde la isla, la marioneta dictatorial de la familia Castro, Miguel Díaz-Canel repite el guion de siempre: culpa al “bloqueo”, invoca la “resistencia” y promete que la revolución “no se rinde”. Es el mismo discurso desde hace seis décadas. Lo nuevo es que ahora se escucha eco en Bogotá. El discurso oficial cubano ya no tapa el hambre; pero sí encuentra aliados enajenados mentalmente que lo repiten en coro, mientras su jefe Petro se burla de un pueblo, como el cubano.
Revolución sin libertad: el origen del desastre
La tragedia no nació ayer. La toma del poder en 1959 por Fidel Castro no fue una apertura democrática, sino una sustitución armada de élites. Prensa cerrada, partidos prohibidos, poder concentrado. El Estado decidió qué producir, qué vender, qué comprar y qué pensar. El ciudadano quedó dependiente del racionamiento. El diseño no buscaba prosperidad; buscaba obediencia.
Díaz-Canel no gobierna un país nuevo: administra las ruinas de ese modelo. Petro, en cambio, se burla de esas ruinas.
El socialismo que solo “funcionó” con chequera ajena
Cuba jamás fue autosuficiente. Vivió del subsidio masivo de la Unión Soviética durante décadas: petróleo barato, compras infladas de azúcar y créditos blandos. Estimaciones históricas sitúan esas transferencias en decenas de miles de millones de dólares (a valores actuales). Al caer la URSS en 1991, llegó el “Período Especial”: hambre y apagones.
Luego vino Hugo Chávez. Petróleo subsidiado a cambio de médicos, inteligencia y control político. No fue cooperación: fue intercambio de dominación. Cuando Venezuela colapsó, Cuba volvió a caer. El patrón es claro: no producir, no reformar, no liberar.
El embargo que sí existe es el de la dinastía Castro
El gran mito es hablar del “embargo estadounidense” como causa del desastre de la isla. Cuba comercia con más de 35 países, importa alimentos y medicinas y compra incluso a empresas de Estados Unidos bajo licencias humanitarias. Ninguna sanción externa prohíbe producir, impide la empresa privada, ordena encarcelar opositores ni prohíbe elecciones libres. El verdadero embargo es interno y deliberado: monopolio estatal del comercio exterior, asfixia al emprendimiento, persecución del disenso y castigo al mérito. Ese es el embargo real, cotidiano y brutal: el embargo impuesto por los Castro a su propio pueblo, desde Fidel Castro hasta sus herederos políticos. Petro lo sabe. Y aun así elige burlarse, repitiendo una coartada que solo sirve para justificar la miseria y prolongar la opresión.
Cinismo elevado a doctrina en Colombia
La burla no es aislada. La vicepresidenta Francia Márquez afirma que “el mejor modelo de medicina está en Cuba”, mientras hospitales cubanos carecen de antibióticos y electricidad. El senador Iván Cepeda presenta a Cuba como “resistencia al imperialismo”, mientras el régimen reprime a su pueblo y protege terroristas. No es ingenuidad: es cinismo ideológico.
Exportar violencia, premiar a los jefes
En Colombia, Cuba no fue mediador: fue cómplice. Durante décadas formó, legitimó y protegió a las insurgencias latinoamericanas y hoy figura en las conversaciones con grupos armados como el ELN, cuya historia de violencia sigue impactando al país. El conflicto colombiano ha dejado cientos de miles de muertos y millones de desplazados en más de cinco décadas de violencia. Mientras millones sufrieron y huyeron, jefes guerrilleros como Iván Márquez y Jesús Santrich vivieron años en La Habana bajo la protección del régimen cubano, con condiciones burguesas y sibaritas que contrastan con la miseria cotidiana de los cubanos de a pie. Después de episodios violentos como el atentado del ELN contra la Escuela de Cadetes en 2019, donde murieron 22 jóvenes, la falta de acción efectiva por parte de La Habana para enfrentar a los responsables que están en Cuba fue percibida por muchos como encubrimiento, no mediación.
La burla como política
Cuba no es pobre: ha sido empobrecida. No está bloqueada: está secuestrada.
No es víctima: es rehén.
Pero hay algo aún más obsceno de Petro: Se ríe del hambre, del exilio y del miedo.
Del mismo autor: La muerte asistida de los colombianos por cuenta del sistema de salud
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