Opinión

La encuesta que pretendía prevenir el abuso infantil, y que no fue

Sucesos dolorosos como el de Yuliana Samboní, llaman la atención sobre la encuesta sobre sexualidad infantil que el Dane iba a realizar para, entre otras cosas, evitar estos hechos violentos

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diciembre 14, 2016
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Para la víctima de un delito sexual no es fácil pronunciarse frente al mismo, pedir ayuda. Entran en juego el miedo, el pudor que siente una persona al reconocer públicamente que fue herida en lo más íntimo, no solo de manera física sino sicológica. Mucho más difícil resulta denunciar estos hechos para los niños, cuando un adulto abusa de ellos, generalmente una figura de poder en su entorno, padres, tíos, primos, parientes, vecinos, o si cede, víctima del matoneo de sus compañeros. Es natural que se sienta intimidado, con temor a retaliaciones, a castigos y nuevos abusos, razón por la cual guarda silencio frente a un problema que podría sanarse, o mejor aún, evitarse.

Hace unos meses se produjo un gran revuelo alrededor de una encuesta del Dane que pretendía, entre otras cosas, prevenir estos hechos violentos que dejan las más hondas heridas sicológicas. Basta recordar los episodios depresivos y sicóticos que atormentaron a Virginia Woolf hasta llevarla al suicidio. Ahora sabemos que la escritora inglesa sufrió en su adolescencia abusos sexuales por parte de uno de sus hermanos mayores. No tuvo el valor para denunciarlo, por las mismas razones que un niño colombiano podría guardar silencio frente a la misma situación. La encuesta pretendía también conocer aspectos fundamentales del desarrollo y las prácticas sexuales de los adolescentes con el fin de orientarlos, así como a sus padres y educadores. Sin embargo, el clamor anuló las posibilidades de realizarla tal como fue concebida por personas expertas.

Lo que despertó la ira santa de padres y maestros con poder para vociferar ante las cámaras de televisión, ante los medios, fue, según ellos mismos, el lenguaje utilizado. Me pregunto cómo puede hacerse una encuesta sobre sexualidad, que además no está dirigida a párvulos, ni a niños de primaria sino a estudiantes de bachillerato, sin utilizar palabras como sexo, tocar, relaciones, juegos sexuales, pene, vagina, desnudez. Pero en lugar de conocer respuestas que habrían ayudado a los jóvenes en uno de los aspectos más delicados de su desarrollo, el Dane se vio obligado a suspender temporalmente la encuesta. Volverá a aparecer, pues es función del Dane encuestar. Es aquí donde me pregunto de qué recursos lingüísticos echarán mano para para nombrar sin utilizar el nombre, para no herir falsos pudores y complacer a aquellas personas que en un acto de verdadera gazmoñería, pretenden conocer los problemas sexuales de sus hijos sin que sus éstos sospechen de qué se está hablando, saber cómo se comportan en la intimidad sin quitarles la inocencia, ni escandalizarlos, ni herir susceptibilidades, sin que descubran lo que ya saben, quizás mal aprendido.

 

Nos enteramos con triste frecuencia no ya del acoso, violaciones o atropellos,
sino de prácticas sexuales, de juegos eróticos
de jóvenes apenas salidos de la niñez, dando rienda suelta al instinto con poca orientación

 

Quienes hemos trabajado en la educación, quienes tenemos hijos y nietos o conocemos personas con hijos adolescentes, nos enteramos con triste frecuencia no ya del acoso, las violaciones o los atropellos, sino de prácticas sexuales, de juegos eróticos, de experimentos en pareja o en grupo, realizados por jóvenes apenas salidos de la niñez, dando rienda suelta al instinto con poca, o ninguna orientación. Pero así como ciertas palabras referentes al problema no se pueden pronunciar en una encuesta, seguramente tampoco podrán decirse en voz alta. De manera que un tema tan delicado, tan crucial para la salud mental de nuestros hijos, quedará apenas esbozado sobre la mesa.

Y es que en materia sexual, los jóvenes no solo están amenazados por las agresiones violentas, para lo cual basta mirar las estadísticas y hechos tan dolorosos como el reciente de Yuliana Samboní. Ellos están sujetos de manera permanente a innumerables estímulos sexuales enviados por nosotros, los adultos. El sexo es algo que los ronda, que está implícito y explícito en la música, en el cine, en las modas, en los comerciales de televisión, en las telenovelas, en los libros, en las conversaciones, en los lugares que frecuentan. No es que esto sea bueno o malo. Simplemente, es así. Mucho más ahora, cuando las drogas al alcance de la mano de todos, el alcohol, el consumismo, la moda, las redes sociales, la presión informativa, imponen formas de conducta, influyen en las necesidades, en el placer, y sugieren recompensas tan importantes para ellos como el éxito, la aceptación, la popularidad.

Para tanto dio la encuesta, que hasta al Papa le escribieron las madres quejándose de un atropello inexistente cometido contra sus hijos, cuando lo que se pretendía era protegerlos de manera más efectiva, orientarlos con sensatez acorde con su realidad. Sin duda estos mismos padres, estos mismos educadores, se irían de espaldas si tuvieran la capacidad de inspirar confianza en sus hijos para que les contaran de qué manera enfrentan el impulso sexual.

Duele ver que el país va en una vertiginosa espiral de falsa moral, de mojigatería extrema, de aspavientos retóricos, de sofismas de distracción, cuando hay asuntos que reclaman de manera urgente la atención.

 

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