La traición que más le duele a Vargas Llosa
Opinión

La traición que más le duele a Vargas Llosa

Para él Jaime Bayly era su discípulo más fiel. Los secretos que reveló en su último libro le partieron el corazón al Nóbel

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noviembre 16, 2023
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Patricia Llosa, su esposa, estaba cansada de tener que hacer los oficios domésticos en su apartamento en la calle Sarriá en Barcelona mientras su esposo, Mario Vargas Llosa, a comienzos de los años setenta, terminaba Pantaleón y las visitadoras. “¿Por qué no tenemos mucama como los García Márquez?”, le preguntó Patricia, “Por que ellos son millonarios” le respondió sin quitarle la mirada a la hoja. El escritor peruano había llegado a Barcelona seducido por la propuesta de su editora, Carmen Barcells quien le prometió pagarle el doble de lo que ganaba en Londres como profesor para que se dedicara a escribir. Había conseguido tres obras maestras al hilo, La casa verde, Conversación en la catedral y La ciudad y los perros pero estaba lejos de tener el éxito en ventas que logró Gabo con Cien años de soledad. Más que una amistad entre el peruano y el de Aracataca, era una relación de admiración. Vargas Llosa creía que, después de escribir la saga de los Buendía, García Márquez era Dios. Incluso había sacado un ensayo llamado Historia de un deicidio donde lo explicaba. Ser vecino en la calle Sarriá del colombiano era lo más cerca que podía estar de Dios.

“En Lima si podríamos tener una mucama”- le dijo Patricia. Tenía razón. Vargas Llosa logró hablar con Carmen Barcells quien estuvo de acuerdo. Estaban tan alcanzados de plata que tuvieron que hacer el viaje de regreso al Perú por barco. En el viaje Vargas Llosa conoció a una espectacular modelo, 13 años menor que él. En las tres semanas que duró la travesía se enamoró de ella y, antes de desembarcar en Lima, le dijo a Patricia que todo había terminado. Era su prima, por la que había dejado a su tía, causando un terremoto social en el Perú. Y ahora, después de tener tres hijos, la abandonaba por una modelito. Lo terrible es las cosas que le dijo. Mario le espetó que ella lo había enredado en la telaraña de la paternidad para amarrarlo. Él nunca quiso ser padre, era un creador. Sin anestesia se fue a vivir con su joven amante.

Mostrando su lado más machista, despiadado, contando anécdotas apócrifos, como la tarde en la que uno de los dóberman del escritor Alfredo Bryce Echenique le arrancó de un mordisco un testículo a Alvarito Vargas Llosa, el discípulo aventajado del creador de La tía julia y el escribidor, Jaime Bayly en su última novela, Los genios,  eleva la calumnia a la categoría de arte. En una época en donde está de moda derribar a las estatuas, Bayly le da un balazo de infamia a uno de los tres escritores más importantes del Boom, su maestro en la literatura y en la política. Bayly apoyó en 1990 hasta el final la intención del novelista de ser presidente del Perú, disputa que perdió con Alberto Fujimori


La novela se ha vendido como la gran revelación de por qué Vargas Llosa noqueó a su amigo Gabo, pero lo que es intentar entender por qué el discípulo traicionó al maestro mostrando su lado más despreciable


La novela se ha vendido como la gran revelación de por qué Vargas Llosa noqueó a su amigo Gabo, pero como tantas reseñas han referido el incidente, quiero saltármelo y más bien intentar entender por qué el discípulo traicionó al maestro mostrando su lado más despreciable. Porque Vargas Llosa, en Los genios, muestra el ego desenfrenado de un creador, la altivez, el desprecio y egoísmo por las relaciones humanas. Vargas Llosa se ha mostrado profundamente molesto por mostrar su calenturienta versión de su vida. Incluso Bayly tuvo muchas citas con editoriales que decidieron no publicar la novela, hasta que encontró abiertas las de la siempre interesante y atrevida Galaxia Gutemberg. Se pelearon por razones políticas, porque al Nobel le dio por apoyar a Ollanta Humala en las elecciones del 2011. Sin embargo, esta novela, es el final de cualquier viso de amistad.

Bayly, a sus 58 años, no ha perdido un ápice de su procacidad, de su capacidad para escandalizar. Y eso en tiempos donde la literatura ya no es importante, es para aplaudir.

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