Opinión

El hombre rebelde

Por:
septiembre 05, 2013
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Hace 51 años (es decir, en 1962), estalló una noticia en Colombia: a las tres de la madrugada de un día como hoy, se estrelló el Boing 707 de la Air France, al mando del piloto preferido de Charles de Gaulle. Se estrelló en la isla antillana francesa de Guadalupe. Murieron 111 personas. Una de ellas era Jorge Gaitán Durán, uno de los intelectuales más lúcidos y completos con que ha contado la historia de Colombia.

Intelectual, en el sentido sartreano de la palabra, es decir, uno que está preocupado por los asuntos de su época. Que interviene en la vida nacional como el político, pero que no es político: su palabra destella libertad. Sus opiniones no están sujetas a ninguna ideología, ni a ningún partido, ni a ninguna empresa económica. Es un hombre independiente cuyas opiniones buscan sembrar dudas en vez de ofrecer certezas. En este sentido, Gaitán Durán, desde la altura de su lucidez, criticó todo cuanto existía en el amplio universo de sus preocupaciones superiores: las glorias locales, los revolucionarios de cafetería, los historiadores de anécdotas, los poetas de ocasión, los genios de vereda. Supo poner permanentemente en tela de juicio las verdades oficialmente  aceptadas: desde la literatura “guillermovalenciana” y las modas estéticas de comienzo de siglo XX hasta las ideas del racionalismo del siglo XVIII y del republicanismo de los siglos XIX y XX, pasando por la dura y excluyente participación impuesta por los partidos políticos, herederos del Frente Nacional.

Jorge Gaitán Durán fue un intelectual que se esforzaba por decirle la verdad al poder. Porque no hay otra manera en la que el intelectual pueda expandir sus ideas sino es en oposición al poder: poder político, cultural o económico. De ahí su admiración por Jean Paul Sartre y Albert Camus. De Sartre heredó el compromiso político con su época. De Camus le viene su conciencia moral. Porque Gaitán Durán, en el fondo, fue un moralista que nunca aceptó pertenecer a una sociedad que le exigiera como requisito la abdicación de sus valores individuales y la hipoteca de su conciencia. En 1959, declaro:

“Mi caso no tiene nada de asombroso: no le debo favores a nadie; no dependo de ningún partido, de ninguna secta; no acepto jefes, ni Index de ninguna clase; no pueden asediarme económicamente, no pueden aniquilarme éticamente, no pueden impedirme que escriba, ni mucho menos que piense; leo lo que quiero, estudio, observo e intento con obstinación comprender ciertos temas culturales, ciertos panoramas políticos y sociales, ciertas pasiones humanas. No soy un inconforme profesional: creo apenas que la fuerza de una posición no proviene del desprecio, ni siquiera del talento o de una adhesión ideológica, sino de la independencia y la conciencia”

Parodiando un título de Camus, Gaitán Durán es el hombre rebelde a quién ningún poder es demasiado grande como para no criticarlo. Un rebelde que, en el hervor  de su rebeldía, dijo: jamás el intelectual es víctima de cierto estado de cosas. El intelectual es siempre cómplice. No puede excusarse con la fe. Tiene la culpabilidad de la conciencia.

Digo todo esto porque el mundo celebra el centenario de Albert Camus. Y me acordé de Jorge Gaitán Durán.

 

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