Opinión

Venezuela bicentenaria

Desde el Congreso Bicentenario de los Pueblos pedimos paz, desmilitarización regional, y solidaridad para los pueblos en lucha, incluida nuestra Colombia

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junio 30, 2021
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Venezuela bicentenaria
A 200 años de una gesta conjunta que nos permitió emerger como repúblicas e independizarnos de España, exijo que no nos veamos envueltos en un conflicto fratricida por un ajedrez geopolítico o cálculos electoreros

Junto a mujeres, jóvenes, afros, dirigentes políticos y sociales de todo el mundo, participé con orgullo la semana anterior del Congreso Bicentenario de los Pueblos del Mundo, en Caracas, República Bolivariana de Venezuela, en conmemoración de los 200 años de la Batalla de Carabobo que sellara la independencia militar de España de este territorio, o para ser más exactos, la batalla con la que puedo proclamarse la conformación del anhelo bolivariano de la República de Colombia. (Video al final del texto).

Antes de pasar a los necesarios comentarios sobre la actualidad que arrojó este importante encuentro de sectores antiimperialistas y democráticos del mundo es inevitable rememorar la historia olvidada de un mismo pueblo partido en dos por arbitrarios límites coloniales primero y por la mezquindad de sus élites después. No es casualidad que mientras el bicentenario oficial de Colombia, -cuestionablemente identificado con la victoria en Boyacá ya que ignora las gestas de Padilla y demás por expulsar al imperio en la Costa Atlántica que justamente concluyen en 1821- haya pasado sin pena ni gloria hace dos años en medio de un gobierno de espaldas a la historia, en Venezuela en medio de sus evidentes dificultades de diversa índole, se genere una amplia convocatoria mundial no solo en la perspectiva de conmemoración de luchas del pasado, si no en la apertura de un debate sobre la actual crisis global, en la que lamentablemente Bogotá  y Caracas conformamos un eje geopolítico trascendente.

Mientras Bolívar, Sucre y valientes granadinos como Córdova y Padilla aún se batían en campañas militares con la corona española ante la persistencia de ésta en los territorios que hoy conforman Colombia y Venezuela, Santander convocó simultáneamente el Congreso de Cúcuta, literalmente frente a su casa. El santanderismo ha pensado que el problema de la libertad es un problema de leyes y formalidades jurídicas, y no de realidades políticas, tal cual como sucede hoy en día. Pero de igual forma Santander, grande en todo lo pequeño como lo calificase el Libertador, inició su tradición de marrulla política cocinando una constitución sin la presencia durante la mayor parte del congreso de Bolívar y los líderes del ejército libertador aun en operación militar. Los bicentenarios gemelos no nos dejan mentir. Mientras se batallaba en Carabobo y Cartagena, se aprobaban incisos y parágrafos en Villa del Rosario, y si bien los bolivarianos tuvieron su representación en la digna figura del precursor Nariño, el congreso amañado lo desechó para nombrar vicepresidente al patricio santafereño Francisco Antonio Zea, el mismo de tristemente célebre empréstito de 1822[1] con el que empezó otra nefasta tradición nacional: la de la pignoración de la soberanía a la banca extranjera. Le quedaría aun a Nariño defenderse del primer montaje judicial de la historia republicana una acusación por corrupción[2] aupada por Santander en 1823 que prácticamente lo llevó a su lecho de muerte.

Lamentablemente la historia de la república secesionada por Páez en 1830 en traición a Bolívar no ha sido tampoco la que soñara el Libertador. Castigada por reales y extensas dictaduras militares como la del mismo Páez, Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez o Pérez Jiménez, fue castigada para iniciar el siglo XX con la maldición del petróleo. Desde el estallido de los pozos en el Zulia hace algo más de 100 años su incipiente economía quedó sometida al lastre que hasta hoy pesa sobre ella, conocido como “rentismo petrolero”. No solo se trata de la dependencia de las finanzas públicas de los precios del barril, si no la deformación de toda la estructura productiva ante el gran impacto de la explotación del crudo, prontamente apropiado por las nacientes siete hermanas de la industria petrolera y la consecuente transformación de la tierra de Bolívar en el “bocatto di cardenale” geopolítico para los EEUU dentro de Nuestra América.

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En medio de la crisis global profundizada por la pandemia y el sostenido acoso imperial no se ve un inminente derrumbe ni implosión del proceso de la Revolución Bolivariana

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No se trata de negar las difíciles situaciones sociales y políticas que afronta la hermana república, sino enmarcarlas en su justa trayectoria histórica, así como sacar las temerarias afirmaciones insostenibles en un análisis comparado. En el Congreso Bicentenario de los Pueblos del Mundo, no se ve ni un régimen dictatorial ni el reloj de arena que cuenta las horas que le sentenciara al gobierno bolivariano el llamado Grupo de Lima –hoy devenido prácticamente en Grupo de expresidentes de Lima-. En medio de la crisis global profundizada por la pandemia y el sostenido acoso imperial que no se ha mitigado con el cambio de inquilino de la Casa Blanca, no se ve un inminente derrumbe ni implosión del proceso de la Revolución Bolivariana, ni un golpe de estado en curso, ni una rebelión popular que derroque al actual gobierno. Se avanzan en acuerdos políticos con sectores de la oposición para nuevas reglas en el ejercicio político. Las intentonas de invasión y de agresiones mercenarias han fracasado e innegablemente uno de los mayores riesgos de seguridad nacional de Venezuela dentro de su territorio pasa hoy lamentablemente por la lenta pero segura penetración de grupos paramilitares colombianos en la zona de frontera, flagelo que azota a la población de lado y lado de la línea limítrofe pero sobre el que no se actúa porque en Bogotá el presidente de Colombia imaginaria solo reconoce a un presidente imaginario de Venezuela.

Frente a las ligeras sentencias de “régimen dictatorial”, no me corresponde a mi hacer de defensora de oficio de Miraflores, pero sí advertir que cualquiera de esos criterios contra los que se estigmatiza a Venezuela, darían una calificación aún más severa para Colombia. Presos políticos, control del Ejecutivo de los otros poderes y organismos de control, asesinatos y represión a la oposición política y social, dudas respecto a la transparencia electoral, etcétera, etcétera, etcétera. No importa que indicador se escoja para decir que Venezuela es una dictadura, nosotros no seríamos una democracia.  Por lo menos allá no están decapitando gente para amedrantar a la población.

Por ello es muy preocupante que el contador de horas Iván Duque pueda estar utilizando la pugnacidad por él exacerbada contra Caracas, como excusa para alargar sus horas contadas de gobierno. No descarto nada. Lo que viene ocurriendo en la frontera es de la mayor alarma, máxime desde cuando el ministro y embajador de Santos, ahora embajador de Duque, Juan Carlos Pinzón nos hizo socios globales de la OTAN. El extraño atentado en Cúcuta dentro del Grupo Maza, acciones en caliente de mercenarios, militares y oficiales de inteligencia colombianos al otro lado de la frontera y el supuesto atentado contra el presidente Duque en Sardinata (N de S), sumado a la creciente presencia militar norteamericana en toda la zona fronteriza, incluidas las brigadas SFAB solicitadas por el actual gobierno, generan un clima de evidente tensión geopolítica y de riesgo hacia la población civil, que supera la capacidad de discernimiento del presidente Duque y de la canciller Ramírez.

A 200 años de una gesta conjunta que nos permitió emerger como repúblicas e independizarnos de España, exijo que no nos veamos envueltos en un conflicto fratricida por un ajedrez geopolítico o cálculos electoreros, ajenos a los intereses de estos pueblos hermanos. Desde el Congreso Bicentenario de los Pueblos pedimos paz y desmilitarización regional, respeto a la soberanía de todas las naciones perseguidas por potencias imperiales, así como la mayor solidaridad para los pueblos en lucha, incluido claro está, nuestra Colombia con dos meses en rebelión y dos siglos de represión.

[1] Préstamo por dos millones de libras esterlinas con la firma de prestamistas ingleses Herring, Graham & Powles. En respaldo, Inglaterra nombró a "John Potter Hamilton como primer cónsul comercial ante la República de Colombia

[2] Se impugnó su curul como senador por ser deudor de dineros a su cargo como tesorero de diezmos de la arquidiócesis de Santa Fe en 1794, año en que fue hecho prisionero por primera vez y todos sus bienes confiscados.

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