Opinión

Cincuenta años después, lo que nos deja la vida

Decenas de colombianos que se reencontraban, con muchos de los cuales, al despedirnos, había la certeza de nunca volver a vernos

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noviembre 12, 2025
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El Colegio Mayor de San Bartolomé integra el paisaje urbano más central y tradicional de Bogotá. Ubicado en la esquina de la carrera séptima con calle 10, abajo de la iglesia de San Ignacio y la Cancillería, arriba del Capitolio Nacional, delante de la capilla del Sagrario y la Catedral primada, con el edificio del Congreso y el Palacio de Nariño a sus espaldas, parece observar con atención la plaza de Bolívar. Un aviso en su entrada principal indica que fue fundado en 1604.

Durante el pasado fin de semana tuvo lugar una agradable celebración, los cincuenta años de la graduación como bachilleres, de quienes terminamos la secundaria allí en 1975. Fuimos 116 los adolescentes que recibimos entonces nuestro diploma, de los cuales, en los distintos actos, nos reunimos alrededor de 60. De varios de ellos fue imposible conocer cualquier información, están perdidos, de otros nueve se sabe que murieron, otros, simplemente, no asistieron.

Ignoramos sus razones. Dificultades económicas, problemas de salud, obligaciones familiares o de otra índole, distancias geográficas, quizás hasta el más franco desinterés. El grupo asistente estuvo conformado por adultos mayores, entre los 66 y los 68 años, es decir por quienes medio siglo atrás estaban entre los 16 y los 18. Resultó evidente el contraste entre las fotografías del mosaico del grado y la apariencia actual de cada uno.

Cabezas invadidas por las canas o la calvicie, rostros avejentados, obesidad o delgadez notoria se encargaban de recordarnos el tiempo transcurrido desde el último abrazo. Algunos podían haberse visto de vez en cuando, bien porque fueran compañeros de universidad o de trabajo, o por algún lazo de amistad compartido, pero, la verdad, con la inmensa mayoría volvimos a encontrarnos por primera vez después de tantos años.

Algunos invitaron sus esposas, señoras elegantes, sorprendidas por los rostros sonrientes y las expresiones de cariño que resucitaban desde un pasado remoto. Otros llevaron consigo a hijas o hijos, ninguno de ellas o ellos niños de brazos, más bien jóvenes entrando ya en su madurez, que tampoco ocultaban la curiosidad ante aquel grupo de viejos que se trataban entre sí como si fueran muchachos emergiendo de las brumas del recuerdo.

El tiempo no eran solo los cincuenta años de su graduación, sino los seis o siete transcurridos en las aulas

El tiempo no eran solo los cincuenta años de su graduación, sino los seis o siete transcurridos en las aulas, desde el preparatorio o quinto de primaria hasta lo que se llamaban entonces sexto de bachillerato. Eso hablaba de finales de los sesenta, de la llegada del hombre a la Luna, de Woodstock, del chocorazo que le dieron a Rojas Pinilla, de la quema del edificio de Avianca, del golpe a Salvador Allende, de la guerra del Vietnam, del escándalo de Watergate.

De las enormes manifestaciones en la plaza de Bolívar, cuando al salir de clases, a las cinco de la tarde, contemplábamos las concentraciones políticas de la campaña presidencial de 1974, de la que salió vencedor Alfonso López Michelsen sobre Álvaro Gómez Hurtado. Era esa la época en que el grupo de condiscípulos que se reencontraban habían pasado de la niñez a la adolescencia, constreñidos por la feroz disciplina de los jesuitas en sus aulas escolares.

Resultaba obvio que las conversaciones fluctuaran sobre variados temas. Quizás el más a mano, el de las anécdotas con distintos profesores en la época de estudiantes. Allí, por minutos, entre carcajadas, regresaban de la muerte los maestros exigentes que se hicieron casi odiar y los maestros nobles que se hicieron querer, las astutas jugadas con las que algunos burlaban el régimen casi castrense con el que se pretendía educarnos.

También se hablaba de los problemas de salud, de las victorias sobre el cáncer o los accidentes desgraciados, de las enfermedades que padecían algunos, de las peligrosas cirugías a las que habían sobrevivido finalmente. Pero también se conversaba de la vida y de sus alegrías, de sus carreras profesionales y sus éxitos económicos o laborales. De los cincuenta años de luchas personales. De los lugares adonde la vida los había conducido.

Varios ejercían sus ingenierías o medicinas en los Estados Unidos, alguno en Europa, o incluso en otros países de Latinoamérica. Un buen número se había instalado en ciudades colombianas distintas a Bogotá. Y desde luego, existían distintas apreciaciones sobre la política mundial, continental y nacional. Hubo quienes indagaron sobre mis treinta años en las FARC, por qué había sucedido todo aquello, cómo veía el país y la situación actual con Petro.

Demasiadas cosas para desentrañar en poco tiempo. Decenas de colombianos que se reencontraban tras cincuenta años, con muchos de los cuales, al despedirnos, había la certeza de nunca volver a vernos. Comprendimos que, por encima de las diferencias, podían existir el respeto, la fraternidad y el afecto. Nos unía un viejo pasado común, algo que, no obstante, ha resultado muy difícil, casi imposible, de construir entre todos los hijos de este país amado.

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