Opinión

Por qué, a pesar de las dudas, votaré por el sí

Razones para dudar son muchas y tengo interrogantes que me acosan, pero hay lugar para esperar algunas cosas positivas y voy a apostarle a ese mal arreglo (mejor que un buen pleito)

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julio 27, 2016
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Pertenezco al grupo de aquellos colombianos que frente al proceso de paz han preferido mantenerse en silencio, a pesar de las dudas. Reconozco haberlo hecho por fastidio de ser tildada de antipatriota, de enemiga de la paz, de uribista, ese adjetivo peyorativo, por los fanáticos de los acuerdos que están por firmarse en La Habana.

La paz, la queremos la inmensa mayoría. No creo que sean muchos, salvo aquellos que se lucran con la guerra, los que no anhelen ese bien para sus vidas. No creo que haya quienes, por capricho, por tozudez, por orgullo, prefieran la muerte a la vida. Rechazar la paz es como rechazar la salud, como despreciar el conocimiento, el afecto. Preferir el dolor a la alegría.

Sin embargo, movida por mi natural escepticismo, tal vez por haber vivido de cerca lo que ocurrió cuando se firmó la paz con Pablo Escobar, vale decir con los narcotraficantes, a quienes hasta una nueva Constitución se les hizo sin resultado, dudo. A partir del momento en que Escobar fue recluido en la cárcel después de tantas promesas, comenzó su más terrible arremetida contra la sociedad con asesinatos, secuestros, extorsiones, bombas, desapariciones, mutilaciones. Y el negocio de la droga, con el cual nunca habrá paz, por más acuerdos y firmas, floreció. Aunque no tanto como ahora.

Las razones para dudar, son muchas. He dudado en la buena fe de las Farc. Pero esto es un lugar común, ni vale la pena analizar los motivos que pueden llevar a una colombiana a hacerlo. Dudo siempre de la transparencia de la clase política. He dudado de las motivaciones del actual gobierno. Por momentos, he visto en ellas vanidad. He creído ver a un presidente vacilante frente a su contraparte, deseoso de llevar a cabo la iniciativa a cualquier precio. He sospechado de posibilidades de enriquecimiento de muchos, con el llamado posconflicto. Me ha parecido ver el cansancio de los jefes de las Farc. Hombres a las puertas de la vejez, con deseos de gozar de una jubilación en una curul en el Congreso, luego en la tranquilidad de un apartamento cualquiera, con la seguridad de una cena caliente y una cama bien abrigada al final del día. He creído ver en ellos el deseo de disfrutar de unas riquezas supuestamente inexistentes, pero que por ahí estarán, y que en la selva no sirven para nada. He visto, también, su afán de estar bajo los reflectores internacionales, figurando como lo contrario a lo que hasta el momento han sido.

 

¿Será cierto que las Farc van a entregar las armas?
¿Cuántos ingresarán a las filas del ELN, cuántos
crearán las nuevas facrim, o engrosarán las filas de las bacrim?

 

Estas son apenas algunas de mis razones. Los puristas las tildarán de mezquinas, pero cada colombiano es libre de pensar como quiera, de sentir lo que siente. Tengo además otros interrogantes que me acosan, y que no cabrían todos en una columna:

¿Será cierto que las Farc van a entregar las armas en unos contenedores? ¿Será que las van a entregar? ¿No habrán aprovechado estos cuatro años para armarse hasta los dientes, valiéndose de su amistad con otros países para ocultarlas allá? Si su voluntad es sincera, ¿no tienen miedo de unos enemigos acuciados por el odio, ellos sí armados, como lo está tanta gente en este país? ¿Cómo los van a proteger?  ¿Cuántos ingresarán a las filas del ELN, cuántos crearán las nuevas facrim, o engrosarán las filas de las bacrim, cuántos se pondrán cualquier otra escarapela para continuar haciendo lo que saben hacer? ¿Cuántos alcanzarán la difícil meta de reintegrarse en la sociedad? ¿Cuántos son los militantes de las Farc? ¿Será que el gobierno conoce las cifras y sabe realmente a cuántos colombianos tendrá que reinsertar en la vida civil? ¿Cuántos, en fin, seguirán con el lucrativo y floreciente negocio del narcotráfico? Porque, como me decía un amigo en estos días, “si yo le vendiera diamantes a una clientela establecida, difícilmente abandonaría ese negocio, para irme a vender papas criollas a Corabastos”.

Sin embargo, ahora que se acerca el momento de pronunciarme como ciudadana, me voy por el sí al plebiscito. Sin sentirme presionada por moralismos en boga, ni por exacerbados sentimientos patrióticos, ni por los vociferantes, los intolerantes y acusadores, tantos de ellos convertidos en lo que precisamente atacan desde los medios. Quienes consideran que deben votar en contra, darle un no a la iniciativa del gobierno, lo cual no significa decirle no a la paz, deben hacerlo. Ojalá sin recibir una andanada de aquellos que opinan lo contrario, pues ambos cumplen de idéntica manera con su tarea de ciudadanos en una democracia con sus bemoles, pero al fin y al cabo democracia.

Votaré de manera afirmativa, porque así como dudo de las grandes bondades de este proceso, y porque pienso que las Farc no son la principal causa de la guerra en Colombia, también hay lugar para esperar algunas cosas positivas: si las Farc devuelven a los niños arrancados a la fuerza de sus hogares. Si terminan los reclutamientos. Si cumplimos de parte y parte, siquiera un treinta por ciento de lo acordado. Si terminan los asesinatos de policías y soldados. Si el campo vuelve a ser cultivable. Si el medio ambiente se conserva. Si el miedo y el dolor disminuyen. Entonces, si algunas de estas, o de otras cosas benéficas suceden, vale la pena arriesgarse. Dejar a un lado los reparos, confiar, al menos parcialmente.

Porque a fin de cuentas, como dice el refrán, “es mejor un mal arreglo que un buen pleito”. Y a ese mal arreglo es al que hay que apostarle. Esperar que el proceso sea el primer paso en la construcción de un país más justo, confiar en que podremos seguir avanzando. Llegados a este punto, perderíamos más si no lo hiciéramos.

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