En Colombia se libra una guerra silenciosa pero decisiva para mantener el relato económico de la derecha. Mientras el gobierno del presidente Gustavo Petro implementa una política fiscal y social que, según cifras del DANE y el análisis de economistas de talla global de la línea académica de los premios Nobel de Economía, Paul Krugman y David Card, ha mostrado resultados mesurados y prometedores, sustentados en un eficiente control de la inflación, un crecimiento estable y la reducción de la pobreza monetaria, una poderosa maquinaria narrativa —amplificada por la llamada Gran Prensa Colombiana y sus “bots” (humanos y digitales) en redes sociales— se esfuerza por pintar un panorama apocalíptico.
La maquinaria de desinformación y manipulación de la opinión pública no es espontánea; es orquestada por los grandes grupos económicos colombianos y sus aliados internacionales, quienes utilizan su influencia mediática para sostener un modelo neoliberal agotado y desacreditar cualquier alternativa que favorezca los intereses de las mayorías aún empobrecidas de Colombia y el mundo.
El mecanismo de manipulación informativa es sofisticado y transnacional. Mientras la prensa hegemónica local —cuyos dueños son los mismos conglomerados con intereses en sectores financieros, extractivos y de servicios—, por un lado, amplifica y falsea la realidad del actual contexto colombiano, por el otro reproduce y amplifica el ruido generado por los editoriales y análisis del Financial Times, The Washington Post o The Economist. Estas publicaciones no son neutrales, toda vez que, por ejemplo, The Economist es controlado mayoritariamente por las familias Rothschild, del sector financiero internacional, y Agnelli, a través de su holding Exor, con vastos intereses en el capitalismo global.
No es de extrañar que la línea editorial de este afamado medio privilegie la ortodoxia financiera y la desregulación, en concordancia con el proyecto geopolítico y económico que apoya y promueve, que ve con recelo cualquier experimento progresista en el Sur Global. Así se crea un eco mediático global que presenta la disciplina fiscal ortodoxa y la primacía del mercado como únicas verdades científicas, ignorando deliberadamente los avances en la ciencia económica que cuestionan esos dogmas y validan políticas de estímulo e inversión social en contextos como el colombiano.
Este asedio narrativo sería menos efectivo sin la complicidad de actores institucionales clave dentro de Colombia, los cuales, no obstante el triunfo electoral de la izquierda a la cabeza del Pacto Histórico, siguen controlados por la derecha tradicional en enclaves de poder como el Banco de la República, ciertas salas de las altas cortes y un bloque significativo en el Congreso.
La reciente y agresiva elevación de las tasas de interés por parte del emisor, más allá de cualquier justificación técnica ante una inflación en claro descenso, es presentada aquí como un acto de sabotaje económico con fines políticos, cuyos objetivos serían el estrangulamiento del crédito, el enfriamiento de la economía, la generación de descontento por un menor crecimiento y, sobre todo, desfinanciar los programas sociales, corazón del programa del Pacto Histórico y su principal gancho electoral.
Ahora, en plena coyuntura electoral, esta alianza entre el poder económico, los medios hegemónicos e instituciones capturadas entra en su fase más agresiva. Los tanques de pensamiento financiados por los gremios y los especialistas pagados por la mal llamada Gran Prensa Colombiana lanzarán, día tras día, relatos catastróficos sobre el futuro del país, dentro de una campaña de terror financiero diseñada para asustar a la clase media, desmovilizar a los sectores populares y, en última instancia, inflar las pálidas cifras de intención de voto de una derecha sin proyecto ni legitimidad.
Frente a este poderío, la ciudadanía y, sobre todo, los opinadores y comunicadores independientes tenemos una tarea crucial: cuestionar la fuente de cada pronóstico nefasto, recordándole de manera insistente a la sociedad colombiana que quienes hoy claman por el “riesgo país” son los mismos que se beneficiaron de décadas de un modelo que dejó desigualdad y violencia. De igual manera, debemos replicar y amplificar información sustentada en datos duros y proveniente de académicos independientes, por encima de los editoriales interesados de la prensa nacional e internacional.
La defensa de la transformación social en Colombia pasa no solo por las urnas, sino por ganar la batalla cultural contra el discurso único, ese que se viste de técnica económica, pero que solo vela por la perpetuación de los privilegios de unos pocos. El futuro del país depende de nuestra capacidad de ver más allá del relato del poder.
También le puede interesar:
Anuncios.
Anuncios.


