Opinión

Las nueve horas en que estuvimos muertos

Que trata del enfrentamiento entre el columnista y la naturaleza en un invierno implacable con deslizamientos y lluvias torrenciales.

Por:
octubre 24, 2013
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Primero fue el trueno: reventó en el cielo como un escopetazo. Saúl venía al lado mío, en una buseta intermunicipal, hablando de un poema que estaba escribiendo. La carretera bordeaba la montaña como una serpiente. Empezaban a caer los primeros goterones de lluvia y el cielo oscurecía. Saúl recitó el primer verso. Era un poema breve que hablaba de una nube o algo por el estilo. Comparaba el amor con una nube pero no lo hacía así de simple como lo hago yo ahora, sino que lo decía de otra forma que ya no recuerdo. El trueno acabó con la conversación y vimos otras nubes negras y gordas como un mal presagio casi al mismo tiempo en que la buseta empezó a patinar sobre la carretera húmeda. El conductor bajó la velocidad para poder manipular el vehículo pero se nos vino la montaña encima. O el cielo: no alcancé a ver bien. De la montaña se desprendió una roca que golpeó al carro con violencia. Adentro se sintió como una explosión. El carro se balanceó y fue arrastrado hasta la orilla y yo vi el abismo desde la ventana abierta: sentí el aire fresco y frío de la tarde, la fascinación del vértigo, una leve embriaguez que duró un instante mientras contemplaba la vegetación que estallaba en verdes intensos. El paisaje daba vueltas. Entonces el conductor aceleró esquivando las rocas y la avalancha que caían de la montaña. Un anciano gritaba. Una mujer desmayó. Saúl estaba nervioso. Yo quedé mudo. El carro andaba en zigzag y en pocos segundos se desató un aguacero bíblico que empeoró las cosas. Entonces una cortina de arena empezó a deslizarse desde arriba de la montaña. Yo creía que era agua, pero era arena que, mezclada con la lluvia, ponía el suelo resbaloso. Pronto se formó un lodazal. “¿Y si no salimos de ésta”? Preguntó Saúl. Yo miré el precipicio y pensé en el golpe que iba a recibir si otra roca golpeaba el carro. Y otra roca golpeó el carro. El conductor gritó que no tenía frenos y le dio una vuelta al volante con furia y lo estrelló contra la montaña para detenerlo. Nadie hablaba: solo se escuchaba el sollozo del anciano que lloraba su desgracia, lloraba su muerte, y hablaba de un nieto que lo esperaba en casa, tal vez con un café y un abrigo.

“No vamos a salir de esta”, murmuró Saúl. El conductor estrelló el carro de perfil contra la montaña para frenarlo, pero el carro no frenaba, seguía andando, raspando la montaña con uno de sus lados. Luego hizo un movimiento de bailarina y quedó con la trompa besando el muro firme de la montaña. Después vino lo peor: empezó a caer una avalancha de rocas sobre nosotros. La lluvia era apretada como las cuerdas de un arpa. La neblina borró el paisaje. No se veía nada, solo se escuchaba el rugido de la naturaleza: el cielo reventaba en truenos con una furia salvaje. El aguacero, el granizo y las rocas golpeaban el carro y hundían las latas del techo. Entonces salimos asustados. Era mejor morir afuera que asfixiados dentro del carro como salchichas.

Salimos y escuché de pronto que alguien se desplomó al lado mío. Alcancé a sentir su peso, su calor, su caída. El golpe en el piso enlodado. Pensé en Saúl y en lo que tendría que decirle a su esposa. En un segundo me imaginé a mí mismo escribiendo una columna de prensa recordando al amigo que murió de un infarto en una carretera oscura sin haber terminado siquiera su tesis de grado.

Nunca creí que mi amigo fuera a morir tan joven. Cuando quise tocar en la oscuridad de la lluvia y la neblina el cuerpo de mi amigo me di cuenta que lo que había caído al lado mío era una roca inmensa que se desprendió de la montaña, y cayó a pocos centímetros de mis talones. Casi me aplasta. Pero ¿y Saúl? ¿Qué se había hecho? Todo estaba oscuro a las cinco de la tarde de ese domingo fatal. De repente, una luz me alumbró el rostro y fue cuando supe que iba a morir. Era la luz de un bus que venía sin frenos. Mis lentes estaban empañados por la lluvia. Pero aún con lentes limpios no se podía ver nada porque la niebla era espesa. Estaba ciego y asustado y solo tuve tiempo de levantar los brazos para que el vehículo no me destrozara la cara y alguien pudiera reconocer mi cuerpo. Sentí entonces un remezón. Alguien me sacudió con la fuerza de una tempestad y me sacó hacia la orilla del camino. Solo recuerdo una voz en sordina, una oración, alguien rezaba. Ahora, cuando la tragedia ha pasado, me di cuenta que era Saúl que me alumbraba el rostro con una linterna y conjuraba la lluvia recitando una oración. ¿Qué oración? Solo escuché nítida la palabra “nube”. No recuerdo ninguna oración con “nube”. Pero no importa. Ahora estoy aquí, en la orilla del camino, sentado, y todo es muy confuso para mí. Estoy vivo y eso es lo que importa.

La lluvia hizo que el deslizamiento de arena se convirtiera en un lodazal. El lodo alcanzó más de un metro de alto en cinco kilómetros de extensión. El carro quedó sepultado. Logramos salvar a una familia que quedó atrapada en el lodo y nueve horas después llegó la maquinaria que abrió paso y nos sacó de allí.

Fue un mal día. Veníamos de la Feria del Libro de Ocaña. Yo presenté el libro de Saúl Rostro que no se encuentra. Y ahora que miro las cosas con serenidad, me doy cuenta que de haber muerto en esa carretera nunca hubieran encontrado nuestros rostros. Fueron nueve horas en que estuvimos muertos y cuando creí que todo había pasado me informan que, por razones de trabajo, debo volver por esa misma carretera pasado mañana. Escribo esto para que mi rostro se encuentre en estas páginas y no en una carretera.

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