Boris Johnson, el hombre que quiere convencer a los británicos de que puede sacarlos del atolladero

El candidato para suceder a May tiene excesiva confianza en sí mismo, tanta que está seguro de que es el único que puede sacar el Brexit adelante

Por: Francisco Henao
Junio 25, 2019
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Boris Johnson, el hombre que quiere convencer a los británicos de que puede sacarlos del atolladero
Foto: Twitter @borisjohnson

Reino Unido vive sus horas más complicadas desde que se aprobara el Brexit hace tres años (24 jun 2016, No seguir: 51.9%, Sí seguir: 48.1%). Theresa May no va más como PM. Boris Johnson prácticamente no tiene pierde para sucederla. En los 55 años que ha vivido, se ha labrado esa posición de la misma manera que el orfebre talla su joya con paciencia. Su máxima joya ahora mismo ha sido convencer a los brexíteres de que es el único que puede despejar el camino y sacar a Gran Bretaña del atolladero. Expresarlo es fácil porque es seguir una corriente mayoritaria implantada hace decenios, reza así: “La clase política británica se negó a abrazar a Europa” (John Kampfner). Más que por pudor o por desventaja ha sido por conveniencias políticas. La clase política británica persigue su interés antes que el del pueblo inglés. Tony Blair propugnó en vano fomentar el sentimiento de afinidad por la Unión Europea. Pudo más el canal de La Mancha, una falla geológica antiquísima que separó a los británicos de Europa y les imprimió su carácter insular que los hace diferentes. Como el jamaicano y el porteño, nada tienen que ver el uno con el otro.

En Boris existe la tendencia por la heroicidad, como si él fuera uno de los personajes de Homero, se siente un privilegiado, portador de una misión. Lo educaron en Eton y posteriormente pasó por Oxford, lo cual provoca una gran ventaja y lo acerca a las clases que siempre han gobernado Gran Bretaña, donde la Elitocracia manda e impone sus preceptos que son finamente envueltos en democracia. Típico británico y añejado en lo victoriano que a Boris le despierta muchas emociones. Los héroes de la Ilíada le van —lo ha dicho a sus cercanos— por la audacia y el valor poco común que exhiben. Johnson tiene pasión por la historia. Como buen británico ama a Churchill, de pronto lo puede sobredimensionar tal vez porque es un espejo de su propio carácter. O él lo piensa así. Publicó un libro, El factor Churchill, el foco lo pone en cómo este personaje hizo la historia. ¿Le gustaría copiar de Winston Churchill su constante comportamiento “políticamente incorrecto” o ese estilo conservador tirando a reaccionario que exhibía en sus actos y palabras, o la egolatría de sentirse especial y ser, por tanto, escuchado? ¿Desea asemejarse a Churchill como hacedor de un nuevo capítulo de la historia de Gran Bretaña?

Tiene una concepción alta de sí mismo. Sólo él -dice- puede llevar a cabo el Brexit y si no lo hace él el partido conservador puede “extinguirse”, como le ocurrió al partido liberal británico, o peor aún, que la izquierda se tome el 10 de Downing Street, también agita la bandera de que Nigel Farage podría desbancar a los conservadores, algo harto humillante (las encuestas así lo predicen). Johnson apela al orgullo, al amor propio, que tanto ofende a los votantes, ahogados en el tufo de la desconfianza hacia sus líderes políticos, que brillan por su incoherencia. Anclado en ese perenne narcisismo que rodea a tantos políticos insiste en que dejará la Unión Europea el 31 de octubre. ¿Una patraña más de las muchas manifestadas a lo largo de toda la campaña pro-Brexit?

Se nota que siempre ha estado muy familiarizado con Niccolò Machiavelli. Donde más se advirtió fue siendo periodista para el Telegraph, como corresponsal en Bruselas, entre 1989 y 1995. Así como sus artículos son brillantes, tienen la impronta de su inteligencia, también chorrean la hiel del que pretende arrebatar el honor de alguien. Boris, lo dicen sus colegas de esos días, amaba a Margareth Thatcher y de ella tomó la recalcitrante idea de ir contra Europa. No siempre fue así en Thatcher porque se debe recordar que Reino Unido hizo un primer referendo, en 1975, de si seguir o no en Europa, y Thatcher defendió con toda su pasión que Reino Unido debía permanecer en Europa. Su campaña fue tenaz y vehemente. Ganó por abrumadora mayoría, “permanecer en Europa”, que Margareth celebró como un éxito suyo. Ella, ya en el poder, dio un giro de 360°. Ahora expulsaba ira y desprecio contra la Unión Europea. Johnson abrazó esta teoría con los ojos cerrados, más por esnobismo que convicción. En Bruselas, el Boris periodista, quería abrirse paso como fuera, sin pensar si era noble o cruel, honesto o no lo que escribía, era la patria lo que estaba por encima de todo, como quería Maquiavelo y le imponía la Thatcher.  La divisa de Boris era: Jamás dejes que los hechos estropeen una buena historia y —arguyen sus colegas— su artículo y su titular estaban listos y eran enviados a Londres, antes de que pasaran las cosas.

Johnson quedaba bien ante sus jefes. Y era elogiado por su talento audaz y sin escrúpulos. Aprendió en Bruselas que lo más conveniente es ir a favor de la corriente que domina entre los jerarcas del régimen. Pensar por sí mismo es desaconsejable. Como vio en varios personajes de Shakespeare, otro de sus maestros, quien tiene personajes sacados de la aguda observación que tenía el nacido, no en Reino Unido, sino en el Reino de Inglaterra. ¿Con quién se identifica más Boris Johnson, con el vanidoso Falstaff o con el siniestro Yago, que el incomparable inglés inmortalizó? Boris, con su curiosidad histórica, con su afán de reafirmarse, hizo el libro, El enigma del genio, donde intenta explicar qué hace que Shakespeare sea Shakespeare. He ahí la cuestión. ¿Qué es el corazón humano? Un inmenso océano sin fondo donde se pueden contemplar las más increíbles maravillas de este mundo, donde se ve todo lo que el ser humano no ha sido capaz de imaginar. Es tan inabarcable que Newton un día confesó su vivencia —vale la pena recordarla—, lo que sabemos es una gota de agua, lo que ignoramos es un océano, dijo maravillado al conocer su mente. Shakespeare aclaró algunos misterios del corazón del hombre/mujer. Y Boris inmerso en semejante mundo novelesco, impregnado del carácter yaguesco, no descansó para poner todo en contra de Theresa May y llevarla al matadero y erigirse él en mesías, capaz de amainar mares encrespados que amenazan hundir la chalupa. Boris es un personaje con muchas aristas e igual número de antifaces. Cosa que a los recontraeuroescépticos les trae sin cuidado. Su paranoia los obnubila y el utilitarismo de Stuart Mill se reduce a bagatela.

En cambio, para la presidenta del gobierno de Escocia, Nicola Sturgeon, el excanciller británico, Boris Johnson, como primer ministro, sería una “pesadilla”. A los ojos de la mayoría de los escoceses, declara Sturgeon en la revista alemana, Der Spiegel —21 junio—, es “completamente inapropiado”. Nicola lo ve como un hombre “incompetente y falto de integridad” y cree que su elección fortalecerá el movimiento de independencia de Escocia. Boris es un hombre buscapleitos. Como editor de The Spectator, autorizó un poema suyo donde trata a los escoceses como una “raza de bichos”, que deberían ser exterminados. A los gay también los ninguneó. Sí, Boris tiene rasgos hooliganianos, ¿Siendo así, ¡cómo pretende unir a los británicos!, según sus palabras? y ¿cómo se va a enfrentar a 27 países con espectros tan disímiles, tanto en lenguas como modales e intereses? Brexit es un chocolate espeso. Sturgeon menciona que en el referéndum el 62% de escoceses votaron por permanecer en Europa, pero esto se desconoció.

Es imposible no concluir que con el Brexit la democracia ha salido maltrecha. Lo que ha aumentado el descrédito del sistema, y que haya tantos interrogantes sin resolver que ponen contra las cuerdas al mismo Johnson. Sus repuestas no convencen. Este martes (25 junio) dio una entrevista a talkRadio. Allí afirmó, con poca inteligencia, que se compromete a sacar al Reino Unido de la “prisión” de la UE, “prisión” es la palabra que utiliza, recalca sus críticas a Theresa May diciendo que su gobierno adoleció de “tristeza y morosidad”. A Boris le critican no haber presentado el plan que dice tener para lograr el Brexit. En talkRadio dio pistas: 1. Busca “obtener un mejor acuerdo a través de más conversaciones con la UE” (pura retórica señor Johnson) 2. Romper el trato de May y negociar uno nuevo con la UE, “hemos vivido tres años de derrotismo”, dice (¿su gran arma negociadora es llegar a Bruselas risueño y optimista?) 3. Dice ser el mejor candidato a PM porque “luché por el Brexit” y “creo en eso” (¿los británicos deben poner su confianza en un “acto de fe”?). En la BBC (la noche del martes 24) repitió lo que viene diciendo hace meses, el Brexit ocurrirá el 31 de octubre, se trata de “hacer o morir”. “Morir” significa el caos, aventarse por un acantilado con la torpe creencia que saldrá ileso, cerrar los ojos y lanzarse atado al Támesis. Es el harakiri y Boris Johnson no lo ha comprendido.

Aunque miembros de su propio partido, el conservador, advierten. Uno de los caciques del conservatismo británico es Ken Clarke, 1941. Con la membresía de thatcherista, él atribuye la derrota (Si UE) “a los medios de comunicación modernos y las campañas políticas constantes dominadas por las relaciones públicas”. Se llegó al Brexit a través de la desinformación, pero esto ya no tiene remedio. Clarke está entre los diputados que quieren “sí al acuerdo”. Declaró a Telegraph (24 junio) que “derrocaría al gobierno” (entrante) para bloquear el No-Acuerdo. Esta postura hace que Clarke sea visto como un hombre a la izquierda Tory. El ministro de Defensa, Tobías Ellwood, sigue a Clarke, y lo acompañan doce colegas más. Ellwood amenaza con derrocar a Boris seis semanas después de que se convierta en PM. De ser esto cierto, los reglamentos contemplan posible esta actuación.

Si como está previsto, Boris llega a Downing Street, los británicos estarían preparados para soportar las broncas y desaires continuos de la novia de Boris, Carrie Symonds, de 31 años, exrelaciones públicas de los tories. Esto les parece un mal menor. Boris ya dijo que esto a nadie le interesa. Lo único que importa —dice él— es sacar el Brexit. Al final el machismo británico defenestró a Theresa May, quien dio la solución salomónica: más vale un mal arreglo que un buen pleito. Ahora todo quedó en manos del narcisista Boris Johnson y solo él es capaz de derrotarse a sí mismo, víctima de su propia fórmula. Boris tiene fe ciega en su baraka, que le viene de su bisabuelo turco. De cumplirse, tendrá un nicho al lado de Churchill y Shakespeare, sus dos admirados íconos.

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