La democracia no se mide solo por elecciones, sino por la forma como el poder trata a quienes disienten. Cuando agentes del Estado actúan encapuchados, cuando la protesta se criminaliza y la fuerza sustituye al derecho, el escenario deja de ser excepcional y se vuelve reconocible. Ha ocurrido en San Petersburgo, en Moscú, en La Habana y en Caracas, en Teherán, bajo regímenes abiertamente autoritarios. Que escenas similares comiencen a verse en las calles de Estados Unidos —y de Minneapolis—es una señal de alarma democrática de primer orden, a la que debemos todos estar atentos.
Este deterioro democrático, que en otros países se reconoce a distancia, se manifestó en Minneapolis de la forma más cruda: con dos ciudadanos norteamericanos muertos y una narrativa oficial que justificó la violencia. Amén de miles de detenidos, niños separados de sus padres, manifestantes golpeados y ausencia total de compasión de parte de la Casa Blanca.
Los agentes de la ICE mataron a tiros a dos ciudadanos de la manera más infame. Ambos de 37 años, Renee Good, madre de tres niños, y Alex Pretti, enfermero, fueron asesinados el 7 y el 24 de enero en Minneapolis. Protestaban, como decenas de miles, por la arbitrariedad de los encapuchados del ICE al detener sospechosos de presencia ilegal en los Estados Unidos. Basta el color de piel, el acento de las personas, para que rompan los vidrios de los vehículos, irrumpan en espectáculos públicos y supermercados, y aterroricen en las calles. A la lista de los perseguibles han pasado también quienes protestan, ahora bajo la sospecha de terrorismo.
La conmoción fue tal que trascendió de inmediato el ámbito político y judicial. El 28 de enero, Bruce Springsteen, el roquero de 76 años que ha exaltado el trabajo duro, las derrotas y los sueños modestos, publicó Streets of Minneapolis, una canción escrita y grabada en cuestión de días como respuesta directa a los asesinatos. En ella, la ciudad aparece ocupada por fuerzas federales, las protestas narradas desde la calle y los nombres de Renee Good y Alex Pretti convertidos en memoria colectiva. No es una elegía ni un panfleto: es una acusación moral que la cultura lanza cuando las instituciones agreden a la ciudadanía. La música recoge lo que el discurso oficial intenta borrar.
Bruce Springsteen, el roquero de 76 años, publicó una canción escrita y grabada en cuestión de días como respuesta directa a los asesinatos
A pocas horas de los asesinatos, el asesor estrella del presidente Trump, Stephen Miller, declaró que Pretti era un asesino. Kristi Noem, secretaria del Homeland Security, aseguró que ambas víctimas estaban comprometidas con redes de “terrorismo doméstico” y que los agentes del ICE solo habían cumplido con su deber en legítima defensa. El vicepresidente Vance no dudó en culpar a de su muerte a la propia Renee Good. (El Departamento de Homeland Security fue creado tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y tiene a su cargo el control migratorio, la seguridad fronteriza y las aduanas, entre otras funciones).
Los agentes del ICE cuentan, en la práctica, con carta blanca. Un trino oficial del Homeland Security en X, el 13 de enero, les dice:
“A todos los agentes de ICE: ustedes tienen inmunidad federal en el ejercicio de sus funciones. Cualquiera que les ponga una mano encima, intente detenerlos o intente obstruirlos está cometiendo un delito grave.
Tienen inmunidad para cumplir con sus deberes, y nadie —ningún funcionario municipal, ningún funcionario estatal, ningún inmigrante ilegal, ningún agitador de izquierda ni ningún insurrecto doméstico— puede impedirles cumplir con sus obligaciones y deberes legales.
El Departamento de Justicia ha dejado claro que, si los funcionarios cruzan esa línea hacia la obstrucción o hacia una conspiración criminal contra los Estados Unidos o contra los agentes de ICE, entonces enfrentarán a la justicia.”
Good y Pretti quedan reducidos, por la narrativa oficial, a agitadores e insurrectos. No hay investigación pública ni rendición de cuentas inmediata, solo inmunidad anticipada.
Por fortuna, la historia no termina ahí. En las calles de Minneapolis y de muchas otras ciudades en los Estados Unidos, miles de ciudadanos se han movilizado para denunciar los abusos y defender el Estado de derecho. La respuesta cultural —con Springsteen como una de sus voces más visibles— se ha sumado a la protesta cívica para recordar que el poder no tiene la última palabra cuando la sociedad se organiza. Esa convergencia entre ciudadanía y cultura es, hoy, la prueba de que la democracia estadounidense está tensionada, pero no derrotada.
Trump, ante el bajonazo en las encuestas provocado por la barbarie del ICE, procura desescalar la represión en Minneapolis, aunque su política inmigratoria sigue intacta.
Es una señal de esperanza: no estamos condenados a que los extremos políticos sean la única alternativa. La alternativa es la democracia. No los autoritarismos de derecha o de izquierda. Vale para Colombia y sus próximas elecciones presidenciales.
@rafaordm
Del mismo autor: El mundo en manos de un poder sin freno
Anuncios.
Anuncios.


