Recuperar la producción de petróleo en Venezuela requiere una inversión gigantesca, sin que la seguridad en el territorio ni la estabilidad política se puedan garantizar siquiera a mediano plazo. Menos aun cuando refinar petróleo venezolano es más costoso pues su alta densidad obliga a diluirlo para refinarlo. Menos con una posible caída de los precios del crudo que todos los analistas anuncian por la sobreoferta mundial que amenaza llevarlo a US$50 barril a fines de año.
La rentabilidad de tomarse el petróleo venezolano tendría que ser alta para que las empresas petroleras contribuyan a hacer Great América Again en el Hemisferio. Así se lo dijeron los CEO que acudieron a la cita de Trump para el reparto del botín en la Casa Blanca (que ahora debía llamarse la Casa Dorada a tenor de la redecoración que le ha hecho).
La toma de Venezuela se volvería inútil, un fracaso de los que a Trump no le gustan, si el republicano no logra convertir el petróleo venezolano en el negocio soñado. El privilegio de acceder a la reserva petrolera más grande del mundo se puede convertir en un revés si la inversión no llega porque la rentabilidad no se ve por ningún lado.
Los CEO llegaron a la reunión con Trump bien brifeados, como es propio de esta industria. Sus analistas revisan con serenidad todos los escenarios, el entorno y la realidad concreta, antes de asumir un riesgo pues este negocio siempre requiere sumas enormes y plazos largos, diez años mínimo. Ni Rubio ni Miller, obnubilados por el resultado de sus juegos militares parecían estar al tanto de las realidades que escucharon.
Mientras los funcionarios de Trump confunden victorias militares con triunfos políticos, los empresarios petroleros simplemente hacen sumas y restas.Para empezar, la seguridad en los territorios petroleros es difícil de garantizar en el corto y mediano plazo. Miles de técnicos y equipos nuevos tendrían que ingresar a lo que hoy son zonas hostiles al capital extranjero.
Los robos continuados de equipos, las bandas que trafican con los insumos para la extracción del petróleo -amparadas por los chavistas- la ausencia de un aparato de seguridad o de justicia que los neutralice, elevan considerablemente el riesgo y los costos de una eventual operación, alejando el interés por la inversión.
Los costos de seguridad son altos porque incluyen los riesgos de extorsiones, voladura de torres eléctricas, equipos y oleoductos, más bloqueos de las comunidades, y el secuestro de funcionarios. Son actividades en las que el ELN y las disidencias de las Farc tienen prolongada experiencia, largas maestrías. Como es de público conocimiento, estas organizaciones criminales consolidaron una importante base operativa al interior de Venezuela y a lo largo de la frontera colombiana, con el beneplácito y apoyo de los autoridades chavistas.
Los empresarios petroleros saben que el ELN y las disidencias de las Farc pierden la ruta de cocaína que el chavismo les había permitido gestionar para exportar la droga hacia Europa vía Turquía. Hasta la mafia turca protestó por el volumen de cocaína que llegaba. Sedat Peker -el Pablo Escobar local en el exilio- se quejó en 2021 por la competencia desleal que con el apoyo de Maduro le pusieron. Se quejó de Erdogan que no hacía nada, a pesar de calificar a Maduro de “hermano”.
Esos ingresos son indispensables para mantener en funcionamiento y cohesionadas a las organizaciones armadas criminales, más cuando han multiplicado por tres sus militantes. El mayor número de integrantes que tienen les aumenta su capacidad de intimidar y obtener rentas ilegales, hasta con drones. Pero los costos de mantener la tropa operativa también les aumentaron. Sostener un aparataje logístico para contar con armas, municiones e inteligencia y servicios básicos es costoso. Se necesitan muchos campos petroleros activos y a la mano para compensar la pérdida de los ingresos por narcotráfico.
Establecer un desarrollo petrolero en las narices del ELN y las disidencias Farc es como instalar un gallinero en una guarida de zorros
Neutralizar este problema va a ser complejo para Míster Trump y le va a generar muchos regaños a Míster Rubio. Se necesitaría controlar el territorio con una fuerza que imponga el orden, fuerza, que obviamente no podría ser la militar bolivariana chavista, asociada con actividades non sanctas. Ahora, en la exótica ecuación de gobierno que se estableció no se ve cómo van a virar de protectores a perseguidores del ELN y las disidencias. Es un problema que no se resuelve en el corto plazo, sino en el mediano o largo como muy bien lo sabemos los colombianos.
Trump, o las empresas petroleras, podrían contratar mercenarios, inclusive colombianos que están a la mano con solo cruzar la frontera. El mercado y la moral ya lo permiten. Pero los empresarios tendrían que pagar sus costos, que no son bajos dado el profesionalismo que se requiere. Así que invertir en Venezuela con precios de petróleo bajo, rodeados de profesionales en la extracción ilegal de rentas, es poco atractivo por el alto riesgo que conlleva.
Por el lado de garantizar estabilidad política la situación también es compleja. A los petroleros les parece que, bajo el modelo híbrido de dominio imperial a control remoto, no tienen garantías ni seguridad jurídica o institucional. Dos de las empresas que asistieron al festín trumpiano en la Casa Blanca lo dijeron. ExxonMobil y ConocoPhilips se mostraron críticos: ya tuvieron que asimilar pérdidas de sus activos en Venezuela dos veces en el pasado.
Una, cuando el presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez nacionalizó el petróleo en los años setenta como estaba de moda en la región; y otra, cuando Chávez los expropió a comienzos de la revolución mal llamada bolivariana. Exxon todavía tiene 1 mil millones pendientes y ConocoPhilips un pleito por $ 9 mil. Trump les dijo que había que olvidarse de estas deuda y partir de cero, que no está dispuesto a subsidiar nada. Ellos le dieron a entender que a un toro no lo capan tres veces.
Como si las anteriores variables de riesgo fueron pocas, hay otras que no le corresponde resolver a las petroleras pero que afectan su decisión de invertir para recuperar el sector. Una, que va a pasar cuando Trump salga del poder en tres años. Otra que puede pasar si pierde las elecciones de noviembre y el control del Congreso. Y en la geopolítica hay algunos detalles que también debe enfrentar.
¿Qué va a pasar con el bloqueo a las exportaciones y la persecución a la red de cargueros semiclandestina, rusa e iraní, que saca el petróleo para eludir las sanciones si el gobierno y la operación petrolera actual sigue bajo control de la gente de Maduro? ¿Qué va a hacer Trump con el petróleo que producen los chinos con el que se pagan parte de la deuda contraída por el gobierno? ¿Van a pedirle a esta potencia que entregue sus activos o los van a expropiar como hizo Chávez? China no necesita ese petróleo que representa menos del 4 % de sus importaciones del combustible, pero a la fecha nunca ha perdonado sus deudas.
A Colombia, descontando los problemas de seguridad, no lo afecta su actividad petrolera. La caída del precio no depende de la reactivación de Venezuela sino de la sobreoferta en otras regiones, así que con o sin reactivación el precio caerá si los analistas están en lo correcto.
En cambio, si puede beneficiar a Colombia una eventual reactivación en algunos frentes. Uno, ofreciendo talento humano acumulado que aquí sobra por haber entrado en la fase de transición energética. Se necesitaría en la industria venezolana si se reactiva, pues gran parte de su talento se perdió en estas dos décadas por emigración y caída de la actividad.
Se beneficiaría también el país si logra convencer a empresarios amigos del Tío Trump de invertir en la reactivación del gasoducto Transcaribe. Venezuela quema hoy inmensos volúmenes de gas que le podría comprar Colombia, pues los va a necesitar en los próximos años. El precio sería inmejorable. También podría el país contar con la materia prima que necesita Monómeros, una empresa que sobrevive a pesar de la catástrofe de la administración chavista y que provee de abonos a la agricultura nacional.
Los empresarios petroleros ya dejaron sus puntos claros. Le señalaron a Trump entre sonrisas y halagos por la magistral e impecable operación, sobre las dificultades de reactivar la industria petrolera venezolana. Ahora el presidente tiene el reto de mantener la narrativa de la victoria en alto, demostrando que el modelo de ocupación por control remoto funciona. Es decir, que la intimidación funciona. Pero ¿cómo mantendrá la potencia ocupadora la precaria economía del país a flote sin los precarios ingresos de la renta petrolera?
Invertir 60 o 70 mil millones de dólares para sacar a la vuelta de dos a cinco años dos o tres millones de barriles diarios a 50 dólares, es poco atractivo para la mayoría de los empresarios petroleros. Aunque hay dos empresas que declararon su compromiso con el presidente, seguros que de alguna manera los hará ganar.
Del mismo autor: La Doctrina Monroe: lecciones de la operación Maduro
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