Por si acaso muero en esta pandemia

"Las nuevas generaciones tienen el reto de cumplir los sueños inconclusos, pero con mayor claridad y sapiencia"

Por: Antonio Segundo Vargas Mendoza
julio 07, 2020
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Por si acaso muero en esta pandemia
Foto: Leonel Cordero

"Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos"(Martin Luther King).

Escribo estas palabras en un tiempo extraño y un ambiente que no había imaginado vivir, a pesar de que ya estaba sumergido en una sociedad desmesurada en codicia social y violenta, la cual me había hecho experimentar algunas sensaciones dolorosas y presenciar situaciones inhumanas. Así mismo, en algunas obras literarias típicas de tiempos funestos y/o de guerra (como El diario de Ana Frank, La tumba de las luciérnagas, Si esto es un hombre, Los poemas póstumos) y en algunos filmes (como El hijo de Saul, Paisaje después de la batalla, Masacre: ven y mira, El pianista, La caída) también había sentido la aflicción, la perturbación, el miedo y el aislamiento que hoy, por razones de confinamiento ante la peste, volvemos a presenciar y percibir a nuestro modo.

Pues bien, estamos en guerra, pero no con un enemigo externo sino con nuestros propios errores históricos y la presuntuosa mezquindad del mundo reciente: lo que no creíamos que pasaría, está pasando. Amargamente por esta peste hemos presenciado la muerte de seres queridos y cercanos, sin olvidar que tristemente seguirán los fenecimientos en los próximos días. Nadie está exento. Sin embargo, la especie humana ha confirmado que es resistente ante las guerras (I y II Guerra Mundial, Guerra Fría y demás) y las pandemias más feroces (la peste negra u bubónica, el sarampión, la viruela, la gripe española y el mismo VIH o el SIDA, entre otras). Como especie somos un hueso duro de roer, hemos sobrevivido y esta vez no será la excepción.

Yo no quiero morirme en esta epidemia, pero, por si acaso llegase mi turno, me iría con la tristeza infinita de haber hecho parte de una generación y población que menospreció, contaminó y consumió el propio hábitat y/o entorno que le permitía vivir, que no logró construir una sociedad más justa y equitativa, ni una democracia e institucionalidad decorosa. Lo anterior no porque no haya intentado como ciudadano estar al servicio de quienes padecen la historia, sino porque quienes hacen la historia cayeron en la demencia absoluta y la han corrompido a más no poder.

Afortunadamente, soy testigo directo de cómo esta misma calamidad también nos deja ilustraciones maravillosas y de forma inmediata en relación a la mejora del planeta en términos de ambiente. Así lo hemos notado en estos meses de confinamiento: un mar más limpio, playas visitadas por diversas especies terrestres, un cielo hermoso, diversos animales paseando en calles de los pueblos y una atmósfera cariñosa que nos ha permitido ver nuevamente las montañas y nevados desde las distancias más lejanas, como si la madre naturaleza se tomase un suspiro y nos develara lo mezquinos que hemos sido con ella y a la vez nos agradeciera un poco dejarla descansar.

Infortunadamente, el mundo se acostumbró a la expoliación inmisericorde de la naturaleza y a la producción desmesurada de productos de toda índole. Esta inmovilización obligada de los quehaceres humanos en todo este tiempo ha conducido también a una crisis económica a raíz de la mengua del comercio y la manufactura. Desconocemos hasta dónde llegará, dado que es probable que apenas empiece y todo indica que nuevamente la pagarán los pobres.

Sea como sea, me alivia saber que la ciencia en las sociedades prósperas y democráticas encontrarán una vacuna contundente para enfrentar la peste y en conjunto con los médicos nos salvaremos del desastre; pero aquí lo fundamental es saber si esta peste que nos fustiga ha cambiado nuestros pensamientos en la relación con la naturaleza y la justicia, de cuanta conciencia hemos alcanzado como ciudadanos frente a las faltas cometidas. En particular, quisiera que esa conciencia fuese amplia y me anima pensar que las nuevas generaciones tienen ganas de vivir en un mundo mejor y están construyendo memoria de lo que está ocurriendo y de todo lo que devela esta pandemia en términos de las propias equivocaciones humanas.

Ojalá en el caso colombiano todo este tiempo bajo la pandemia nos haga entender que no podemos seguir eligiendo la guerra porque ella es solo muerte y confusión, ojalá comprendamos que la tierra y la vida son una sola, que el trato a la naturaleza debe ser de respeto y protección, que la vida debe prevalecer ante todo, que la justicia debe ser la antorcha de las alamedas donde transite una sociedad decente y que la memoria histórica que se construye por estos días es la llave para el desarrollo de un futuro mejor.

Finalmente, y también con la intención de reconfortar mi espíritu, las nuevas generaciones tienen el reto de cumplir los sueños inconclusos, pero con mayor claridad y sapiencia. Y si bien no hay sociedades ideales y perfectas, también es cierto que las injusticias, las guerras, la inequidad y la coerción económica no pueden seguir siendo normalizadas. Además, las riquezas, la salud, la educación, la ciencia y la libertad no pueden ser un lujo o monopolio que unos tengan y gocen y otros no. Vivir en un mejor ambiente y tiempo es posible.

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