A las 11:09 a.m. del pasado jueves, la estación Madelena se convirtió en un tropel. La multitud corría de un lado a otro, algunos desprevenidos intentaban evitarla sin suerte y los guardias de seguridad veían cómo les resultaba imposible contener la “colatón”.
Un grupo se acercó a los accesos como quien no quiere la cosa. De repente, los integrantes salieron a correr en masa como si se tratara del inicio de una maratón. Unos atravesaron por donde no debían; otros esperaron en frente para que quienes entraban les abrieran las puertas y los demás se dejaron llevar por la masa y, como sin quererlo, aparecieron dentro del vagón.
Los cuerpos se juntaron, se empujaron, se pisaron. El pan de cada día en Transmilenio. La puerta que debía detenerlos se convirtió en el punto hacia el que la multitud corrió en segundos. En menos de un minuto, más de 60 personas consiguieron entrar sin pagar. Algunos ni siquiera se detuvieron: subieron al vagón como si la multitud los empujara desde atrás y, tras el borbollón para acomodarse, se acomodaron para mirar su celular como si nada hubiera pasado.

La escena es apenas una batalla de la guerra diaria entre los colados y los guardias. En Bogotá, se registran más de 262.000 evasiones diarias en TransMilenio. El índice se mueve entre el 13 % y el 15,1 %, mientras que las pérdidas anuales se calculan en alrededor de $295.000 millones.
Es decir, mientras una pelea dura segundos en una estación, el sistema acumula durante un año un agujero que se cuenta en cientos de miles de millones.
La pelea ya dejó muertos. El 18 de septiembre pasado, Cristian Garzón, un guardia de apenas 27 años, fue apuñalado en la Estación Terreros (Soacha), mientras intervenía en un procedimiento contra los colados. Murió después de recibir dos heridas con puñal. Dos personas señaladas por el crimen fueron enviadas a prisión.
Sin embargo, dicha muerte no es la única ocasionada por la tensión de la evasión. Ya hay varias tragedias. En junio de 2018, Andrés Camilo Ortiz Jiménez, de 19 años, murió después de que un policía le disparara cuando huía tras intentar ingresar sin pagar a la estación de TransMilenio de la calle 142.
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Estación Madelena: cuando la puerta se vuelve frontera de guerra
Apenas dos semanas después, en Madelena, decenas de personas volvieron a convertir el intento de impedir un ingreso irregular en una batalla colectiva.
Lo inquietante es la familiaridad con que sucede la evasión masiva. No hay una gran operación ni una multitud preparada para una batalla. Hay una estación, una puerta y un grupo que decide atravesarla sin pagar: cuando los primeros pasan, los demás encuentran el hueco.
La evasión parece contagiosa. Además, después de atravesar la estación, aquel grupo terminó relacionado por TransMilenio con el bloqueo del servicio en la calle 13 con carrera 32, que afectó a más de 19.000 usuarios. La empresa señaló que se trataba de manifestantes que habían ingresado al sistema sin pagar antes de dirigirse a la protesta.

La guerra ya tiene varias batallas. En mayo pasado, en la estación Calle 76, un enfrentamiento entre guardias y estudiantes de la Universidad Pedagógica terminó convertido también en video viral. Hubo golpes, empujones y bolillos: una pelea callejera en la estación y sus alrededores.
Gas lacrimógeno, puñales, barricadas y tanquetas. La discusión, entre tanto, volvió a ser la misma: ¿dónde termina el derecho a protestar y dónde empieza la obligación de pagar por un servicio?
En la Estación Terreros la confrontación cruzó la frontera entre vida y muerte. Cristian Garzón estaba trabajando el pasado viernes 18 de septiembre cuando una pareja intentó ingresar irregularmente. Los guardas intervinieron. En medio del altercado, el hombre habría atacado a una de las trabajadoras y Garzón se interpuso.
Las cámaras reconstruyeron después una persecución que salió de la estación y terminó en la vía. El joven corrió unos metros. Luego cayó. Había recibido dos heridas con arma blanca en el tórax.
Dos personas fueron capturadas y enviadas a prisión mientras avanzaba la investigación. Para los compañeros de Garzón, el pasaje que intentaban hacer pagar aquella mañana ya no era un asunto de $3.550. Era el límite de una función que, en segundos, podía poner en riesgo sus propias vidas.
Una fuga que cuesta $295.000 millones
La palabra colado parece demasiado pequeña para describir el tamaño del fenómeno. Una persona salta un torniquete, otra fuerza una puerta, alguien más pasa detrás de su acompañante para pagar solo un pasaje.
Cuando la escena se repite cientos de miles de veces, la suma adquiere dimensión. El Concejo de Bogotá calculó que en 2024 el sistema dejó de recibir alrededor de $719 millones diarios por evasión, alrededor de $262.435 millones durante todo el año.
Las estimaciones posteriores llevaron la pérdida anual hacia los $295.000 millones. Son cifras que no aparecen en una estación cuando alguien salta una barrera ni se anuncian por los altoparlantes del sistema como la siguiente estación y el destino final. No hacen ruido, corren ni forcejean. Son el reflejo en números de una batalla diaria que afecta a propios y extraños. Además, se acumulan silenciosamente hasta convertirse en un hueco financiero.
En Bogotá, la evasión representa cerca del 10 % de las entradas al sistema, según estimaciones oficiales; el fenómeno afecta tanto el recaudo como la seguridad de estaciones y buses.

Sin embargo, la guerra no termina en Cristian Garzón, el joven de 27 años asesinado ni en la millonada que representan los colados diarios. Cada persona que evade utiliza buses, estaciones, plataformas y puertas igual que quien sí pagó.
De ese modo, la evasión distorsiona la demanda real del sistema y añade presión sobre una infraestructura que ya funciona al límite en determinados corredores. Por otra parte, miles de usuarios se quejan de la precariedad del servicio, de la inseguridad del sistema y del elevado costo del pasaje.
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Más puertas y barreras de control para las batallas diarias
Guerra es guerra. La respuesta del sistema masivo de transporte se ha limitado a levantar nuevas fronteras; la de los colados, a diseñar nuevas estrategias para evadir la taquilla, la máquina registradora y los vigilantes que, en algunas estaciones y momentos, lucen vestidos como Robocop.
En agosto, TransMilenio y la Agencia Regional de Movilidad anunciaron un convenio de $48.437 millones para intervenir siete estaciones del corredor Bogotá-Soacha: San Mateo, Terreros, La Despensa, León XIII, Bosa, Perdomo y Madelena. El corredor registró en 2025 cerca de 37,4 millones de validaciones, unas 102.000 diarias.
El proyecto contempla cerca de 140 puertas automáticas y nuevas barreras de control. En San Mateo, incluso, se instalará un piloto de barreras de piso a techo. La lógica es sencilla: si una puerta baja no consigue contener una avalancha, habrá que hacerla más difícil de atravesar.
También se han destinado recursos al mantenimiento y funcionamiento de puertas automáticas. En el Portal 20 de Julio, la instalación de nuevas barreras de piso a techo y el refuerzo de vigilancia estuvieron acompañados de un aumento de 57,2 % en las validaciones diarias entre junio y noviembre de 2025, con una recuperación superior a $1.777 millones frente a los periodos comparados.
La infraestructura intenta hacer lo que los guardas no siempre pueden: impedir el paso sin poner el cuerpo delante de una multitud ni generar reclamos por el pago que desencadenen en las batallas vividas al interior y en los alrededores del sistema recientemente.
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Una guerra que empezó hace 26 años y vive su batalla diaria
Las puertas no han terminado con la guerra, solo han cambiado tácticas y estrategias de los bandos en conflicto.
En Madelena se colaron más 60 personas en menos de un minuto. Después vino el bloqueo y más de 19.000 pasajeros afectados. En Terreros, el joven vigilante Cristian Garzón murió por reclamar el pago de $3.550 para una empresa que, a pesar de la evasión masiva, factura con los 4 millones de viajes diarios registrados.
Entre tanto, en Calle 76 fueron estudiantes y vigilantes quienes se agarraron a golpes, bolillo y puñal. En otras estaciones son dos personas, una puerta abierta durante unos segundos y un guarda tratando de decidir hasta dónde puede llegar para hacer cumplir una norma.
La paradoja es que el sistema ha respondido con más barreras, vigilancia, pedagogía, sanciones y gestores de convivencia. Incluso cerca de 350 personas que habían evadido el pago participaron en 2025 en jornadas para compensar la infracción como gestores de convivencia.
Sin embargo, cada mañana empieza una nueva batalla entre colados y vigilantes, mientras dos preguntas permanece sin resolver en la estaciones del sistema y en la conversación de los ciudadanos: ¿se trata de usuarios sin dinero o de delincuentes, los vigilantes están trabajando o se exceden con violencia en sus funciones?
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