Todavía nada está perdido, salvo la paciencia del gobierno

"Actúa intolerante, vengativo, acucioso y tenebroso, emitiendo frases de amenaza y condenas contra quien cuestione o se resista a actuar como él lo pide"

Por: Manuel Humberto Restrepo Dominguez
junio 17, 2019
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Todavía nada está perdido, salvo la paciencia del gobierno
Foto: Twitter @infopresidencia

Reiteradamente el poder hegemónico de Colombia hace tres tipos de peligrosos anuncios difusos: contra la construcción de paz, el apoyo y respeto constitucional a los mecanismos de justicia determinados como un bien común de la sociedad basados en la verdad respecto a un proceso de guerra que terminó por acuerdo político (JEP, Comisión de la Verdad, Unidad de Búsqueda); contra personas particulares, a quienes define a título personal como enemigos del Estado y contra el reconocimiento a los actores políticos que hicieron parte de una antigua guerra ya cerrada. La conclusión es que el poder ha perdido la prudencia, la paciencia y la cordura propias de los estadistas, que ética y legalmente están obligados a guardar respeto y protección a los derechos y libertades de sus pobladores y a orientar con inteligencia. Con su actuar empieza a ser percibido como el mayor riesgo para la democracia y la política realizada entre adversarios y en medio de diferencias.

El gobierno está asumiendo la condición de actor político y social único. Aparece intolerante y vengativo, acucioso y tenebroso, emitiendo frases de amenaza y condenas contra quien objete, cuestione o se resista a actuar como él lo pide. Los medios de comunicación hacen el eco. Ese comportamiento les resulta rentable y útil para promover el imaginario de que el gobierno fue vencedor de la guerra pasada y es portador del derecho a poner las reglas de un nuevo pacto social, sin objeciones, solo que sin ética, ni política, ni democracia. Hay que repetirlo: nadie ganó la guerra, tres generaciones de colombianos y colombianas la perdieron, recibieron en sus cuerpos y sus mentes el horror, perdieron sus sueños, su poesía y capacidad para pensar por cuenta propia en colectivo y de imaginar mundos sin odio y bajo ningún pretexto pueden ser llamados a perpetuar la tragedia, ni a tomar partido por la destrucción de la justicia, la verdad y las libertades y derechos ya ganados.

La agenda de la vida colectiva del país está siendo manipulada con pasiones que alteran la inteligencia y someten la racionalidad a impulsos que implantan censuras, injerencias indebidas, estigmas y acoso político, y sobre todo que caldean los ánimos de una sociedad inconforme con la desigualdad, la exclusión y los atropellos de todo tipo, para hacerla víctima de las palabras y gestos del gobierno y del partido de gobierno, que sabe fragmentar, disociar y desmontar a su antojo la percepción de tranquilidad y apaciguamiento y entronizar la intolerancia excitándola con rumores y mensajes que claman por eliminar a sus contrarios, lapidar a sus críticos, quemar en la hoguera a los herejes y ampliar la confusión que polariza e impide vivir en paz, con dignidad.

Reaparecen como si se tratara de cómics, historias y hechos que parecían superados y al final de cada día queda la sensación de que el país está metido en un gran experimento, donde todos los tiempos se juntan en una sola tragedia guiada por un movimiento pendular que va de lo bueno a lo malo o de la razón o la pasión, según lo diga e impulse el gobierno. O el país perdió el sentido y recuperarlo pronto será imposible o pasa por otro momento de terror aun invisible y temporal. Son reiterados los hechos de censura, tortura, barbarie, falsedad y temeridad del poder y aunque la gente se muestra enterada e inconforme toma distancia como si todo le fuera extraño y parece dispuesta a creer que es mejor vivir sin adversarios y que si los hubiera para ellos el destino les traerá cosas terribles, inevitables. Nadie que vea noticias, lea periódicos o consulte redes es ajeno a entender que Colombia es el país donde más asesinan y persiguen a defensores de derechos y líderes sociales por pensar por cuenta propia y defender ideas y derechos de sus comunidades, pero esta vergüenza parece estar siendo aprovechada como una oportunidad para el gobierno, que lleva cuentas y hace silencio.

Es frecuente en esta confusión que sean los mismos corresponsables del sinsentido y de la guerra, maestros de la corrupción y del cinismo, quienes momentáneamente hagan llamados a defender a los niños, olvidando que de su seno salen los grandes despojadores de garantías a sus derechos, se han quedado con los presupuestos de la salud y las vacunas, robado el dinero de sus alimentos y llevado a la guerra que los volvió víctimas y victimarios, los dejó huérfanos, expuestos a la explotación laboral o los sacó de la escuela y de los sistemas de salud y bienestar y quedaron a merced del abuso y exposición al delito ante los ojos de todos, en semáforos, calles, basureros, alcantarillas.

El corazón de la vida social que son los vínculos sociales y la confianza creada entre solidaridades está roto. Lo rompió la intolerancia impulsada por el poder hegemónico, que se niega a permitirle a Colombia toda vivir en paz, con derechos y sentido de justicia. Los avaros desfinancian y saquean los sistemas públicos movidos por su apetito de acumulación y sus redes de corrupción y siguen ahí como si nada; las instituciones de seguridad permanecen convertidas en máquinas de terror; se producen torturas contra jóvenes reclutados a la fuerza en el servicio militar y sus superiores defienden que es entrenamiento y a las ejecuciones extrajudiciales las deben llamar entretenimiento; se censura la libertad de expresión y los censuradores siguen ahí como si nada; el gobierno es aplaudido por arremeter con furia contra las voces que cuestionen sus cifras; los ministros en coro desacreditan a la ONU, Human Rights y a países enteros y celebran su hazaña; el Estado es conminado por el mundo a respetar el derecho a la vida de líderes sociales y excombatientes cobijados por el pacto de paz y el gobierno calla; los generales cuestionados por haber conquistado medallas y soles a costa de ríos de sangre, son ascendidos y premiados; el partido de gobierno lanza diatribas de odio y no argumentos racionales y medio país parece estar de pie aplaudiendo. Sin embargo, y a pesar del 10% de población en esquizofrenia (U. Rosario, 2019), todavía nada está perdido del todo, salvo la paciencia del gobierno que cayó en la intolerancia y empuja hacia el vacío con el péndulo del sinsentido y el miedo.

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