El escándalo porque el ministro indígena no habla inglés revela nuestra mentalidad colonial

Nombrar ministros que no hablen inglés genera escándalo, pero dominar lenguas nativas como el nasa yuwe es clave para valorar nuestra cultura y memoria ancestral

Por: Juan Pablo Méndez Restrepo
enero 31, 2026
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El escándalo porque el ministro indígena no habla inglés revela nuestra mentalidad colonial

No es la primera vez, en los últimos tres años, que a propósito del nombramiento de un ministro o de una autoridad estatal se arma un debate porque el recién nombrado no habla inglés u otra lengua asociada a la diplomacia internacional. En lo concreto, tras el nombramiento del nuevo ministro de la Igualdad, el líder indígena Alfredo Acosta Zapata, se levantaron varias voces en el país de personas escandalizadas porque en su hoja de vida no menciona hablar otra lengua occidental distinta al español, pese a que domina su lengua nativa, el nasa yuwe, del pueblo Nasa. No es extraña la reacción de aquellos para quienes el inglés está en la cima de sus aspiraciones idiomáticas: la inercia colonial en Colombia nos sigue avasallando y la corriente arrastra nuestra ignorancia.

Para empezar, en el territorio de lo que hoy es Colombia, hasta antes de la llegada de Cristóbal Colón se hablaba un número indeterminado de lenguas, que se calculan en centenares. El número exacto es incalculable, pues muchísimas de ellas desaparecieron sin dejar registro. En los años de la Colonia tardía, ya rozando los tiempos de la independencia, desapareció la más importante, el muysccubun, hablado por las comunidades muiscas de la cordillera central. Sobrevive su familia lingüística, el chibcha, que es la base de idiomas como el ika, el damana y el kogui, hablados por los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Al día de hoy sobreviven 69 lenguas en el país. La más hablada es el wayuunaiki, con más de 400.000 hablantes, seguida por el nasa yuwe, hablada por más de 130.000 personas, mientras que el podio lo cierra el emberá, con sus distintas variantes —como el chamí y el dóbida—, hablado aproximadamente por 100.000 personas.

Y sigue una larga lista de lenguas, de sistemas de pensamiento, de maneras de nombrar el mundo y el universo, de complejos aparatajes de memoria simbólica que transitan desde la posibilidad de expresar las más complejas y sublimes cosmovisiones hasta la necesidad de comunicar las noticias más elementales de la vida cotidiana: namtrik —mal llamado guambiano—, inga, kichwa —o quechua—, cubeo, sikuani, tukano, uitoto, curripaco, entre otras. Son nuestras, de acá, habladas por nuestros ancestros, porque, por más que algunos reivindiquen el inglés o el francés como únicos idiomas posibles para ejercer la diplomacia, todos quienes habitamos este territorio tenemos sangre y ancestro indígena. Hasta los más blancos.

El asunto es, justamente, que en el afán del colonizador por imponer su religión y su sistema político, justificar el saqueo del oro y los recursos naturales del territorio y doblegar la resistencia de nuestros pueblos, una de las estrategias más eficientes fue imponer su idioma. Quisimos blanquearnos con sus apellidos y nos independizamos en español, hablando la lengua del invasor, y de esa mentalidad colonial aún no hemos podido zafar.

Después de la segunda mitad del siglo XX, la sociedad bogotana pretendía hablar francés, lengua imperante en Occidente. Tanto así que vale la pena recordar una anécdota: la vieja chichería del barrio La Candelaria, La Gata Golosa, debía su nombre a que los comensales del puesto callejero donde se vendían huesos de marrano y chicha de maíz lo bautizaron así porque, frente al lugar, había una panadería que anunciaba sus productos en francés: Gâteau Golosine. La Gata Golosa, inspirados en el arribismo europeísta, la llamaron los artesanos y la gente del pueblo.

Entrado el siglo XX, el idealista polaco L. L. Zamenhof intentó poner de acuerdo al mundo entero para hablar el idioma universal que había inventado: el esperanto. Pero vinieron dos guerras mundiales y, a partir de 1945, el mundo se volvió bipolar. Los vencedores del bloque occidental terminaron de erigir su hegemonía política y cultural sobre los países más débiles, entonces llamados del tercer mundo. Desde hace por lo menos 50 años, el dominio del inglés se volvió un imperativo y, en nuestras sociedades, uno de los síntomas más visibles del arribismo.

Impusimos la supuesta necesidad de una educación bilingüe, nos dejamos convencer de que es casi más importante hablar inglés que español y, en general, terminamos hablando mal tanto el primero como el segundo.

Soy de aquella generación que creció cantando canciones de bandas anglosajonas sin entender qué decían, balbuceando letras a medias, como en el sketch de Peter Capusotto: Canciones cantadas en un inglés de mierda. Cuando conocí Bolivia en 2003, en un viaje de mochilero, y entré a un bar de música andina donde el aperitivo de la cerveza eran hojas de coca, no pude sentir más que una profunda vergüenza al descubrir la diversidad y belleza de canciones interpretadas en quechua y aymara. Un bogotano nacido en la cordillera de los Andes sabía perfectamente quiénes eran U2, The Cure o The Cranberries, pero ignoraba por completo la música más afín al territorio y la cultura en la que nació.

Tan patético es nuestro arribismo que se cuentan por decenas los autodenominados humoristas que consideran gracioso burlarse de una persona por su manera de hablar inglés.

Pero el país está cambiando. Y los tiempos también. Nadie más pertinente para encabezar un Ministerio de la Igualdad que una persona que domine el nasa yuwe. Y nada más urgente hoy que despertar interés por nuestras lenguas nativas, porque si hablar un idioma es comprender un sistema de pensamiento, entonces quizá, para nuestro devenir histórico, sea mucho más importante estudiar wayuunaiki, quechua, aymara o ika que inglés, alemán o francés.

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