La Basílica Menor del Voto Nacional, ubicada en el corazón de Bogotá, es más que una iglesia. Es un pacto simbólico con el Sagrado Corazón de Jesús para reconciliar a Colombia en un momento en el que la violencia política había dejado al país exhausto y en ruinas.
Corría 1902 y la Guerra de los Mil Días llegaba a su fin tras tres años de enfrentamientos entre liberales y conservadores. El saldo era devastador: miles de muertos, una economía arruinada y una nación fracturada. En medio de ese escenario, el arzobispo de Bogotá, Bernardo Herrera Restrepo, propuso una salida que combinaba fe, poder y arquitectura: construir un templo como voto nacional para pedir la paz y restaurar el orden.
El presidente José Manuel Marroquín respaldó la iniciativa mediante el decreto 820 del 18 de mayo de 1902 con un argumento explícito: era deber del Estado hacer todo lo posible por lograr la reconciliación entre los colombianos. Ese mismo año se firmaron los tratados de Neerlandia y Wisconsin, que sellaron oficialmente el fin de la guerra.

Un templo en el corazón de Colombia para una nación herida
La primera piedra de la iglesia se puso el 22 de junio de 1902, casi al mismo tiempo que cesaban los disparos en el país. Esta “coincidencia” no fue casual: el templo debía encarnar el cierre de la guerra. El terreno había sido donado años antes por la bogotana Rosa Calvo Cabrera y el diseño fue encargado al arquitecto Julio Lombana, quien concibió una edificación de estilo grecorromano, sobria y monumental.
El lugar elegido también estaba cargado de significado. La basílica se levantó frente a la Plaza de los Mártires, escenario de fusilamientos durante la Independencia, y un sector que a comienzos del siglo XX era uno de los más prestigiosos de Bogotá. La idea era ambiciosa: trazar un eje simbólico entre la Catedral Primada y el nuevo templo, como si se tratara de unos Campos Elíseos criollos.
La consagración del país al Sagrado Corazón de Jesús sustituyó a la Virgen de Chiquinquirá como emblema central, sin desplazarla de su lugar simbólico, y respondió a una devoción impulsada por la comunidad francesa de los corazonistas. En 1899, el papa León XIII había consagrado el género humano al Sagrado Corazón, un gesto que reforzó el sentido universal del proyecto bogotano.
Las obras avanzaron durante más de una década. El templo fue consagrado en 1916, y en 1918 se dieron por concluidos los trabajos bajo la dirección de los padres claretianos, a quienes se les encomendó su administración. El altar mayor, traído desde España, se instalaría en 1952.

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Las huellas del país viven en los muros del Voto Nacional
La basílica del Voto Nacional fue concebida como un relato visual de la nación. La palabra “paz” aparece escrita en latín más de 200 veces en columnas y muros, mientras que unos ángeles sostienen el escudo de Colombia y un globo terráqueo que señala a Bogotá. Las 16 capillas laterales representan a las antiguas provincias del país, cada una asociada a un motivo religioso.
En el techo, las pinturas de Ricardo Acevedo Bernal narran escenas de la vida de Jesús, y la cúpula (destruida durante El Bogotazo en 1948) estuvo hecha originalmente en vidrio con los colores de la bandera nacional. Incluso los impactos de bala del 9 de abril se conservaron como marcas visibles de la historia.

Pero el entorno cambió. Desde mediados del siglo XX, el sector de Los Mártires sufrió un profundo deterioro social y económico. Allí se asentaron primero El Cartucho y luego El Bronx, lo que llevó a la basílica al abandono y al olvido. Las misas nocturnas se suspendieron por razones de seguridad y el templo empezó a mostrar grietas, filtraciones y perdió elementos decorativos.
Aunque en 1975 fue declarada monumento nacional y en 1964 el papa Pablo VI la elevó a Basílica Menor, solo fue hasta la segunda década del siglo XXI que se inició un proceso sostenido de recuperación. El Instituto Distrital de Patrimonio Cultural puso en marcha un proyecto de restauración dividido en tres etapas con una inversión estimada de 27.000 millones de pesos.
La restauración ha buscado durante casi 15 años recuperar no solo la estructura, sino el sentido original del Voto Nacional: el gesto que pretendió unir a un país tras una de sus guerras más sangrientas. Hoy, mientras Bogotá se transforma a su alrededor, la basílica sigue en pie, aunque bastante deteriorada, como testigo de una promesa que marcó el inicio del siglo XX en Colombia.
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