La llegada del año del caballo muestra cómo las tradiciones chinas esconden las claves de su ambición global

El Año Nuevo Chino simboliza renovación y ciclos. China acelera su estrategia global: tecnología, gobernanza e infraestructura redefinen el poder mundial

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febrero 10, 2026
La llegada del año del caballo muestra cómo las tradiciones chinas esconden las claves de su ambición global

El Año Nuevo Chino, conocido como Festival de la Primavera, es una expresión importante de la cultura china y de muchas comunidades asiáticas. A diferencia del calendario occidental, se rige por el calendario lunar y suele celebrarse entre finales de enero y mediados de febrero. Marca el inicio de un nuevo ciclo y simboliza la renovación, la esperanza y los buenos augurios.

Tradicionalmente, las familias se reúnen para despedir el año viejo y dar la bienvenida al nuevo con rituales que buscan atraer buena suerte, prosperidad y salud. Entre las costumbres más comunes se encuentran la limpieza del hogar, cenas familiares, el uso de decoraciones rojas (color asociado con la fortuna) y los fuegos artificiales, que según la tradición sirven para alejar a los malos espíritus.

Cada Año Nuevo Chino está representado por uno de los doce animales del zodiaco chino: rata, buey, tigre, conejo, dragón, serpiente, caballo, cabra, mono, gallo, perro y cerdo. Estos se repiten en un ciclo de doce años y se cree que influyen en el carácter y el destino de las personas nacidas bajo su signo, así como en la energía general del año.

¿Por qué se celebra el Año del Caballo?

En el calendario tradicional chino, representado por uno de los doce animales del zodiaco chino, cuando el ciclo llega al séptimo animal, se da inicio al Año del Caballo.

Este sistema se rige por el calendario lunar, por lo que el Año del Caballo no coincide con el inicio del año occidental, comienza en una fecha distinta, generalmente entre enero y febrero. El cambio de animal no es aleatorio: sigue un orden fijo que se ha mantenido durante siglos y que forma parte de la tradición cultural y astrológica china.

El Caballo simboliza valores como la energía, la libertad, el esfuerzo y el progreso. Históricamente, el caballo ha sido fundamental en la vida cotidiana, el comercio y la guerra, por lo que se le asocia con el movimiento y el avance. Por esta razón, los años regidos por el Caballo suelen interpretarse como períodos dinámicos, favorables al cambio, los viajes y el inicio de nuevos proyectos de vida. También, simboliza la energía, la libertad y la rapidez. Se le asocia con personas activas, trabajadoras e independientes, capaces de asumir retos y avanzar con determinación en la búsqueda del progreso colectivo. En esa perspectiva el Gigante Asiático despertó hace más de siete décadas y puso al mundo en la ruta del Gran Pacifico.

China redefine el concepto de Gobernanza

Como sostengo en mi reciente libro sobre “Utopías de los años 60s”al consolidarse como la segunda economía del mundo y convertirse en el mayor exportador global, China ingresó en la década de 2010 con un nuevo desafío: reequilibrar su modelo de crecimiento sin perder dinamismo. Era el tránsito inevitable de una economía orientada a la producción y la exportación masiva hacia otra más compleja, basada en el consumo interno, la innovación tecnológica y el desarrollo de sectores estratégicos de alto valor agregado. El Estado, asumió un nuevo rol: menos interventor directo en el mercado y más diseñador de ecosistemas tecnológicos e industriales. Se fortalecieron los sectores de inteligencia artificial, robótica, biotecnología y energías limpias. No solo fabrica bienes: ahora produce conocimiento, registra patentes, domina tecnologías de frontera. La narrativa del “Hecho en China” comienza a ser reemplazada por el “Creado en China”.

La etapa inaugurada en esta década no es solo económica, es también civilizatoria. China ya no busca solo el crecimiento, sino que propone otro modo de articular poder, desarrollo y soberanía. En esa perspectiva, la digitalización, la inteligencia artificial, la infraestructura 5G, y el sistema BeiDou no son tecnologías aisladas, sino piezas de un nuevo tipo de hegemonía: una que no se impone por la fuerza, sino que se instala por funcionalidad. Mientras el orden occidental multiplica discursos sobre libertad y democracia, China avanza con proyectos, contratos, rutas, y soluciones concretas para países que necesitan conectividad, crédito, transporte o energía. No exige alineamiento ideológico, exige reciprocidad técnica.

Cuando las grandes potencias se enfrentan en confrontaciones abiertas, algunos observan las declaraciones, otros las maniobras militares. Es necesario mirar más allá, en los mapas de infraestructura, donde se dibujan los verdaderos movimientos del poder. La Ruta de la Seda Digital no nació como una respuesta a un castigo, sino como parte de una estrategia más antigua, más paciente, más profunda: la de reconfigurar los circuitos materiales e intangibles del mundo. Mientras Occidente se desgasta en confrontaciones ideológicas, China diseña rutas. No retóricas, sino reales. Submarinas, satelitales, digitales. Rutas por donde ya circulan los datos, el comercio, el conocimiento y, en última instancia, la soberanía de los pueblos.

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Durante el gobierno Petro, se abrieron ventanas reales para establecer una relación más estratégica con China. Sin embargo, las oportunidades fueron desaprovechadas. Faltó claridad, faltó equipo, faltó una acertada política exterior que pensara en términos de inserción inteligente en el nuevo orden digital. Se confundió soberanía con aislamiento, y se perdió la ocasión de negociar desde la necesidad, pero también desde la oportunidad. Hoy, cuando las rutas ya están siendo trazadas, corremos el riesgo de quedarnos nuevamente en los márgenes del tablero o como señalan algunos analistas, prisionero de un falso pragmatismo al rescate de la relación Gustavo Petro- Donald Trump, con una especie de matricula condicional durante los próximos meses y cumplir tareas respecto al narcotráfico, sustitución de cultivos, extradiciones y migración. La verdadera política de Trump es el regreso a la Doctrina Monroe 2.0 “Hagamos a USA Grande otra vez” (Make America Great Again-MAGA)

La lucha de los aranceles:

Lo más revelador de todo este proceso es cómo China ha convertido la presión arancelaria en una oportunidad para acelerar su propia modernización. Cada veto tecnológico ha sido respondido con mayor inversión en I+D; cada arancel ha impulsado la búsqueda de nuevos mercados; cada amenaza ha fortalecido la determinación de lograr la autonomía estratégica. Trump creyó que podía usar los aranceles para doblegar a China, pero lo que realmente ha logrado es empujar a Beijing hacia una autosuficiencia que, paradójicamente, lo hará menos dependiente de Estados Unidos en el futuro.

China se encuentra en una fase crítica de transformación estratégica que está alterando la gobernanza mundial. En 2025, la segunda economía del planeta registró un crecimiento de alrededor del 5 % del Producto Interno Bruto (PIB), cumpliendo con las metas oficiales pese a tensiones comerciales y presiones globales.

A diferencia de otros líderes globales, Pekín no pretende imitar el modelo de superpotencia tradicional liderado por Estados Unidos, sino construir un poder global basado en tres pilares: resiliencia económica, capacidad militar y proyección internacional. Esta estrategia le permite priorizar la estabilidad interna antes que cargar con responsabilidades globales que puedan desestabilizar su propia agenda.

En lo económico, el próximo plan quinquenal responde a tres grandes prioridades estratégicas. La autonomía tecnológica: China ya aporta una proporción significativa de la producción de semiconductores en procesos maduros (por ejemplo, chips de 28 nm o más grandes), con un papel creciente en el sector y proyecciones de aumento de participación de mercado en los próximos años.

Además, el país mantiene su liderazgo manufacturero: su industria representa una parte básica de la producción global, y sectores como vehículos eléctricos —con exportaciones que alcanzaron casi 70.000 millones de dólares en 2025— muestran su influencia en mercados clave.

No obstante, el consumo interno sigue siendo un desafío, con ventas minoristas con crecimiento moderado frente a la lenta recuperación postpandemia. Este contexto explica por qué el Gobierno focaliza sus esfuerzos en inversiones y reformas estructurales antes que en estímulos directos al consumo.

En el plano internacional, China combina esfuerzos para reformar instituciones globales —como Naciones Unidas, el FMI o el Banco Mundial— con la creación de organismos propios como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura o mecanismos dentro de BRICS, para ampliar su influencia sin confrontar directamente a Occidente.

Las relaciones con vecinos estratégicos reflejan un enfoque pragmático: una alianza con Rusia motivada por la seguridad geográfica y una coexistencia cuidadosa con India pese a tensiones fronterizas persistentes. La influencia en Latinoamérica es importante vía inversiones en infraestructura, ciencia y tecnologías de punta a través de la Franja y la Ruta.

De cara a 2026, la relación con Europa podría convertirse en el foco de mayores tensiones, debido a diferencias sobre la guerra en Ucrania, la competencia industrial y posibles disputas comerciales.

Desde la lectura lúcida de Richard Wolff, lo que está en juego no es solo la pérdida de hegemonía de una potencia, sino el colapso de un sistema. El capitalismo de las multinacionales, en su etapa final, ya no garantiza derechos ni promueve equilibrios; se limita a sostener la rentabilidad de unos pocos a costa de todo lo demás. Mientras en Washington el discurso gira en torno a restaurar una gloria pasada, Beijing opera con la racionalidad fría de quien entiende que el poder no se proclama, se organiza. Esa es la diferencia fundamental: uno reacciona; el otro construye. Y en ese proceso silencioso, pero imparable, se está definiendo el siglo XXI.

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