¿Se acabaron los feos?
Opinión

¿Se acabaron los feos?

Por:
enero 30, 2014
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Es un viernes a las ocho de la noche y las calles peatonales están atestadas de gente. La gran mayoría de los que caminan son jóvenes rubios, altos, musculosos. Son  vegetarianos y la gran mayoría pertenecen a movimientos animalistas y recogen perros callejeros de las calles. Visten a la moda y caminan sin mirar sus pasos, con la cabeza pegada a sus iPhones. No hablan entre ellos, lo único que mueven son sus pies —lentos—  y sus dedos —frenéticos— lo que tienen que decir se lo dicen a través de un pin. Son hermosos, ya no tienen acné ni están inseguros. Ni siquiera tienen ganas de matarse. Son escuchados y muchos de ellos tienen el futuro asegurado. Los feos han sido sepultados en la base de la gran pirámide. Los feos y los fumadores ya no tenemos cabida en el mundo.

Soy asmático, mi mamá no sabía que fumar estando embarazada podría causarle daños irreversibles al bebé. Soy de esas generaciones en las que entre más gordo fuera el niño, más saludable era. La selección natural es lapidaria y por eso ahora las estilizadas madres someten a sus niños, desde sus primeros días, a una dieta que le garantice, de por vida, extirpar la antiestética barriga que, en otros días y gracias al machismo, irradiaba virilidad. Ahora no existe peor desgracia que llegar a los 18 años de edad con problemas de sobrepeso. Si lo haces correrás el riesgo de morir virgen.

Por supuesto que estar en un mundo tan saludable tiene sus ventajas. El promedio de edad  ha subido considerablemente. Cuando yo estaba en primaria nos enseñaban que los seres humanos vivíamos hasta los 70 años y los perros hasta los 15. Un cuarto de siglo después podemos ver cómo Mick Jagger, con setenta velitas encima pone a bailar a más de cuatrocientas mil personas en Hyde Park. El vocalista de los Rolling Stones puede tener la cara cuarteada pero está lejos de ser un cadáver. Se estima  que, gracias al brusco cambio de los hábitos alimenticios y a los avances de la ciencia, para el 2030 habrá un millón de personas en el mundo con más de 100 años.

Cuando yo tenía 16 años los jóvenes eran unas cosas largas y horribles que tenían la cara invadida por forúnculos hinchados que exhalaban pus. Los pelados, inconformes siempre con el clearasil, recurrían en su desesperación a métodos tan poco ortodoxos como tomar leche materna o restregarse el rostro con el pañal sucio de un bebé. Nada de esto funcionaba y en la noche, convencido de que el acné se había ido, te ibas a un bar a escuchar a Los tres o a Héroes del silencio y guardabas la esperanza de que esta noche si levantarías a alguien pero qué va, eso siempre fue una ilusión y lo que las pocas peladas que iban ese día a Funcadelik, Carpediem o como se llamara el bar de moda, era a un tipo solo y patético, en un oscuro rincón del bar, tomando cerveza con su rostro eternamente brillante.

Ahora ni siquiera existen propagandas de clearasil ¿para qué si ya no hay acné? Los genes se han venido perfeccionando hasta ese punto, son altos, la piel tersa y los dedos ágiles. Ni siquiera tienen necesidad de hacer ejercicio, lo único que mueven son sus pulgares y no hablan, ¿Para qué hablar si tengo un iPhone?

El sueño nazi se ha hecho realidad: han muerto los feos, los bajitos, los gorditos. Los padres estimulan a sus hijos a ejercitar su cuerpo desde temprano, a caminar por una pasarela y recalcarles una sabia lección: si buscas la felicidad  debes desalojar de tu cuerpo la fealdad. No importa si no tienes nada que decir, no importa si disfrutas lo que comes, no importa que tan aburrido estés, lo peor que te puede pasar es perder esa figura; si sabes llevar una vida sana podrás mantenerla hasta los 118 años.

El único placer que vale la pena experimentar es el de verse bonitos, como todos esos jóvenes que a esa hora de viernes pueblan la peatonal, ellos no sufren por nada, no saben ni por donde caminan, han perdido la sensibilidad y la capacidad de sorprenderse por cualquier cosa, no tienen intereses ni pasiones, nunca han leído un libro y cuando van a cine es por el gozo que les proporciona estar a oscuras con su iPhone, les importa un comino si existe o no existe Dios, si hay vida en otros planetas, si es cierto eso de que uno puede reencarnar en otro cuerpo, si se puede viajar a través del tiempo, si Petro se va o se queda, les tiene sin cuidado quien será el nuevo presidente de Colombia o que destino tendrán los diálogos de paz en La Habana. Lo único que tiene validez es lo que pueda suceder en la conversación, plagada de signos y de caras felices o tristes que sostienen en su iPhone. El mundo cabe en ese rectángulo.

Ese es el secreto de su felicidad y de su belleza: el profundo egoísmo con el que ignoran y desprecian al otro.

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