De la rabia a la barbarie

"Detrás del caos y la destrucción no hay una motivación para buscar justicia, sino una agenda política para hacer daño y crear un clima de zozobra"

Por: David Fernández
septiembre 10, 2020
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 De la rabia a la barbarie

Una turba de supuestos líderes sociales en el Cauca, con machete en mano, humillan y amordazan a unos miembros de la policía, quienes, en cumplimiento de un deber legal, procuran restaurar el orden y la paz ciudadanas. Las imágenes producen rabia y condena, pues el respeto y la autoridad quedan por el suelo. ¿Ese hecho debería justificar un ataque masivo y despiadado contra esa población?, ¿deberíamos suponer que en el Cauca lo que hay es una partida de comunistas guerrilleros?, ¿o procedemos a la judicialización, única y exclusivamente contra quienes infringieron la ley?

Un policía es abofeteado y pateado por un infractor de tránsito en estado de embriaguez que luego se va muerto de la risa como si su fechoría fuera un acto heroico. ¿Debería la policía de ahora en adelante ser dura y agresiva contra cualquier borracho que infrinja la ley, o, por el contrario, debe cumplir con el trámite y, si el infractor se pone pesado, ponerlo a buen recaudo sin violar sus derechos humanos?

Un jovencito policía, que todavía huele a ceremonia de grado de bachillerato, y cuya labor es más bien de labor cívica, en una estación de TransMilenio le llama la atención, de manera amable, a un venezolano para que no se cuele, y este le responde con gritos en la cara, con golpes y patadas, y el mozalbete policía, ante la agresión del animal, retrocede porque seguramente no tiene el perfil del policía matón ni es un rufián callejero. Las imágenes producen rabia e impotencia. ¿Ese hecho debería llevarnos a crear la narrativa de que hay que acabar con todos los venezolanos porque todos ellos son unos bribones que merecen ser linchados, o, por el contrario, deberíamos judicializar, única y exclusivamente, sin caer en peligrosas estigmatizaciones al infractor, no importa si es colombiano, venezolano o argentino?

Dos policías, abusando de su poder, con rabia y utilizando el taser de manera desproporcionada, acaban con la vida de un abogado desarmado y en estado de impotencia. ¿Eso debería justificar el caos, meterle candela a los CAI y destruir inmuebles copiando el mismo libreto que llevaban a cabo los guerrilleros o paramilitares cuando pasaban por poblaciones que no eran de su confianza, o, por el contrario, debería caer el peso de la ley contra esos dos policías que no representan a otros tantos colegas que hacen su trabajo con sujeción a la ley?

Detrás del caos y la destrucción no hay una motivación para buscar justicia, sino una agenda política para hacer daño y crear un clima de zozobra que ponga en peligro la democracia. Y cuando este tipo de situaciones empiezan a producirse, surgen los extremos, los cuales se cocinan en los calderos de una ultraderecha ávida por ponerle orden al caos, a sangre y fuego, o en un iluminado izquierdista torpe y radical, con corona mesiánica, ávido, también, por imponer el mismo rigor de su contraparte.

De este fenómeno caen presa fácilmente los independientes de buena fe, quienes creen que la destrucción es la reacción a una causa provocada, no por unos individuos, sino por una política orquestada desde el Estado. Por ejemplo, me sorprende que personas bien formadas y con un pensamiento crítico, empiecen a decir que la Policía Nacional fomenta el abuso y la represión, lo cual no es cierto.

Conocí miembros de la policía de alto rango y miembros del ejército con rangos de mayor, con una clara vocación civilista, amigos de los derechos humanos y celosos de no incurrir o permitir faltas disciplinarias que humillen a los ciudadanos. Es más, algunos practicaban el cristianismo de corazón y eran respetados por su forma de ser, que muchas veces contrastaba con el estigma que se tiene de los miembros de la fuerza pública, en el sentido de que son personas insensibles, formados únicamente para la guerra y el atropello.

Así que no me vengan con el cuento de que la Policía Nacional es un caldo de cultivo donde se fomenta el abuso, porque no es cierto. Un sacerdote pedófilo no convierte a la Iglesia católica y al papa en otro pedófilo. Un padre que maltrata a su hijo no convierte a todos los padres en unos abusadores sin remedio. Una manzana podrida en una bolsa de manzanas no lo lleva a usted a botar las otras manzanas en buen estado.

Las generalizaciones han sido un peligro en la historia y un elemento perturbador para la democracia, pues se convierten en libretos colectivos que dividen a una sociedad y luego la dejan en manos de un tirano, que puede ser un Hitler o un Stalin; un Somoza o un Maduro.

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