El niño descalzo de la Iglesia San José de Popayán

Aunque ver menores "ayudando" a pedir limosna en la calle es un asunto cotidiano, hay que recordar que esa situación no es normal

Por: Jair Alexander Dorado
diciembre 18, 2019
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El niño descalzo de la Iglesia San José de Popayán
Foto: Piqsels

Sobre la calle Quinta de Popayán, a un costado del templo de San José, hay un pequeño de unos siete años, descalzo, medio desnudo. A su corta edad ya tiene la marca de la intemperie; lleva a impronta del sol de agosto en su piel renegrida y seca. La mirada harta y tristona clavada al piso, como si le hubieran robado la ilusión de la infancia antes de estrenarla. Parece no entender bien la alegría de esos niños que pasan de la mano de sus padres rumbo al parque Caldas, desde donde llegan los efluvios de los manjares que se cocinan por estos días en el festival gastronómico.

A los pies del niño hay una señora mayor, sentada en la acera, recostada sobre los centenarios muros de cal del antiguo monasterio. Sus vestidos coloridos y ajados, la tez, los adornos del pelo, delatan su procedencia indígena. Está pronta a extender la mano al transeúnte que se conmueve con la escena del niño de piel mugrienta que tiene dibujada en su semblante una aflicción que no comprende. Unos adultos han decidido que él debe venir a la ciudad con esa señora que tal vez sea su abuela a pedir dinero a una calle ruidosa, donde la gente anda a ratos feliz, otras iracunda, siempre con afanes.

Los transeúntes pasan con normalidad; ver menores "ayudando" a pedir limosna en la calle es un asunto cotidiano, que no sorprende a nadie. La mayoría evita fijarse en ellos para que no le pidan o para no que no se le revuelva algo allá en el interior que le recuerde que esa situación no es "normal", que ese no es el lugar de aquel niño que debería estar jugando con otros pequeños, disfrutando de la única etapa de la vida en que las obligaciones no pasan de jugar e ir a la escuela.

Según el Bienestar Familiar, si los niños y niñas realizan tareas o actividades a cambio de dinero, alimentos básicos o para provecho de un adulto que les obliga a trabajar, lo que afecta su salud, su desarrollo físico y psicológico y les impide ir a clases, estas actividades se consideran trabajo infantil. Y entre las peores formas de trabajo infantil está la mendicidad. La esclavitud y trabajos forzados, la pornografía, el reclutamiento, actividades ilegales (tráfico de drogas, mendicidad organizada) y cualquier otro trabajo que, por las condiciones en que se realiza, daña la salud, la seguridad o la moralidad.

Los ciudadanos debemos poner de nuestra parte para que niños como el que hemos descrito no sigan saliendo a las calles a romper el proceso natural de su infancia, heredando miserias que no le corresponden, hay formas muy expeditas de comunicarse con el ICBF de manera gratuita y poner en marcha todos los mecanismos que tiene el Estado para proteger sus derechos.

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