Los Vejarano lo fundaron en 1908 y ya yan pasado por su dirección cuatro generaciones que han convertido su hacienda en un referente del caballo criollo colombiano

 - La familia del Cauca que lleva más de un siglo persiguiendo el caballo perfecto con su Criadero La Marqueza

Todavía no ha salido el sol cuando el silencio de los potreros se rompe. No hace falta mirar para saber que un caballo se acerca. Los criadores dicen que el paso fino también se escucha. Es un sonido corto, acompasado, casi musical, que desde hace más de un siglo acompaña las madrugadas de La Marqueza, una hacienda enclavada entre las montañas de Cauca, donde los caballos nunca fueron únicamente animales de exposición.

Allí se convirtieron en una herencia. En un lenguaje familiar. En una pasión que pasó de generación en generación hasta transformar este lugar en uno de los proyectos de mejoramiento genético del caballo criollo colombiano más importantes del país.

Todo comenzó mucho antes de los campeonatos nacionales, de las transferencias embrionarias y de los reproductores valorados en miles de millones de pesos. Fue cuando un empresario caucano decidió que encontrar el mejor caballo de Colombia podía convertirse en el proyecto de toda una vida. Sin saberlo, estaba dando origen a un legado que hoy supera los cien años.

Una pasión que sobrevivió a cuatro generaciones

La historia de La Marqueza no nació como un negocio, sino como una fascinación. A comienzos del siglo XX, don Ignacio Muñoz ya era reconocido como uno de los empresarios más importantes de Cauca. Participó en la construcción del Ferrocarril del Pacífico, impulsó empresas de transporte y comunicaciones y fue uno de los fundadores del Fondo Ganadero del Cauca. Sin embargo, su mayor pasión estaba lejos de los negocios.

La familia del Cauca que lleva más de un siglo persiguiendo el caballo perfecto con su Criadero La Marqueza
Foto: La Marqueza.

En 1908, tomó una decisión que marcaría para siempre la historia de su familia. Compró El Mico, considerado entonces el mejor caballo de paso fino del país. No era simplemente una adquisición de prestigio, sino el inicio de una búsqueda por preservar las mejores líneas de sangre y criar ejemplares capaces de reunir elegancia, suavidad y un andar casi perfecto.

Con el paso de los años esa pasión dejó de pertenecerle únicamente a él. Pasó a hijos, nietos y bisnietos, como ocurre con esas tradiciones familiares que nunca necesitan explicarse porque, simplemente, hacen parte de la vida.

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Foto: La Marqueza.

En La Marqueza no heredaron únicamente tierras y pesebreras, sino también una forma de entender el caballo.

El médico que aprendió a leer la genética

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Décadas después, ese legado encontró un nuevo guardián en Manuel Ignacio Vejarano. Mientras construía una reconocida carrera como oftalmólogo, dedicaba su tiempo libre a recorrer potreros, observar potros, estudiar genealogías y planear cruces reproductivos. Tenía apenas quince años cuando comenzó a criar sus primeros caballos y muy pronto entendió que la experiencia acumulada durante generaciones seguía siendo invaluable, pero ya no bastaba por sí sola.

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Manuel Ignacio Vejarano.

El ojo del criador seguía siendo importante. La ciencia también. Mientras muchos buscaban comprar al campeón del momento, Vejarano comenzó a pensar en el caballo que todavía no había nacido. Cada reproductor debía aportar una característica específica y cada yegua respondía a un plan cuidadosamente diseñado.

Su propósito nunca fue llenar pesebreras. Quería construir una genética capaz de mantenerse durante generaciones. Así comenzaron a llegar ejemplares como Tempestad de Las Guacas, Romántica de La Jota, Espléndida de Ambrosía y La Conga del Ocho, fortaleciendo un proyecto que poco a poco dejó de depender únicamente del instinto para apoyarse también en el conocimiento científico.

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La Marqueza dejó de ser un criadero reconocido únicamente por sus campeones. Se convirtió en un laboratorio vivo donde tradición y biotecnología empezaron a caminar de la mano.

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Entonces, apareció un caballo que cambiaría la historia de la familia tanto como lo había hecho El Mico más de un siglo atrás.

El caballo que vale más por lo que puede dejar que por lo que hace

En 2013, Manuel Vejarano sintió que la historia se repetía. Habían pasado exactamente 105 años desde que su bisabuelo compró El Mico y otro ejemplar despertaba el mismo consenso entre los criadores: Dulce Sueño de Lusitania.

No era simplemente un campeón. Era un reproductor capaz de transmitir con una consistencia extraordinaria las cualidades que cualquier criador busca durante décadas: un paso fino limpio, elegancia, suavidad y una genética excepcional.

Su llegada a La Marqueza no fue producto del azar. Fue el resultado de años de observación y análisis de líneas de sangre. Hoy es considerado por muchos como el reproductor más importante del caballo de paso fino colombiano y su valor comercial ronda los $5.000 millones.

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Sin embargo, quienes conocen este mundo aseguran que su verdadero valor no está en el caballo que entra a una pista, sino en todo lo que puede dejar detrás de él.

Cada nacimiento representa una oportunidad para conservar más de un siglo de selección genética. Cada nuevo potro lleva consigo una parte de esa historia familiar que comenzó en 1908. En el mundo equino, el patrimonio más valioso muchas veces no galopa. Viaja silenciosamente dentro de la genética.

Cuando la tradición comenzó a hablar el lenguaje de la ciencia

Durante generaciones, los criadores eligieron sus mejores ejemplares guiados por la experiencia. Bastaba observar un caballo caminar para imaginar el potencial de sus descendientes. En La Marqueza, esa intuición sigue siendo fundamental y, además, hoy convive con herramientas que hace apenas unas décadas parecían imposibles.

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Transferencia de embriones, programas de selección genética y el acompañamiento permanente de especialistas hacen parte del trabajo cotidiano del criadero. El objetivo ya no es únicamente producir campeones para las pistas, sino preservar y fortalecer el patrimonio genético del caballo criollo colombiano.

Vejarano suele hablar de un "factor X", esa combinación de características que convierte a un buen ejemplar en uno extraordinario. No existe una fórmula para encontrarlo. Se construye con paciencia, conocimiento y una visión de largo plazo.

Porque criar un caballo de élite no toma meses. En ocasiones requiere toda una generación. Esa apuesta también ha llevado a La Marqueza a cruzar fronteras. Sus ejemplares, embriones y material genético han despertado interés en distintos países de América, consolidando al caballo criollo colombiano como uno de los grandes orgullos del campo nacional.

Más de un siglo persiguiendo el mismo sueño, el trabajo del criadero La Marqueza

Cuando cae la tarde sobre los potreros y el ruido de los campeonatos queda atrás, La Marqueza vuelve a ser lo que siempre ha sido: una hacienda donde cuatro generaciones aprendieron que la perfección nunca se alcanza del todo, pero siempre vale la pena perseguirla.

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Foto: La Marqueza.

Don Ignacio Muñoz inició esa búsqueda cuando compró El Mico en 1908. Ciento cinco años después, Manuel Ignacio Vejarano retomó el mismo camino con Dulce Sueño de Lusitania, apoyándose en la ciencia y la biotecnología para continuar un legado familiar que sigue escribiéndose.

Entre ambos hay más de un siglo de distancia, pero una misma convicción.

Mientras Colombia cambió, mientras las carreteras reemplazaron los antiguos caminos de herradura y el caballo dejó de ser un medio de transporte para convertirse en patrimonio cultural, en La Marqueza hubo algo que nunca se transformó: la paciencia. Porque Si algo ha demostrado esta familia, es que las grandes herencias no siempre se miden en hectáreas, empresas o fortunas.

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Foto: La Marqueza

Algunas comienzan con un caballo extraordinario y sobreviven durante más de un siglo. Otras simplemente se escuchan al amanecer, cuando el silencio del campo vuelve a romperse con ese paso corto, preciso y elegante que anuncia que otro caballo empieza a escribir el siguiente capítulo de una historia que todavía sigue cabalgando.

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Por Daniel Murcia

Periodista de Las2Orillas, apasionado por contar historias que conectan con la realidad cotidiana y dar voz a quienes pocas veces son escuchados.