“La literatura bien hecha siempre será una luz para aclarar los rumbos”: Juan Diego Mejía

En esta entrevista hablamos con el autor de 'Adiós, pero conmigo', una de sus últimas novelas, sobre su formación, sus espacios vitales y su mundo imaginario

Por: albeiro arciniegas
abril 08, 2022
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“La literatura bien hecha siempre será una luz para aclarar los rumbos”: Juan Diego Mejía
Fotos: Cortesía

Tiene una deuda con Manuel Mejía Vallejo. Injustamente olvidado. “En mi obra fue muy importante. Él me abrió las puertas en el taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Una tertulia deliciosa; Manuel educaba con su ejemplo”, manifiesta Juan Diego Mejía, escritor paisa considerado imprescindible en las letras nacionales por la solidez y calidad de su obra literaria. “Por Manuel Mejía Vallejo empecé a escribir cuentos y gané algunos concursos en los años ochenta y por él publiqué mi primer libro que se llamó Rumor de muerte”.

Juan Diego Mejía explora en sus experiencias vitales. Álvaro Castilla Granada, librero residente en Bogotá, escribe sobre él que hay cosas difíciles de encontrar en el mundo de las letras: “Una voz auténtica y un mundo propio. Cuando se encuentra un autor con estas dos características se puede decir que nos enfrentamos a un escritor. Los libros de Juan Diego Mejía forman un solo cuerpo, un solo árbol, que va creciendo poco a poco”. El antioqueño dice, por su parte, que su generación tiene un lugar propio en la literatura colombiana, lejos de los universos mágicos de Gabriel García Márquez y teniendo en cuenta referentes muy distintos.

En esta entrevista hablamos con el autor de Adiós, pero conmigo, una de sus últimas novelas publicada por Editorial Alfaguara.

Inevitable iniciar por el comienzo. Su formación. Las primeras experiencias que lo encaminaron por la agradable senda de la literatura.

Tal vez si yo hubiera sido un muchacho extrovertido y popular en el colegio, no habría frecuentado tanto la biblioteca. Allí me encontré con mundos fantásticos que resultaban mejores que la vida real. Por fortuna había muchos libros. Yo diría que todos los libros estaban en la biblioteca de mi colegio. Aprendí a buscar entre las tapas más antiguas y en las hojas delicadas que habían vivido muchos años. En esos años no pensaba en que yo pudiera escribir. No me interesaba. Solo quería saber lo que les pasaba a los personajes. De pronto me vi escribiendo historias para la clase de español, otras para guardar en mis cuadernos y terminé haciendo casi todos los artículos de un periódico rebelde que fundé con mis amigos más cercanos.

Lecturas, llamémoslas de deslumbramiento iniciático. Esas que marcan para siempre. ¿Qué autores recuerda con insistencia?

Salgari y sus corsarios. Víctor Hugo me deslumbró con el jorobado que vive en la catedral. Dostoievski con esos personajes pobres que sufren las injusticias de un mundo a punto de caerse. Hesse con la búsqueda del sentido de la vida. García Márquez con un escenario que nunca nadie puede olvidar después de leerlo.

¿En qué influyó Medellín, sus espacios vitales, para forjar su mundo imaginario?

Debo decir que Medellín es el piso sobre el cual se asientan mis historias. Durante muchos años me han perseguido los colores del aire, los olores, las luces y las sombras, las personas que alguna vez vi o creí que había visto. Desde hace un tiempo estoy cerrando ciclos, como una manera de salirles al paso a los recuerdos. Con El cine era mejor que la vida creo que se cerró el capítulo de ese niño que se parece tanto a mí y se enamora de las actrices de cine mientras llora en silencio por los fracasos del papá. Con Camila Todos los fuegos traté de saldar cuentas con el mundo de la adolescencia, sus carencias, sus miedos. Y así, con cada novela vuelvo a Medellín. Ahora no tengo dudas de que si me preguntan quién soy, diré: Soy Juan, un escritor de Medellín.

¿El cuento o la novela? ¿Cuál expresión literaria le parece más compleja para ser escrita?

Para mí los cuentos son oportunidades para encontrar el corazón de las historias. Varios de esos cuentos se han convertido luego en novelas. No sabría qué es más complejo, pero si me tocara escoger, diría que los cuentos requieren más precisión y más reflexión. Las novelas exigen que el novelista esté atento, que no pierda el rumbo, que no se le olvide que todo debe estar al servicio de ese corazón.

¿Es difícil publicar en Colombia? ¿Cómo hizo para que sus libros lleguen a editoriales importantes?

Antes era más difícil porque había menos editoriales. Hoy existen las editoriales independientes, que cada vez son mejores, más dinámicas, sorprendentes. También existen las editoriales de universidades y de otras instituciones que se interesan por la divulgación científica, los temas de interés general y, por supuesto, la literatura. Yo tuve el apoyo del maestro Manuel Mejía Vallejo para publicar mi primer libro en un fondo editorial que tenía el Seguro Social. Después seguí solo, creo que, con buena suerte, pues publiqué en Planeta, Norma y luego en Alfaguara.

“Soñamos que vendrían por el mar”. El génesis de esa novela. La utopía de la revolución. El mito de la juventud. ¿Cómo la concibió?

Esta novela es también un cierre de ciclo en mi vida. Reúne las experiencias que viví como militante en la izquierda colombiana en los años setenta. Antes había publicado otras novelas sobre el mismo tema. Menciono una, A cierto lado de la sangre, pero con el tiempo me di cuenta de que esa fue una novela anticipada. Solo cuando escribí Soñamos entendí que me habían faltado treinta años para ver todo en perspectiva.

¿Es difícil escribir en un medio como el nuestro? ¿En una época como la nuestra, tiranizada por la velocidad? Posmoderna, dicen algunos.

No creo que sea difícil. Es un oficio como cualquier otro. La diferencia es que los que lo ejercemos, lo hacemos, aunque no sea rentable. Esto implica una dosis de pasión y de convicción. Y esta es la parte que me gusta. Porque así nadie puede obligarme a escribir sobre lo que mande el mercado. Siempre escribo sobre los temas que a mí me interesan, sin importarme si están de moda entre los lectores o no.

“Era lunes cuando cayó del cielo”, otro de sus títulos. ¿Qué lugar ocupa dentro de su producción novelística? ¿Es su libro favorito?

Esta novela cuenta la historia de una muchacha que yo conocí porque era la novia de un buen amigo. Era una belleza especial que las marcas comerciales buscaban para que exhibiera sus productos. Era una modelo muy destacada en el mundo de la publicidad. Un día se lanzó de un piso veinte y cayó deshecha a la calle. Yo fui con mi amigo a hacernos cargo del cuerpo, y verla allí, tirada bajo una manta blanca, me movió el alma. Tuve que esperar cinco años para empezar a contar esta historia.

¿Cuál es su concepto de la actual literatura colombiana? ¿Estamos creciendo o seguimos enredados en el paradigma de una literatura de capos y traquetos?

Tengo un alto concepto sobre la literatura colombiana. Creo que los nombres de Carrasquilla, Caballero Calderón, Mejía Vallejo, García Márquez encontraron muy buenos pares en Vallejo, Laura Restrepo, Juan Gabriel Vásquez, Octavio Escobar, Julio Paredes, Pilar Quintana y muchos otros. Hay tantos nombres buenos y prometedores que se dificulta mucho hacer una lista. Ellos, hombres y mujeres, deben saber que son un tesoro para la tradición literaria de Colombia.

Los temas no deben ser condenados ni aprobados de antemano. La sociedad colombiana ha cometido muchos errores y ha sufrido mucho por culpa de capítulos oscuros como el narcotráfico, la violencia, la desigualdad, el sometimiento a los dueños del capital. Nunca serán demasiadas las novelas que traten de aclararnos lo que nos pasó. La literatura bien hecha siempre será una luz para aclarar los rumbos.

Hablemos sobre su última novela “Adiós, pero conmigo”. ¿Qué espera de esta nueva publicación?   

Es una novela de unos jóvenes estudiantes de matemáticas de la Universidad Nacional en los años ochenta. Ellos buscan razones para vivir y creen que la Ciencia los va a librar de la mediocridad. Se atraviesa una sombra de suicidios que los estremece y les muestra la fragilidad de los seres humanos.

Con Adiós, pero conmigo no solo reviví el cariño que les tengo a las matemáticas (soy graduado en Matemáticas Puras), sino que me permitió una reflexión sobre la juventud, la amistad, las despedidas.

Una invitación a los niños y jóvenes para que lean. Se interesen por la literatura colombiana y sus escritores.

Leer un libro es empujar una puerta. ¿Qué hay adentro? Es un misterio. ¿La puerta abre fácil? No importa si abre fácilmente o no. Lo importante es lo que vamos a ver adentro. Personajes que nos van a contar historias. Mundos desconocidos a los que nunca hemos ido. Colombia también está detrás de esas puertas. Solo hay que empujarlas y ahí estará. Abramos puertas. Muchas puertas.

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