Antes de que Yeison Jiménez tuviera canciones sonando en todas partes, antes de las tarimas multitudinarias y los coros coreados por miles, hubo un giro mínimo, casi invisible, que cambió su historia. No fue una disquera, ni un productor famoso, ni un golpe de suerte. Fue una buena suma de dinero enviado por alguien que no lo conocía personalmente. Alirio Figueroa, contador público nacido en Güicán, Boyacá, decidió apostar por una voz que apenas empezaba a circular en grabaciones precarias y presentaciones improvisadas. Apostar sin aplausos, sin garantías y sin cámaras.
Figueroa conoció a Yeison Jiménez en 2009 en Bogotá y fue por intermedio de Rafael Muñoz, su mánager de entonces. Antes de ese encuentro cara a cara, ya le había enviado dinero para que pudiera grabar un CD. Luego volvió a hacerlo. No había contrato ni promesa de retorno. Había una intuición básica: ahí había algo que merecía tiempo. Cuando finalmente se encontraron, Jiménez trabajaba en Corabastos descargando y vendiendo camiones de aguacate. Jornadas nocturnas, frío constante, veinte mil pesos por noche. Una rutina que no dejaba espacio para escribir canciones, ensayar, equivocarse.

Figueroa fue directo. Le dijo que no fuera más a trabajar allá, que él le daría esos veinte mil diarios para que se dedicara a aprender. No a cantar únicamente, sino a formarse. Apostó y lo primero que hizo fue comprarle libros de cultura general, convencido de que un artista no se hace solo con garganta, sino con mundo. En ese gesto hay una clave de su manera de entender el apoyo: no como caridad, sino como inversión en tiempo y criterio. Luego vinieron las charlas sobre como crecer económicamente y de cómo hacer empresa desde joven.
La ayuda no se quedó en lo económico. Figueroa y Muñoz lo llevaban a discotecas para que cantara, pagando para que lo dejaran subir al escenario. A veces abría conciertos de artistas consolidados sin cobrar un peso, solo para que lo escucharan. Se presentó en lugares como La Chula y Plaza México, escenarios donde el público no perdona, donde un error se paga con silencio. También le ofreció una casa en el sector de La Alquería, un espacio mínimo pero estable, algo fundamental para alguien que hasta entonces había vivido al día.
Ese acompañamiento se mantuvo durante años, hasta 2017, cuando Yeison Jiménez ya pudo sostener su carrera sin apoyos externos. Para entonces, el cantante no había perdido el vínculo ni la gratitud. En conciertos, en eventos grandes, incluso en un estadio como El Campín, bajaba de la tarima para agradecerle. No como gesto de protocolo, sino como reconocimiento a un tramo de la historia que suele quedar fuera de los titulares.
La figura de Alirio Figueroa no se limita a un solo caso. Es contador público y su trabajo ha estado enfocado en diseñar y asesorar sistemas tributarios en tres frentes: industrial y comercial, artístico y entretenimiento. Ese tercer frente es menos visible pero decisivo. Discotecas, plazas de eventos, escenarios nocturnos donde confluyen artistas, empresarios y riesgos fiscales. Ahí están nombres como Rancho MX, de Pipe Bueno y Luisa Fernanda W; Plaza México, del empresario Andrés Felipe Gutiérrez como socio administrador; o Capachos, en Villavicencio, de Mauricio López. Lugares donde el éxito no se mide solo en taquilla, sino en cómo se sostiene legal y financieramente.

En el ámbito artístico, Figueroa ha acompañado a múltiples cantantes y figuras del entretenimiento. Lleva la asesoría tributaria de artistas como El Charrito Negro, Fernando Burbano, Uriel Henao, Luis Alberto Posada, Pipe Bueno, Paola Jara, Jessi Uribe y Alan Ramírez, entre muchos otros. En algunos casos, la relación es estrictamente profesional. En otros, como con Yeison Jiménez o Alan Ramírez, se convierte también en inversión directa, especialmente en los primeros pasos, cuando no hay respaldo de la industria y todo depende de resistir.
Parte de ese trabajo se ha articulado con la compañía Marshal, de Rafael Muñoz, desde donde se estructuraron inversiones para grabaciones, discos y videos que permitieron que esos artistas empezaran a circular, a sonar, a existir en un mercado saturado. No es glamour. Es contabilidad aplicada a la supervivencia creativa.
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Figueroa no trabaja solo. En el plano jurídico, su firma AFP cuenta con la asesoría del abogado y exfiscal general Mario Iguarán. Esa alianza refuerza un enfoque integral: lo tributario y lo legal caminando juntos en un sector donde los errores se pagan caro y la informalidad suele ser la norma. AFP se ha convertido así en una consultora que asesora a artistas, actores e influencers, personas que ganan visibilidad muy rápido, pero no siempre cuentan con estructuras sólidas para sostenerla.
La historia de Alirio Figueroa no es la del empresario que busca reflectores. Es la del profesional que entiende que el talento, sin respaldo técnico y financiero, se pierde. Que detrás de cada canción que suena hay decisiones pequeñas: pagar un estudio, insistir en una presentación, cubrir un arriendo, explicar cómo funciona un impuesto. Decisiones que no hacen ruido, pero que sostienen carreras.
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