Opinión

¿Por qué son tan despreciables los rolos?

Bogotá todavía no se ha enterado de que la supremacía que tenía con el resto de colombianos, a los que llaman calentanos, se terminó hace doscientos años

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septiembre 29, 2021
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¿Por qué son tan despreciables los rolos?
Un trío de rolos: Daniel Samper Ospina, Martín Santos y Alejandro Riaño

Exhaustos, Gonzalo Jiménez de Quesada y sus hombres decidieron detenerse en esta sabana perdida en los Andes y fundar de una buena vez, para acabar el suplicio que cargaban, la ciudad más gris que conoció el Nuevo Mundo.  Ni siquiera les importó el frío, y que los seres humanos no estén hechos para pensar a 2.600 metros de altura, había que fundar y ganarle la carrera a Sebastián de Belalcazar y a Nicolás Federman quienes venían pisándole los talones, dejar las banderas enterradas y después bajar hasta el Magdalena a buscar climas más benignos.

Según el historiador Fernand Braudel en su monumental obra El Mediterráneo, es el paisaje el que determina el carácter de las personas. Si los caribeños son tan festivos y creativos es porque el mar es apertura, si los rolos son tan apagados, desconfiados e hipócritas es porque el frio y las montañas les agarrotaron el cuerpo y les secaron el alma. El escritor austriaco Thomas Bernhard no conocía a los bogotanos cuando afirmó que los vieneses eran los seres humanos más despreciables del mundo.

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Si los rolos son tan apagados, desconfiados e hipócritas es porque el frio y las montañas les agarrotaron el cuerpo y les secaron el alma

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En este páramo la vida vale bien poco. Acá el asesinato ha sido, desde el 6 de abril de 1536, el color local. Aunque muchos xenófobos como la alcaldesa Claudia López intenten culpar a los venezolanos de la ola de atracos en la que estamos sepultados, desconocen quesalir a la calle en la ciudad que está más cerquita de las estrellas, ha sido siempre un acto de fe. Las posibilidades de morir se multiplican por cien. Te puede matar un taxista, un joven embazucado, un papá al que un jefe ha acabado de echar, una señora gorda pidiendo una dirección, una bicicleta que va por un andén, el coronavirus en el hacinamiento de Transmilenio o un resfriado severo si te mojas en su lluvia perpetua.

Los únicos que están orgullosos de ser bogotanos son los propios rolos. Jajajajjaja, son tan estúpidos que se creen superiores al resto. Nos llaman calentanos a los que vivimos lejos de las nieves perpetuas. Si bajan a los climas tropicales se ponen rojos, se le hinchan los pies y empiezan a hablar del calor, de la infelicidad que da el calor. ¡Cretinos!, desde el calor es que este país se ha movido, desde lo cultural a lo económico. Bolivar, un caribeño, nos liberó del yugo español. Un man nacido en Panamá pero criado en Barranquilla, Julio Mario Santodomingo, puso el capital, otro de Aracataca nos regaló Cien Años de Soledad, el pintor más universal es un paisa. La lista es interminable entre creadores y deportistas, que son las personalidades que más pueden producir orgullo a un país. Bogotá, aparte de Silva y de Rufino José Cuervo, solo ha dado farsantes.

Solo el odio a los venezolanos ha atemperado en estos dos últimos años  el desprecio que nos tienen a los que somos de la Colombia Profunda, ese término asquerosamente racista que estos descendientes del Rey Felipe V se han inventado para tratar a lo que no sea esta ciudad fea y poco recomendable a los turistas. ¿Han visto la cantidad de cables enredados que hay entre los postes de energía eléctrica que tiene cada calle del centro? ¿Cuántas horas de su vida han perdido en un maldito trancón? ¿Han salido sin chaqueta? ¿No están mamados de llevar sobre los hombros, como si fuera una cruz, el peso de un abrigo? ¿Conviven con rolos?

Yo no me aguanto lo pasivo-agresivos que son. Como calentano, si estoy bravo con alguien, le digo mis razones. De mi esperen un reclamo pero no una fucking mala cara. Los modales no los manejamos en la Colombia Profunda. Esa rabia contenida que guardan los rolos en la nevera de sus almas a veces estalla y produce episodios de violencia tan descarnados como el Bogotazo que dejó 3.000 muertos o cualquier fin de semana de borrachera que deja decenas de acuchillados. Acá se habla pasito y se apuñala duro en la espalda. Acá nada permanece, todo termina.

Sí, todos los provincianos del mundo olvidamos a los que han nacido en capitales. Es una manera de protestar por los privilegios que han tenido, sobre todo cuando se es el centro de uno de los países más desiguales del mundo. Los personajes que están en la portada resumen todo lo odioso que pueden ser los bogotanos. Villalobos y su inteligencia gnómica, su pretensión de cosmopolita que sólo le da para exhibir un humor arribista y racista, el fanático uribista Eduardo Pimentel y su trato a los trabajadores de su propio club, el Chicó, a quienes desprecia por pobres y Martín Santos porque es el zumo del niño bien que va por la vida disfrazado de progresista.

Los rolos están tan putamente muertos que ni siquiera se enteraron que su supremacía terminó hace doscientos años, con el Nuevo Reino de Granada. Por eso, en el corazón helado de cada uno de sus nativos, espera que entre la niebla y los frailejones del páramo regrese el Virrey y nos mande a las tierras calientes y benignas al resto de los calentanos que hemos usurpado la paz de este cementerio.

 

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