Tiempos difíciles, decisiones audaces

Debemos aprovechar la disrupción actual para plantear una reconstrucción económica efectiva, equitativa y sostenible

Por: Sebastián Restrepo
abril 30, 2020
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Tiempos difíciles, decisiones audaces
Foto: Melissa Sanchez A. - CC BY-SA 4.0

En el año 2015, Bill Gates afirmaba en una conferencia que nuestra próxima catástrofe mundial no vendría en forma de una guerra, sino más bien de un virus; que no serían los mísiles, sino los microbios los que acabarían con miles de vidas humanas; y que si nos preparábamos podríamos tener un mayor margen de respuesta, dado que nuestros sistemas de salud no tenían – ni tienen – capacidad suficiente para responder a una epidemia o pandemia. De manera similar son muchos los que se niegan a escuchar los llamados de la ciencia y la juventud en el mundo para atender de manera urgente y decidida la crisis climática que se cierne sobre nosotros. Pocos han actuado ante estos llamados.

Ambos ejemplos nos invitan a reflexionar sobre a quiénes debemos escuchar, los costos que implica no responder de manera oportuna a las crisis y los retos que tenemos como humanidad en este tiempo, pues se demuestra que las lógicas dominantes de gobiernos y mercados se derrumban en tiempos de incertidumbre. La economía colombiana, por ejemplo, dependiente del petróleo y la extracción de recursos naturales, se ve gravemente afectada con la caída del precio del petróleo a mínimos históricos. Los mercados internacionales han colapsado y los precios de minerales como el cobre también van en caída. Los costos de la actual crisis de salud pública y los menores ingresos por cuenta del derrumbe de los precios de hidrocarburos y materias primas, probablemente generarán el panorama fiscal más complejo que ha tenido el país en décadas. A diferencia de la crisis del 2008, que generó un boom en los precios de los commodities, la actual parece causar el efecto contrario.

Es irónico que ambas crisis sucedan en el año en el que el gobierno nacional está decidiendo sobre las licencias de explotación de los proyectos Quebradona, de AngloGold Ashanti en Jericó, y de Minesa, en Santurbán, pues toda proyección de posibles ingresos por regalías se torna difícil en tiempos de volatilidad de precios. Pero la ironía se profundiza, pues ambos proyectos pondrían en peligro servicios ecosistémicos como el agua y la producción agrícola, que hoy más que nunca entendemos como bienes y servicios de primera necesidad, pero que, en los estudios de dichas empresas, aparecen reducidas a simples “externalidades”.

En esta coyuntura hemos comprobado que la producción de agua (a cargo de nuestros ecosistemas) y la de alimentos son sectores económicos estratégicos y prioritarios, mucho más que el oro, la plata o el cobre. Hoy los discursos de progreso  y las promesas de regalías de las multinacionales mineras se muestran más débiles y carentes de significado que nunca.

Michael Hopf lo dijo: “Los tiempos difíciles crean hombres fuertes”. Y los hombres y mujeres fuertes toman decisiones audaces. Esta es la disrupción más grande que hemos vivido y debemos reorganizar nuestras prioridades acorde con los retos que se nos plantean. Los modelos de desarrollo del siglo XIX y XX, que tratan a la naturaleza como un recurso para ser explotado, son caducas. Las crisis planetarias que vivimos y las que seguro viviremos con mayor frecuencia en este siglo, son fruto de esos modelos de progreso. Es por eso que debemos aprovechar la disrupción para plantear una reconstrucción económica que apunte hacia una economía circular y a la transición decidida hacia sistemas productivos más resilientes, sostenibles y equitativos. Y sin duda debemos, de una vez por todas, iniciar una reforma rural integral que vitalice el campo y valore los bienes y servicios ecosistémicos de Colombia, pues es evidente que los y las campesinas del país, junto con el personal de la salud, son los únicos que hoy garantizan nuestra vida.

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