Opinión

Rojas Pinilla, el helicóptero y el país que aprendió a llegar

Entre guerra y modernización, Rojas Pinilla dejó una huella inédita: el impulso a la aviación helicoportada que cambió la relación del Estado con el territorio

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febrero 12, 2026
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La historia suele recordar al General Gustavo Rojas Pinilla por el golpe de Estado, por la pacificación incompleta de La Violencia, que generó más guerrilla, por la creación del Sena, por el voto feminino o por las discusiones que aún genera su paso por el poder. Sin embargo, hay un capítulo menos explorado que permite entender mejor su forma de concebir el Estado: su apuesta por la aviación y, especialmente, por el desarrollo del ala rotatoria en un país cuya geografía siempre ha sido más obstáculo que ventaja.

Rojas era ingeniero y militar. Pensaba el territorio en términos prácticos, Colombia no era una nación continua y plana sino más bien una especie de archipiélago terrestre separado por cordilleras, selvas y ríos. La geografía muestra que somos país arrugado por tres cordilleras.

En buena parte del país, la presencia estatal dependía de días de desplazamiento o simplemente no existía. Bajo esa mirada, el helicóptero dejó de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en una herramienta estratégica: permitir que el Estado llegara donde antes no podía hacerlo.

Ese proceso, iniciado en los años cincuenta con la incorporación progresiva de aeronaves y la formación de tripulaciones especializadas, terminaría consolidándose décadas después en una institución clave de la Fuerza Aérea Colombiana: el Comando Aéreo de Combate No. 4, conocido como CACOM 4.

CACOM 4 es una unidad operacional de la Fuerza Aérea ubicada en Melgar, Tolima, dedicada principalmente a las operaciones de ala rotatoria, es decir, al empleo de helicópteros. Allí no solo se ejecutan misiones militares; también se concentra la formación y entrenamiento de pilotos, técnicos y tripulaciones que operan en condiciones particularmente exigentes. Su escuela de helicópteros se convirtió con el tiempo en un referente regional por la complejidad del entrenamiento, que incluye vuelo en montaña, operaciones nocturnas, evacuaciones aeromédicas, transporte táctico y apoyo humanitario.

Entender qué es CACOM 4 permite dimensionar la importancia histórica de aquella decisión inicial de apostar por la aviación helicoportada. En un país atravesado por conflictos internos, emergencias naturales y poblaciones aisladas, el helicóptero cambió la manera en que el Estado respondía a las crisis. Permitió evacuar heridos en minutos, abastecer comunidades incomunicadas, apoyar operaciones de rescate y reducir la dependencia de vías terrestres vulnerables o inexistentes. No fue solo un cambio militar; fue un cambio en la capacidad misma del Estado para hacerse presente.

Con los años, alrededor de CACOM 4 nació una mística particular. La del piloto que vuela en condiciones climáticas adversas, la del piloto que vuela de noche, la del mantenimiento riguroso, la del entrenamiento constante y la conciencia de que muchas misiones no terminan en combate sino en salvar vidas.

Esa cultura profesional explica por qué la escuela de helicópteros colombiana terminó siendo reconocida en el ámbito hemisférico y por qué tripulaciones extranjeras han buscado entrenarse bajo sus estándares operacionales.

Reconocer ese legado no implica ignorar las críticas al gobierno de Rojas Pinilla. Su relación con la prensa fue conflictiva, su permanencia en el poder generó resistencias legítimas y su salida evidenció los límites de cualquier liderazgo que desplace el equilibrio institucional. Pero también es cierto que algunas decisiones técnicas y estratégicas sobreviven a los gobiernos que las impulsan. La aviación helicoportada es una de ellas.

El problema aparece cuando instituciones construidas a lo largo de décadas terminan arrastradas a debates coyunturales o a controversias ajenas a su origen. No vale la pena detenerse en episodios específicos ni en nombres propios. Lo importante es recordar que la historia de CACOM 4 no pertenece a una disputa política sino a un proceso más amplio: el de un país que entendió que su geografía exigía soluciones distintas.

El helicóptero acortó distancias físicas y, en cierta medida, distancias humanas. Donde el Estado llegaba tarde, empezó a llegar a tiempo

Rojas Pinilla, con todas sus contradicciones, comprendió algo esencial: gobernar Colombia implicaba aprender a moverse en tres dimensiones. El helicóptero simbolizó esa posibilidad de acortar distancias físicas y, en cierta medida, distancias humanas. Donde antes el Estado llegaba tarde, empezó a llegar a tiempo.

Hoy, cuando la memoria pública tiende a simplificar el pasado en juicios absolutos, vale la pena rescatar esa dimensión menos ideológica y más estructural de su legado. CACOM 4 y su escuela de helicópteros no son solamente una instalación militar. Son la expresión de una idea: que la tecnología, cuando responde a necesidades reales del país, puede convertirse en una forma de integración nacional.

Los gobiernos pasan, las polémicas también. Pero las capacidades institucionales que nacen de una visión estratégica permanecen. Y en un país donde tantas veces se discute el pasado sin mirar lo que perdura, la historia del ala rotatoria recuerda que algunas decisiones, silenciosas en su momento, terminan cambiando la forma en que un país se conecta consigo mismo.

@hombrejurista

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