Laura Sarabia, una embajadora en ejercicio formada en el corazón del poder, acusa al mismo Estado que representa de haberla convertido en blanco político. Ella sigue siendo la mujer más poderosa de un Estado que la persigue. Mientras el presidente Gustavo Petro dice tener pruebas, la justicia aún no las conoce. El país observa cómo el Gobierno se acusa, se defiende y se descompone en público, en una paradoja inédita: el poder demandándose a sí mismo. En Colombia, el verdadero poder no está en el cargo, está en quién resiste cuando el Estado se acusa a sí mismo.
Laura Sarabia lo ha hecho y ha transitado por varios cargos, siempre rodeada de escandalosas acusaciones, incluso por parte de su propio jefe, Gustavo Petro, que cada vez que se destapa un escándalo de ella, Sarabia termina promovida. Embajadora en el Reino Unido, exdirectora del DAPRE, excanciller, y ahora o se queda o será promovida, porque no puede ser removida por su jefe acusador. Todo un fenómeno.
Sarabia es hoy la protagonista de una de las paradojas más explosivas del gobierno Petro: Sarabia denuncia por violencia política al Estado del que ella misma hace parte. No es un gesto simbólico, no es un comunicado: es una denuncia formal ante la Fiscalía General de la Nación.
Una demanda desde adentro: cuando el poder se demanda a sí mismo
La defensa de Sarabia, encabezada por la abogada Lina Sandoval, lo ha dicho con claridad quirúrgica: Laura Sarabia es víctima de violencia política y de procesos sistemáticos de desinformación. No uno, no dos, son más de 40 procesos documentados, señala Sandoval.
Entre ellos, el más explosivo: el de la salud. Aquí ocurre lo inédito: una alta funcionaria, Laura Sarabia, denuncia al Estado por la forma en que el poder político ha sido usado para señalarla, desacreditarla y exponerla públicamente, incluso desde el atril presidencial. No es un ataque a la institucionalidad, es una acusación contra su mal uso.
¿A quién creerle, a Sarabia o a Petro?
El discurso que lo prendió todo
El detonante es un discurso presidencial con micrófono abierto. Una mezcla improbable de Jesús, María Magdalena, vino, whisky y Laura Sarabia fueron los ingredientes del cantinflesco discurso de Gustavo Petro.
El presidente Gustavo Petro afirma que fue engañado, que le hicieron creer que unas hojas de vida para interventores de EPS venían avaladas desde Presidencia. Que “Laura” estaba detrás. Que esos interventores terminaron haciendo business. Que la reforma a la salud perdió un año.
Petro afirma que sí hay pruebas. Pero aquí empieza el problema institucional: esas pruebas no han sido expuestas en un proceso judicial, ni detalladas públicamente con nombre propio, documento o cadena de responsabilidad.
La respuesta jurídica: que las pruebas hablen, pero bajo juramento
Por eso la defensa de Laura Sarabia no pide entrevistas; pide algo más incómodo: la declaración jurada del presidente de la República, y no ahora, no por coyuntural, sino desde febrero de 2025.
Las preguntas son simples y demoledoras:
¿Quién le entregó esa información al presidente? ¿Cuándo? ¿Con qué documentos? ¿Era información verificada o relato político? Porque una cosa es decir “tengo pruebas” y otra muy distinta es ponerlas en manos de la justicia.
El dato que descuadra el relato oficial
El exsuperintendente de Salud, Luis Carlos Leal, no ha afirmado que Laura Sarabia le haya entregado hojas de vida. Lo que ha dicho es otra cosa, mucho más gris y peligrosa: que terceros hablaban en nombre de Palacio, asegurando tener aval presidencial y del DAPRE.
¿Quiénes eran esos terceros? ¿Con qué autorización? ¿Quién los dejó hablar?
Sarabia, lejos de improvisar, había expedido desde junio de 2024 una circular interna ordenando confirmar cualquier instrucción que dijera venir de ella. Nada por intermediarios. Nada sin verificación. Todo con trazabilidad. ¿Será una coartada?
Y según la defensa, esa trazabilidad existe: chats, comunicaciones y registros que demostrarían que ella no intervino en esas designaciones.
La pregunta que el Gobierno no quiere responder
Si el presidente dice tener pruebas, si cree que Sarabia lo engañó, si considera que afectó la reforma más importante de su mandato, ¿por qué sigue siendo embajadora en el Reino Unido?
No fue suspendida. No fue retirada. No fue llamada a calificar servicios. El Gobierno la acusa, pero no la toca. Eso no es contradicción: es poder real. Laura Sarabia sigue siendo la mujer más poderosa del mandato Petro.
Benedetti, el antecedente que explica todo
Antes fue Armando Benedetti. Audios. Insultos. Amenazas. Denuncias por violencia política y de género. Benedetti cayó y regresó. Sarabia cayó y fue enviada a Londres.
Laura Sarabia llega con Benedetti al Gobierno, y ellos se pelean entre sí públicamente, siendo parte de un Gobierno que se autocanibaliza.
En ambos casos, el patrón se repite: escándalo público, ruido político y ninguna ruptura real con el poder.
El fondo del asunto: el Estado contra el Estado
Esta no es una pelea personal. Es una grieta institucional. Una funcionaria denuncia violencia política. El presidente dice tener pruebas. La justicia aún no las evalúa. El Estado queda atrapado acusándose a sí mismo.
Si Petro tiene razón, que lo pruebe ante un juez. Si Sarabia es víctima de desinformación, que la justicia lo determine.
Lo que no puede seguir ocurriendo es esto: usar el discurso presidencial como tribunal y la opinión pública como condena. De ahí que no se entienda cómo el gobierno Petro se caracteriza por su constante harakiri en sus discursos y por funcionarios que se devoran entre sí como pirañas.
¿Por qué no cae Sarabia?
Laura Sarabia no cae porque entiende el poder, porque documenta, porque resiste y porque muchos afirman que tiene supuestamente chantajeado al presidente con todo lo que ella sabe de los casos de corrupción de este gobierno. Y porque, paradójicamente, denunciar al Estado desde adentro es el acto político más radical que se ha visto en este Gobierno. En Colombia, el poder no siempre vive en el cargo; a veces vive en quien se atreve a demandarlo. Y hoy, guste o no, Laura Sarabia sigue siendo la poderosa mujer que no cae.
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