“Esto no es el Guasón, es el huesón”

No es que Joker sea una pésima película, pero no hay en ella nada que no se hubiera hecho antes y mejor. Y sobre todo, le falta cine.

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noviembre 16, 2019
“Esto no es el Guasón, es el huesón”

Como dejé de ser un fanático sin personalidad y fácilmente influenciable de los superhéroes cuando, a eso de los catorce años, me convertí en un fanático sin personalidad y fácilmente influenciable de los rockeros atormentados, no fui a ver Joker cuando salió sino cuando ya todo mundo llevaba semanas hablando de ella. Las críticas (y los críticos) la endiosaban como la mejor película en lo que va de este milenio que avanza rápido. Al coro de alabanzas se unía hasta Iván Gallo, al quien nada le gusta y en todo exagera,  pero que fue el que a finales de los noventa me enseñó a ver cine.

Así que fui a verla sabiendo que mi impresión se iría por uno de dos caminos equivocados: o iba a gustarme y yo creería que era por influencia de todo lo que había escuchado, o saldría decepcionado sin entender si era por puras ganas de llevar lo contraria.

Me pasó lo segundo: No es que Joker sea una pésima película, sino que comparada con las expectativas que ha generado, la cinta de Todd Philipps es un huesón.

No sólo la intriga parece montada para contarnos, de la misma manera que conocemos desde siempre,  por qué Bruce Wayne (¿Alguien aún lo llama Bruno Díaz) se convirtió en Batman, sino que en las dos horas y pico que dura la cinta no hay UN SOLO plano memorable.  Ninguna imagen bella ni perturbadora (menos una que sea las dos cosas). Ni un segmento de humor en el sentido inteligente (del que no hace reír sino pensar) o en el más básico (del que al menos saca una carcajada).

Ni siquiera hay secuencias de acción memorables como para decir que se trata de una gran película comercial de superhéroes.

Es decir, no hay cine.

Y tampoco hay psicología (no sé qué quiere decir pero leo por ahí que se trata de una cinta pisicológica). Joker pretende abordar el tema de las enfermedades mentales, pero hay un problema en la manera de presentar la historia. Una cosa es mostrar cómo una persona frágil y abusada puede llegar al homicidio y otra, que es la que elige el director, demostrar que toda persona frágil y abusada reúne los factores para convertirse en homicida. Allí donde Sin Techo Ni Ley de Agnès Varda o Yo,Daniel Blake de Ken Loach nos hacen sentir el rechazo de los prójimos y las instituciones y cintas como Taxi Driver, Elephant o Bowling For Columbine (las dos últimas inspiradas en el mismo hecho real) ilustran cómo el matoneo abre poco a poco el camino de la violencia, Joker  está construida sobre una simplificación: cualquiera puede (fácilmente) volverse “loco” y cualquier “loco” puede (fácilmente) convertirse en un criminal. Esa caída es de una banalidad aterradora: un tipo bueno pero simple y sin mayores traumas, se vuelve un psicópata sólo porque la sociedad lo maltrata. Sin complejidades. Sin ambigüedades.

Pasa lo mismo con la supuesta crítica que la cinta le hace al capitalismo y a la sociedad consumista  de nuestros días que apenas se queda en un “Hay que matar a los ricos” (algo que ya sabíamos) sin que nadie salga con más ganas de quemar un banco de las que ya tenía al entrar al teatro.  Incomoda que se la pinte como una película “anarquista” y ahora el traje de Guasón comience a desplazar a los chalecos amarillos como prenda de moda para las protestas en la colección otoño-invierno del 2019 porque antes de los chalecos amarillos el accesorio perfecto eran, se sabe, las máscaras Anonymous/Guy Fawkes. Y eso era mucha mejor. Viendo Joker a uno pueden que le den ganas de vengarse  del sistema sin ni siquiera cuestionarlo; con V for Vendetta, le dan a uno ganas de organizarse para desbaratarlo hasta los cimientos.

Ese es el problema con Joker, todo lo que allí pasa se había hecho antes y se había hecho mejor en cintas que además gozaron de un gran éxito crítico y comercial. El papel de los medios en la exaltación de los criminales ya nos lo mostró Asesinos por Naturaleza  y la (ultra)violencia como escape a la normalidad ya estaba explotada desde La Naranja Mecánica. Jack Nicholson nos había mostrado dos ángulos de la locura, el aislamiento en El Resplandor y la institucionalización en Atrapados sin Salida. Tampoco es cierto que la película sea perturbadora o violenta (para decir lo primero habría que ignorar toda la filmografía de Von Trier y para afirmar lo segundo, negar la existencia de Tarantino) y por eso las historias de espectadores que no soportaban la cinta y abandonaban la sala suenan más a un rumor con fines publicitarios. Yo cada vez que veo un extinguidor rojo pienso en la primera escena de Irreversible  y recuerdo cómo eso sí hacía salir a la gente y muchos de quienes sobrevivían a esa secuencia terminaban diciéndole a la pantalla “Ya no más” durante la atroz secuencia de la violación.

Lo peor es que Joker ni siquiera innova en el tratamiento del personaje del payaso antagónico del Hombre Murciélago. Desde que en los comics de los años cincuenta se explicó el origen del personaje, Joker ha opacado a Batman y nos ha obligado a cuestionar quién de los dos es el verdadero héroe y la verdadera vícitma y desde que en 1988 Alain Moore escribió The Killing Joke  todas las caracterizaciones del personaje han partido de ese punto. Por eso mientras ha habido Batmans buenos, regulares y malos, los Joker siempre han sido memorables . Uno no se va a olvidar que ya en 1989, el Guasón de (otra vez) Jack Nicholson bajo la dirección de Tim Burton planteaba lo que todo mundo anuncia ahora como la última revelación: que Batman es un justiciero sin reglas al servicio del establecimiento (eso que en Colombia llamamos, un “para”) y tampoco del que Heath Ledger interpretó, co-dirigiendo su papel con Christopher Nolan, y que le salió tan hermoso en términos de locura y decadencia porque él mismo estaba atrapado en el espiral de autodestrucción que le costaría la vida antes de que The Dark Knight  acabara de editarse.

El de Phoenix también es un gran “Bromas”, pero a pesar de su risa (bah, no, la risa  de Pennywise de Eso gana) y su corte de pelo a lo Nick Cave, el solo personaje no basta para sostener la película y como villano, complejo, ambiguo,, humano y por eso mismo aterrador, se queda a siglos de Hannibal Lecter y sobre todo del reverendo Harry Powell de La Noche del Cazador, el malo más asustador de la historia del cine.

Si se trata de ver todo lo que puede dar el portorriqueño como actor en una película bien armada, habría que volverse a ver  I Walk the Line, el biopic de Johnny Cash, pero conocida la admiración de la Academia por los actores que engordan o adelgazan  para representar sus papeles (como si ese fuera un criterio de calidad de actuación) es seguro que Joaquin Phoenix y Todd Philips, hasta ahora conocido por su trilogía de comedias de machitos borrachos, se llevarán una docena de Oscares. Luego, Joker, como casi todas las películas que arrasan con los premios de la Academia, pasará a la historia como lo que fue: una presuntuosa payasada.

 

 

 

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