Colombianismos
Opinión

Colombianismos

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diciembre 16, 2013
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Una vez, tocando piano en un parque en otro país (porque sí, en algunos países hay pianos por ahí en las calles para que la gente se siente y toque) un señor me preguntó de dónde era yo. “¿Colombia? —me dijo— ah, el país de las contradicciones.” Y sí.

Cuando estoy lejos, me hace falta que la vista abrazadora de los cerros orientales sea la de mi ventana y por eso oigo mucho Carlos Vives. Es natural, me hace falta mi casa.

Si me preguntan, le digo a la gente que claro, que vengan. Que sí se puede venir, que lo que pasa es que hay que ser prudente, que mejor no solos sino en parche, que no a todas partes pero que está mucho mejor. Me gusta pensar, que es verdad lo que digo. Me  gusta mostrarles cómo se baila y que se baila rico, que Colombia tiene tumba’o y que la música la llevamos en el cuerpo. Les digo que tenemos ríos y selvas y páramos y playas y que se pueden hacer los mejores paseos.

Es más difícil, no obstante, cuando me preguntan de nuestra historia, de corrupción, de drogas, de secuestros, de bombas, de marchas, de guerrillas, de tantas cosas que son abrumadoras y que a mi, afortunadamente, me han tocado poco. Es lo más difícil porque es profundamente contradictorio: somos dizque los más felices, los que todo a la orden y a todo miles de gracias y los de los porfavores y las sonrisas y los diminutivos. Como si además de ser los más adorados, fuéramos los más malos. (Y me pregunto, cuál es ese nosotros del que escribo).

Y descubro contradicciones hasta divertidas, como la admiración por el realismo mágico de los que han leído, por su sorpresa de que yo les diga que sí, que en realidad es muy así. Que sí hubo un general al que le cazaron a los hijos y que por ahí en la mitad del Tolima o de la Guajira o del Llano hay puentes sin carretera, piscinas de olas sin agua o barcos sin mar. Lo chistoso es que a ellos les parece fascinante (¡tal cual vivir como en una novela!) y, a mi, triste.

Pero incapaces de darnos por vencidos, nos presentamos toda biodiversidad y multiculturalismo y bonanza petrolera y desmovilizaciones y encima diálogos de paz, mucho gusto. Nos da por la llegada del príncipe azul al cuento de hadas. Somos puro futuro, puro pa’elante. Los alemanes, en cambio, que tienen de pronto uno de los mejores países en muchísimos sentidos, no se perdonan el Holocausto, que le pesa de verdad incluso a los de mi edad, que nacieron 50 años después y que solo hacen alarde patriótico para ver fútbol.

Yo creo que sacamos el divinamentismo (que no crean, nos corre por todas las regiones pero con distintas expresiones, no es solo cachaco) no solo por orgullosos, y no por ilusos, sino porque solo agarrando lo bueno nos podemos soñar un algo mejor, y de ahí construirlo.

De pronto por eso jugamos a múltiples bandas. Por eso andamos de manilla de banderita y colgamos en Facebook y en Twitter artículos de extranjeros enamorados de esa Colombia tropical y amable y del riesgo de quererse quedar (cuando a veces el riesgo es no poderse ir). Pero al tiempo es sálvese quien pueda y hacer y deshacer para hacer lo que más convenga según nosotros, según lo que nos interesa, jalar duro pa’ nuestro lado, doblar la Ley para protegernos o para proteger una causa justa (¿pero quien define cuál es esa causa justa?). Y esto mientras vivimos ridículamente indignados, todo el mundo es malo, todo es un abuso. Tanto, que a veces se nos olvida pensar. Y entonces esperamos a que aparezca un “el próximo”, ese recurrente sujeto hábil echando discursos representante de alguna inmensa minoría. Ese, prócer de un sueño, va a ojalá arreglar las cosas y los va a poner a todos en su lugar, ese lugar que no sabemos cuál es (habría que ver lo que esta chiquita tiene que decir de los príncipes azules).

 

Y entonces si, el señor tenía razón. Colombia es el país de las contradicciones.

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