Opinión

La casa del lenguaje

Por:
noviembre 07, 2013
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casablanca vallejo

Editorial Alfaguara acaba de publicar Casablanca la bella, la más reciente novela de Fernando Vallejo. Una obra de madurez en la que el autor rinde un extenso homenaje al idioma español. De hecho Casablanca la bella no es obra de novelista sino de filólogo: de un hombre  que busca los resortes íntimos del lenguaje, su música, su espíritu, para fijarlos en el pentagrama de su prosa. ¡Qué ironía! A Fernando Vallejo no le gusta la poesía en prosa, pero su prosa es poesía pura. Poesía contenida. Sus largas parrafadas (la novela no tiene capítulos: es un sólo texto de 185 páginas que hay que leer de un tirón) están diseñadas (o concebidas) para leer en voz alta:

“Hoy domingo de Pentecostés amaneció Bergoglio con el verbo acantinflado, como si el viento que le sopla en la mansarda le soplara hacia el Norte pero hacia el Sur”. (p.136)

Hay ritmo en la oración. Hay música. Y hay más. Es la historia de una casa que el narrador quiere restaurar. Y a medida que la va restaurando nos va contando episodios de la vida familiar, de la vida en Medellín, de la inseguridad de las calles, de las viejas costumbres de barrio. Hay reflexiones sobre la Iglesia, “la caridad sexual”, la nefasta influencia de Juan Pablo II. En esta novela las ratas hablan, los muertos regresan y suceden doscientas cosas más.

Pero no voy a resumir la novela. Que la lea el interesado. Lo que sí quiero contar es lo que anuncia el título de esta columna: el desarrollo del lenguaje —no como protagonista, aunque también— sino como música. Y más aún: la actualización que el autor hace de muchas palabras que habían envejecido por falta de uso.

No sé si a los editores se les pasó por la cabeza publicar al final de la novela un glosario de términos (aunque no hace falta: ahí están los diccionarios) para ilustrar a las nuevas generaciones sobre el uso del idioma.

Palabras como “consecuentar”, “abullonado”, “pestífero” “zaquizamí”, “refocilar”, “condóminos”, “palmípedos”: son palabras bellas, de una sonoridad asombrosa. Vallejo las sabe utilizar y las suelta en el párrafo con destreza de músico. Y cuando no encuentra la palabra precisa, se la inventa: entonces crea neologismos brillantes: “angustiolíticos”: medicamento para calmar la angustia. Y esta belleza: “un calvo barbiescaso”.

Y reflexiona:

Si un hijo pierde a los padres quedó huérfano. ¿Pero si un padre pierde a un hijo, qué es? “Deshijado”, propone Vallejo. Y continúa: si un hermano pierde a un hermano, ¿qué es? ¿Un deshermanado?

Y se lamenta: ¡cuánto hace que el verbo “escampar” se murió! (p.76).

Y hay más palabras, más neologismos, más música en el lenguaje:

— “Dicen que mi padre murió de cáncer en el hígado, pero no. Murió de cáncer termodinámico: luchando contra el desorden y el caos de Casaloca y este mundo” (p.78).

Y reformula algunos conceptos:

—Según el diccionario puta significa: mujer que hace ganancia de su cuerpo, entregada vilmente al vicio de la lujuria. Y yo os pregunto, señorías: ¿una mujer que vende un riñón para darles comida a sus hijos, hace también “ganancia de su cuerpo”?  ¿Y “vicio de la lujuria”? ¿Qué lujuria, por Dios, puede haber en una mujer que se acuesta con un barrigón patizambo, boquituerto, hexadáctilo, de pene escaso, puntiagudo y rojizo? (p.110)

Con esta obra Fernando Vallejo ha logrado construir, para todos sus lectores, la gran casa del lenguaje: Casablanca la bella.

 

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