El hombre a quien las narconovelas lo volvieron millonario

Crónica de cómo Gustavo Bolívar encanta al auditorio y roba aplausos, sobre todo si es en provincia y de señoras.

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septiembre 16, 2013
El hombre a quien las narconovelas lo volvieron millonario

El auditorio de la Biblioteca Pública de Cúcuta estaba lleno de señoras mayores, cientos de señoras mayores  que tenían debajo de sus brazos un libro del autor que estaba al frente de ellas, subido en su habitual tarima. Gustavo Bolívar les desplegaba una sonrisa encantadora. Era solo un día más en su rutina de estrella. Cuesta pensar en un escritor que sea más popular y rico que el autor de El capo.

Las ventas de su novela cumbre, Sin tetas no hay paraíso se cuentan ya en seis cifras. No lo duden, el hombre tiene éxito. Le sirve mucho cada noche arrodillarse no ante el retrato de Balzac sino ante el niño Jesús de Praga, aquel que está allí con su divina calma, presto siempre a alumbrarle la entendedera cada vez que tiene un bloqueo.  Es gracias a esa estatuita de bronce que Bolívar puede ser tan prolífico y sobre todo tan ganador. No ha escrito la comedia humana pero es millonario.

Una señora, temblorosa por los nervios, le pregunta con lágrimas en los ojos como es que ha llegado a ser tan inteligente. Gustavo, a veces me atrevo a llamarlo así, se pasa sus dedos largos por el pelo tratando de sacar de su cuero cabelludo una idea extraordinaria. Cómo si entrara en trance pone los ojos en blanco; está evocando. Entonces recuerda los días en que era un estudiante. No le iba bien en matemáticas pero en cambio era un duro para el español. Era el chico que todos querían para que les escribiera sus cartas de amor. A Bolívar en la casa lo jodían porque le iba mal con el álgebra. Frustrado de sus vanos intentos por resolver los jeroglíficos que había hecho hacía siglos un sabio en Arabia, decidió plantearle un negocio a Rodriguez al pelado más pilo en matemáticas: él le haría los ensayos con tal de que  le diera una manito en los misterios de la trigonometría.

En ese punto de la historia los más jóvenes duermen en el estrecho auditorio mientras que las las señoras se entusiasman. Gustavo Bolívar cuando quiere puede ser un tipo desternillante. Su interminable anécdota continúa, ya no sabemos cuánto lleva allí arriba, contando la historia de Rodriguez, el niño genio que por no tener sentido del marketing se vio condenado a ser un pobre mortal como cualquiera de nosotros, los que estamos debajo de esa tarima. “Hace unos años me encontré a Rodriguez y me dio mucha tristeza comprobar que era pobre”. En ese punto las viejitas sueltan la exclamación universal del dolor, el ultraconocido “Ohhhh” más de una se santigua y le dan gracias a mi Dios porque a su escritor favorito le otorgó la bendición de ser rico.

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El elenco original de la telenovela Sin tetas no hay paraíso que se presentó primero en Colombia producida por el canal Caracol, basada en la obra de Gustavo Bolívar. FOTO: edicionesglenat.es

Un muchacho, de arete y barba alza la mano.  Le acaba de reclamar a Bolívar por el hecho de haber puesto en su última serie, Los tres caínes, a los estudiantes de la Universidad de Antioquia como unos guerrilleros “En un país como el nuestro es un peligro estigmatizar así a toda una comodidad universitaria” ¿Un país como el nuestro? Se preguntan escandalizadas  los cientos de fans que se han congregado en ese recinto con el mismo fervor que van una tarde de domingo a escuchar misa. Juro que alcancé a ver como un mayor retirado de la policía empalidecía.

Gustavo vuelve a tomar el micrófono. “Yo sólo me atengo a las estadísticas- Dice el tele novelista- y ellas dicen que donde hay más infiltrados de las Farc es en las universidades públicas. No podría hacer esto en la Javeriana, allá no ocurren esas cosas”

Es tanta la expectativa que la conferencia se ha convertido en una rueda de prensa. Las manos están arriba, la gente ya empieza a disputarse la palabra. Una muchacha gana la pugna y pregunta si no es un riesgo ser periodista en Colombia.

Bolívar agacha la mirada y responde con un hilillo de voz que es difícil, muy difícil decir la verdad acá. “Dejé de trabajar en Canal Capital porque el programa era en vivo y no quería dar tanta papaya”. La verdad no entendí a qué se refería con eso de dar papaya. Después al ver el público que lo acompañaba lo comprendí todo: Si saben a qué horas sale y donde es su trabajo cientos de mujeres y mujeres mayores vendrán en masa a expresarle todo su amor. Casos se han visto donde una turba de beatas y camanduleras  pueden llegar a ser capaces de aplastar al hombre más fuerte, guapo y sobre todo millonario.

Otro muchacho, de camisa barata y billetera de velcro alza la mano. “¿Por qué desde la muerte de Jaime Garzón no existe en Colombia un programa de humor decente?” en este punto Gustavo se pasa la mano por la quijada y se sonríe burlón. “Perdón Joven, pero a mi Sábados Felices me parece un programa extraordinario”. Se quita los dedos de la quijada y vuelve a pasárselos por el pelo, empieza a contarnos que la televisión es un aparato creado para darle emoción al pueblo, para divertirlo “Para hacerle olvidar sus penurias” evasión total. “Hay tipos que creen que la televisión está para educar… si se quieren educar vayan al colegio” El público, ya en este punto delirante como si al frente no tuvieran a un novelista sino a un gran cantante de baladas tipo Bertin Osborne estalla en una sola ovación, claro que si, mi Dios y Gustavo Bolívar nos han dado la televisión que merecemos.

“No sé porque razón me cuestionan tanto… en Estados Unidos no andan pensando tanto en que si lo que ven es narconovelas o no. Ellos no le paran bolas a eso. Hasta tienen museos de la mafia y Vito Corleone es un héroe nacional” En las últimas butacas un insolente sin micrófono se atreve a decir que acá es lo mismo “queremos tanto a Pablo como Chile ama a su Neruda” pero rápidamente la multitud se ha levantado, dejándose llevar por el impulso que tuvieron desde el principio, acercarse al ídolo, tocarlo, comprobar que es de verdad. Allí está él, sonriente, abrazado a sus fans, pestañando ante el relampaguear incesante de los flashes.

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