Las montañas que atraviesa la vía, Bogotá-Villavo aún es muy joven e inestable
El corredor Bogotá–Villavicencio atraviesa una de las zonas geológicas más complejas del país que los expertos comparan con las alturas rocosas del Himalaya. Una cordillera Oriental compuesta por montañas jóvenes que buscan su acomodo. Crujen. El suelo está compuesto, en buena parte, por lodolitas: rocas arcillosas, frágiles, que se fragmentan con facilidad y pierden cohesión cuando se saturan de agua. No son montañas quietas; son montañas en movimiento lento, casi imperceptible, pero constante.
| Lea también: Los pobladores, el agua, la informalidad y el caos sobre la carretera al Llano: una silenciosa causa de los derrumbes
Desde el inicio del proyecto, en 1994, eso se sabía. La construcción de la nueva vía al Llano, que entonces se calculó en unos 80 mil millones de pesos de la época y prometía un trayecto de 90 minutos entre Bogotá y Villavicencio, nació con advertencias técnicas claras. La ingeniería que aportaba la Concesionaria Coviandina estaba probada con túneles, viaductos y taludes, pero estuvo siempre y permanecerá enfrentada a la naturaleza del terreno. Podía, a lo sumo, convivir con ella.
Durante años, los problemas se han concentrado en puntos críticos. Muchos de éstos están sobre el trazado de la antigua ruta. El kilómetro 58 se volvió tema recurrente en las noticias de cierres prolongados. Y últimamente el kilómetro 18, entre Chipaque y Cáqueza. Pero la concesionaría y la ANI, hoy en cabeza de Óscar Torres, han identificado más de 100 puntos críticos que no tendrán solución hasta que la joven montaña estabilice sus tierras.
Construcciones, agua y deforestación: la bomba de tiempo en la vía al Llano
La carretera que conecta a Bogotá con los Llanos Orientales no solo atraviesa montañas: cruza un territorio que todavía está “en formación”. Es una franja de la cordillera joven, inestable, donde el suelo no ha terminado de asentarse y cualquier intervención adicional altera un equilibrio ya precario. Por esa ruta pasan miles de vehículos cada día, pero también se acumulan, desde hace años, presiones silenciosas que van debilitando la montaña que sostiene la vía.
| Lea también: La verdad detrás de la vía al Llano: el desafío de una montaña que no da tregua
En las laderas que flanquean el corredor vial se han levantado casas de descanso, hoteles, fincas, bodegas y pequeños negocios. Muchas de estas construcciones aparecieron sin estudios geotécnicos serios ni una planeación que tuviera en cuenta la fragilidad del terreno. No es solo una cuestión de urbanización desordenada: cada estructura agrega peso sobre suelos que, por su composición, ya tienen dificultades para soportar cargas. La montaña, intervenida con cortes, terrazas improvisadas y rellenos mal compactados, pierde cohesión. Lo que parecía una modificación menor termina acumulándose en el tiempo hasta afectar la estabilidad de taludes y pendientes que, de por sí, son vulnerables.
Pero el problema no se reduce a lo que se construye encima de la tierra. El agua, que en esta región abunda, se ha convertido en uno de los factores más corrosivos para la estabilidad de la vía. En varios tramos, las aguas residuales de viviendas rurales, alojamientos turísticos y actividades productivas bajan por las laderas sin canales adecuados ni sistemas de drenaje. Esa humedad se filtra en suelos arcillosos, los satura y los vuelve más pesados, más blandos, menos capaces de sostenerse a sí mismos. Con el paso de los meses —a veces de los años— el agua va abriendo pequeños vacíos en el interior del terreno, debilitando capas completas de suelo. El deterioro ocurre sin ruido, sin avisos evidentes, hasta que un día se traduce en un deslizamiento que tapa la carretera y paraliza el paso entre la capital y el oriente del país.
A ese desgaste se suman las prácticas agropecuarias que se han extendido por las laderas. La ganadería y la agricultura han empujado la frontera productiva hacia zonas de alta pendiente, donde para abrir potreros se talan árboles y se elimina la cobertura vegetal que mantiene el suelo en su sitio. Las raíces, que antes ayudaban a amarrar la tierra, desaparecen. En su lugar quedan superficies expuestas a la lluvia, al escurrimiento constante y al desprendimiento de capas superficiales. Cada temporada invernal encuentra esas montañas un poco más desprotegidas que la anterior.
Lo
ue ocurre en la vía al Llano no es el resultado de una sola causa ni de un solo actor. Es la suma de decisiones pequeñas, muchas veces tomadas sin mala intención, que se acumulan sobre un territorio frágil. Construcciones sin estudios, manejo deficiente del agua, deforestación progresiva y actividades productivas mal adaptadas al terreno terminan por cobrar factura. La montaña responde, tarde o temprano, con cierres, derrumbes y riesgos para quienes transitan por uno de los corredores más importantes del país.
En las laderas que rodean la vía al Llano, la presión no viene solo de la lluvia o de la geología: también llega de las actividades cotidianas de quienes viven y trabajan allí. Para abrir potreros se tumba bosque y se pierde la cobertura vegetal que ayuda a “amarrar” el suelo. El ganado, al pasar una y otra vez por los mismos caminos, compacta la tierra, tapa drenajes naturales y obliga al agua a buscar salidas por donde no debería. Los cultivos, por su parte, cambian el relieve, desvían los flujos de agua y, en muchos casos, eliminan las barreras naturales que estabilizan las pendientes. Son actividades que sostienen economías locales y familias enteras, pero cuando se hacen sin manejo adecuado del suelo y del agua, terminan aumentando de forma directa el riesgo de deslizamientos.
Los derrumbes que con frecuencia interrumpen la vía no son la consecuencia de un solo aguacero o de un evento aislado, sino el resultado de decisiones acumuladas durante años. La ocupación desordenada de las laderas, las construcciones en zonas de alto riesgo, el manejo deficiente de las aguas y las prácticas productivas sin control técnico han ido debilitando la montaña poco a poco. Aunque se han levantado obras de ingeniería para contener puntos críticos, ninguna solución funciona si no se atienden las causas de fondo. La carretera es vital para conectar el centro del país con los Llanos, pero su estabilidad depende de algo más que maquinaria y concreto: requiere coordinación real entre autoridades, comunidades y sectores productivos para ordenar el territorio, controlar las construcciones y cuidar el suelo que, literalmente, sostiene esta vía estratégica.
Vea aquí el especial sobre a vía al Llano:

Anuncios.
Anuncios.


