Desde ayer, algunos críticos del presidente Gustavo Petro han decidido reducir la política exterior de Colombia a un detalle menor: la puerta por la que entró a la Casa Blanca. No el contenido del encuentro, no los temas abordados, no los resultados obtenidos, sino la puerta.
No es una discusión ingenua ni casual. Viene, en muchos casos, de los mismos que en el pasado se conformaron con tomarse fotos afuera del edificio, sonriendo para la cámara como si la cercanía física sustituyera la interlocución política. Hoy, incapaces de refutar el fondo, se aferran a la forma.
Y cuando la forma no les gusta, la convierten en escándalo.
Pero la política seria no se mide en bisagras. Por la puerta que entró el presidente es lo de menos. Lo verdaderamente importante es que entró. Que se sentó. Que dialogó. Y que hubo resultados. Quienes intentan minimizar el encuentro lo hacen porque no soportan una verdad incómoda: Gustavo Petro no fue a pedir permiso ni a posar para la foto.
Fue a hablar de país, a poner sobre la mesa temas estructurales —democracia, paz, transición energética, lucha contra el narcotráfico con un enfoque distinto— y a hacerlo desde una posición política clara, no subordinada.
La obsesión con la puerta revela más de quienes critican que del presidente. Revela una mentalidad colonial, una ansiedad por la aprobación ajena, una necesidad de jerarquías simbólicas donde lo importante no es lo que se dice, sino desde dónde se entra. Como si la dignidad de un país dependiera de una alfombra roja y no de la firmeza de su palabra.
El poder real no se expresa en ceremonias, en banderas o en puertas, sino en la capacidad de interlocución. Y Petro interlocutó. Guste o no a sus detractores, habló como jefe de Estado de un país soberano, no como invitado silencioso ni como espectador agradecido. Por eso el ruido. Por eso la burla. Por eso la caricatura.
Cuando no pueden desmentir los hechos, atacan el símbolo. Cuando no pueden refutar los resultados, se refugian en la anécdota. La puerta se convierte así en excusa, en cortina de humo, en distracción conveniente para no hablar de lo esencial.
Pero los hechos son tercos. Y las noticias lo confirman. Colombia estuvo en la mesa. Colombia habló. Colombia fue escuchada. Y eso, por más que les incomode, no se borra con memes ni con sarcasmos. La puerta es lo de menos. Lo que importa es que el país entró con dignidad y salió con agenda.
También le puede interesar:
Anuncios.
Anuncios.


