La historia del Amarillo, un aguardiente que popularizó Yeison Jiménez y al que Petro quiere subirle el precio

Creado por un campesino en 1885, un símbolo de tradición que la Licorera de Caldas convirtió en su producto estrella y que la emergencia económica puede golpear

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enero 16, 2026
La historia del Amarillo, un aguardiente que popularizó Yeison Jiménez y al que Petro quiere subirle el precio

El luto y la preocupación se mezclan estos días en las mesas donde suele aparecer una botella amarilla. Falta el rostro que la acompañó en afiches y conciertos, el del cantante Yeison Jiménez, muerto de forma trágica y reciente, y sobra una inquietud nueva: el precio del aguardiente más antiguo del país subirá como nunca antes. Para muchos, el Aguardiente Amarillo de Manzanares no es solo un trago sino una costumbre que ahora siente dos golpes al tiempo, uno emocional y otro económico, justo cuando el país discute un decreto de emergencia económica que amenaza con encarecer los licores nacionales e importados.

La historia de ese aguardiente empieza lejos de los decretos y de las tarimas. Empieza en 1885, en un pueblo de montaña llamado Manzanares, cuando un campesino decidió hacer algo que nadie había hecho de forma abierta: fabricar aguardiente para venderlo. Don Camilo Jiménez no era químico ni empresario. Era un hombre de campo que cultivaba caña y que, en su finca, destilaba un licor rústico en barriles de madera. No buscaba innovar, solo aprovechar lo que tenía. De esa destilación imperfecta salió un líquido que no era transparente. Era amarillo. Ese color no fue una decisión estética ni un gesto de marketing. Fue un error del proceso, una falta de pureza que otros habrían corregido y que Jiménez dejó así, sin saber que estaba creando una marca antes de que existiera la palabra.

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Jiménez cargaba los barriles en una mula y recorría las calles del pueblo y los caminos vecinos. Vendía en cantinas, en celebraciones, en reuniones donde el aguardiente era casi una necesidad social. No tenía patente ni permiso. Tenía clientela. El licor se hizo conocido por su sabor y por su apariencia distinta. Mientras otros aguardientes buscaban parecerse entre sí, aquel se reconocía de lejos. Así, sin discursos ni planes de expansión, nació lo que hoy se considera el primer aguardiente producido en Colombia.

El crecimiento llamó la atención del poder regional. A comienzos del siglo XX, cuando los departamentos entendieron que el alcohol podía ser una fuente estable de ingresos, Caldas creó su fábrica de licores para administrar el monopolio rentístico. La naciente industria departamental decidió comprarle a Camilo Jiménez la fórmula de su aguardiente. Ocurrió en 1905. El campesino cedió su secreto y el Estado tomó el control de una bebida que ya tenía nombre y reputación. Desde entonces, el Amarillo de Manzanares pasó de los caminos polvorientos a una producción regulada, sin perder aquello que lo hacía distinto.

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La receta se mantuvo. Caña de azúcar gorobeta cultivada en la región, anís sembrado en el cerro Guadalupe y agua pura del nacimiento del río Santo Domingo. Con el tiempo, la Empresa de Licores de Caldas entendió que el agua era tan importante como el alcohol. Para garantizarla, aseguró la protección de un bosque húmedo montano de más de doscientas hectáreas, ubicado entre los 2.300 y los 2.700 metros de altura, con decenas de nacimientos de agua mineral. Ese cuidado ambiental se convirtió en parte silenciosa del sabor que hoy reconocen millones de consumidores.

Durante décadas, el Amarillo convivió con otros licores del país, mientras la licorera caldense se fortalecía con productos como el Ron Viejo de Caldas, que desde mediados del siglo pasado empezó a conquistar mercados donde el aguardiente era más rentable y fácil de producir. El Amarillo quedó asociado a la tradición, al origen, a una identidad regional que resistía modas.

Esa identidad se volvió nacional cuando, en 2017, logró entrar al mercado de Cundinamarca y Bogotá, territorios históricamente protegidos por el aguardiente local. El acuerdo entre gobernaciones permitió la libre venta durante un periodo amplio, pero el éxito del producto caldense fue más rápido de lo esperado. Las ventas crecieron, el consumidor respondió y el competidor sintió el golpe. A finales de 2025, Cundinamarca le cerró la puerta. Alegó incumplimientos. Desde Caldas se habló de miedo a un rival fuerte. El resultado fue el mismo: cajas listas para Bogotá quedaron detenidas, y el aguardiente más viejo del país volvió a sentirse extranjero dentro de su propio mercado, hasta que a mediados de 2025 la Corte Constitucional emitió un fallo que abrió las fronteras comerciales para la venta de aguardientes en Colombia y el amarrillo volvió a cruzar departamentos libremente.

Ahora la preocupación por el precio. Con el decreto de emergencia económica propuesto por el presidente Gustavo Petro, los gobernadores, responsables del negocio del aguardiente en sus departamentos, advierten un impacto directo en el consumo. Según la Empresa de Licores de Caldas, una botella de 750 mililitros de Amarillo de Manzanares costará en 2026 más de setenta y un mil pesos, un aumento del 43 por ciento frente al año anterior. El Ron Viejo de Caldas también subirá, superando los ochenta y cuatro mil pesos. Para un producto que nació como bebida popular, el alza plantea una pregunta incómoda sobre su futuro.

El Amarillo de Manzanares ha sobrevivido a cambios de siglo, a transformaciones legales y a disputas entre departamentos. Nació de un error y se volvió tradición. Pasó de la mula de un campesino a las líneas de producción de una licorera estatal. Hoy, mientras sube de precio y enfrenta vetos, su color y su botella sigue siendo un símbolo de identidad y de memoria.

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