Opinión

Una madre violada

Las masas enloquecidas por el consumo son las que debemos transformar para evitar que sigamos violando a la Pacha Mama

Por:
abril 22, 2016
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Algunas comunidades indígenas hablan de la tierra como la Pacha Mama porque entienden, con muy buen juicio, que de sus entrañas sale todo lo que necesitamos para vivir. El planeta es un vientre fecundo que genera aire, agua, comida, minerales y soporte para todas las actividades productivas de los seres vivos.

Sin embargo hay miradas muy distantes de la de las comunidades ancestrales, miradas que incluso consideran esta apreciación indígena como un atraso, una ingenuidad de culturas elementales y atrasadas, un enfoque paisajístico de la realidad. Esos son los violadores de la madre tierra, los que consideran el “progreso” por encima de la conservación y con esa ideología han contaminado no solo el agua, el aire y el suelo, sino el pensamiento dominante y así han construido estas sociedades consumistas y depredadoras en las que vivimos.

La triste realidad es que este es el modelo imperante en el mundo, el de la lógica urbana que pavimenta miles y miles de hectáreas para el paso orgulloso de un vehículo particular. El que derrumba miles y miles de zonas boscosas en busca de maderas o minerales o para sembrar coca, amapola y marihuana en beneficio de unos consumidores inconscientes e irresponsables. Este es el modelo de las vitrinas, las pasarelas, las bolsas desechables, la basura y el desperdicio.

Dentro de este tipo de “civilización” el petróleo es un dios que debe prevalecer para garantizar que el modelo no se agote. Como si alimentando el monstruo del consumismo, no fuera a terminar por devorarnos a quienes mansamente seguimos habitando el planeta sin hacer nada para salvarlo, o mejor dicho haciendo todo lo necesario para que no se salve.

Hay dos discusiones ambientales recientes que me hacen caer en estas reflexiones pesimistas, la de la licencia ambiental para explorar en busca de petróleo en la serranía de la Macarena y la de utilizar la reserva Van der Hammen para ampliar Bogotá. En cada una de ellas han aparecido las justificaciones y explicaciones técnicas para demostrar que  nada le pasará al medio ambiente si se permiten estas obras “vitales” para el progreso.

Se salvó, por ahora, la Macarena,
pero no se salvan los bosques de los farallones de Cali o la profunda selva chocoana
destrozada a mordiscos de retroexcavadoras o los páramos invadidos de cultivos ilícitos 

No soy técnica, no soy experta en petróleo, ni en urbanismo, pero desde la intuición algo informada me revuelve el estómago ver que las prioridades sean estas de generar daño (así sea mitigable) y no mejorar lo que ya se ha deteriorado. Claro en el caso de la Macarena el gobierno nacional reculó y suspendió la licencia gracias al alboroto que se creó en la opinión pública. No era para menos, se querían meter en un santuario ambiental irrepetible. Se salvó, por ahora, la Macarena, pero no se salvan los bosques de los farallones de Cali o la profunda selva chocoana destrozada a mordiscos de retroexcavadoras o los páramos invadidos de cultivos ilícitos. Esos siguen en pleno deterioro y el Ministerio del Medio Ambiente no dice ni pío.

Los esfuerzos de los ambientalistas se están quedando en la lucha por ciertos íconos, lo que está muy bien, pero no alcanzan para exigirle a los municipios mejores manejos de los residuos, tratamiento de las aguas, construcción de alternativas de transporte y en general un cambio profundo de modelo de vida.

Es una lucha en que nos hemos quedado cortos y que se ha convertido para algunas personas en transformaciones personales, como la de abandonar la carne o entrar el veganismo fundamentalista.  Son transformaciones importantes, sin  duda, porque dan testimonios de que los cambios son posibles, pero terminan como movimientos insuficientes y elitistas que no consiguen incidir en el comportamiento de esas masas enloquecidas por el consumo y que son las que debemos transformar para evitar que sigamos violando a la Pacha Mama.

www.margaritalondono.com

http://blogs.elespectador.com/sisifus

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