Pues no me la creo
Opinión

Pues no me la creo

Por:
mayo 31, 2014
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Ahora resulta que las elecciones en este país las decidirá el elector tras resolver una muy simple pregunta formulada con una sosegada voz: ¿te gusta la guerra, o prefieres vivir en paz?

La duda planteada no ofrece dudas, ¿qué tal que quedaran incógnitas en el vacío?, parece ser demasiado simple darle solución al problema y responderemos como loritos obedientes que anhelamos la paz, que llevamos toda la vida sumidos en una guerra incomprensible y sin sentido y que ha llegado el momento de la paz. Hay que ser imbécil o insensato para preferir el terror y es lógico y entendible que la paz se lleve todos los sueños y votos.

Entonces, nos dirá aquella dulce voz: Si has elegido la paz y un mundo sin conflictos, deberás votar sin chistar por el apellido Santos, el de nombre compuesto, Juan Manuel, ya que aquel que llaman Pachito y sus amigos, el candidato Zuluaga y su patrón son, sencillamente, el lado oscuro de la moneda.

Santos es la paz, y al votar por Santos, se vota por la paz. Así de sencilla es la película que nos han montado en solo quince días.

Pero, de dónde, pregunto inocentemente desde la ignorancia, de dónde a acá se ha convertido el locuaz blablablá Santos en el hacedor de la paz anhelada, el Gandhi nacional, desde cuándo al votar por él lo estamos haciendo simultáneamente por el desarrollo y el futuro y nada menos ni nada más que por la mismísima paz que este país desconoce desde hace muchos decenios o que tal vez nunca ha conocido a cabalidad.

No hay mucho que decir del candidato presidente. Es un político más que jamás se ha rebelado contra algo, ha estado siempre junto al poder perpetuo y corrupto y como buen velero cada vez que los vientos cambian de bando, él, con sapiencia y malabarismo político se arrima al calorcito reinante del momento. Lleva de presidente cuatro años y podría generalizarse diciendo que su gobierno se caracteriza por la negación de realidades y por haberle dado a la fea corrupción el acaramelado nombre de mermelada. Como inocente comentario vale decir que si se ojea la palabra “mermelada” en el código penal, simplemente no aparece.

Santos se nos ha querido vender como el Tony Blair colombiano, como aquel estadista que no se irá por A o B, errados caminos que podríamos tomar, sino que él escogerá una tercera vía pragmática y que se ajusta a las realidades. Pero, en la práctica, en la vida real, el presidente candidato no pasa de ser otro dignatario malo cuya apuesta está centrada en que lo mejor es que las cosas sigan como están, que la corrupción y la pobreza no son tan dramáticas, sin escoger por A o B, y mil veces menos por una tercera vía.

Un papel firmado por las Farc diciendo que dejan su absurda guerra y se acogen a las reglas del juego resultaría profundamente importante y benéfico para el país, y de eso creo que no podría albergarse ni las más pequeña duda, pero mi gran inquietud se centra en dos aspectos. No creo que el grupo guerrillero deje su muy próspero negocio de narcotráfico y extorsión con medio país sometido a su perversa presión, y menos creo en que el gobierno se ponga decididamente las pilas contra la corrupción cuando su fuerza política dominante vive y se lucra de eso.

De todas formas, si Santos no convence por completo, siempre queda la famosa máxima de Cicerón: “Siempre la mala paz es mejor que la mejor guerra”. Pero la duda persiste: no se ven elementos para pensar que, al menos, se dé una mala paz. Que ya van adelantados tres de los cinco puntos de la agenda, pero todo esto es para mí como el caso de los extraterrestres. Crees en ellos o no, y yo no creo mucho en altos individuos con puntiagudas orejas verdes.

Y a veces pienso que, cómo será de falsa esta paz que se promete, que el candidato uribista, alguien tal vez peor y más siniestro que el mismo Santos, ya se ha afiliado a ella y afirma desafiante que la paz es con zeta, y todo esto me lleva a recordar un pequeño aparte del poema “Señales de alarma” del gran Gabriel Celaya que así dice:

Peor que la guerra, ¿qué?

¡La paz, la paz!

Esa paz que suena a tiro

Y que mata sin alarma

¡Paz, paz, paz!

Qué bueno sería que yo estuviera completamente equivocado.

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