Opinión

Una manzana en diez pedazos (III)

Noticias de la otra orilla

Por:
enero 18, 2020
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Una manzana en diez pedazos (III)

Era 1968 y la radio barranquillera molía a toda hora aquella hermosísima canción de la Orquesta la Playa con Willy Quintero que decía: “…La conocí, una mañana, cuando el sinsonte empezó a cantar. También sonaron las campanitas de su pueblito en Valledupar… Linda muchacha que allá en el Valle naciste…” Por su parte, Nelson y sus Estrellas, se empeñaban en decir a los cuatro vientos que “Mi ritmo no es de por aquí, mi ritmo es de por allá” o vacilaba con aquello del “Son del Papelón”, y “Payaso” y “La Sirena”; Los Blanco de Maracaibo, que eran negros, pretendían asustarnos con el sabor de “un espanto maracucho”, pero nos seducían con “Otra noche de ilusión” y con “Morena consentida”, la iluminada canción de Pedro Juan Meléndez. Richie Ray, por su parte, entre seis chorreaos, jala jalas y boogaloos invadía con la trompeta de Chaparro y de Doc Cheatam todos los rincones de la navidad barranquillera; y Joe Batán trajo a la ciudad un “Avión” loco que puso en delirio a los coreógrafos populares de los bailaderos de entonces. Todo aquello sonaba en el radio nacarado de mi casa y mi hermana Connie cantaba con deleite un bello vals mexicano titulado “El Club Verde” que ponía de moda nuevamente un resucitado Javier Solis.

Por esos días mi padre era primer bombardino de la Banda de la Armada Nacional ARC Barranquilla y cuando tocaba los himnos protocolarios en los partidos del Junior y Millonarios yo entraba cargando el estuche de su instrumento de viento para poder ver en acción al legendario Amadeo Carrizo.

 

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A comienzos de 1970 otra manzana pasó por las vueltas de mi vida y nos mudamos a una pequeña quinta que quedaba frente al Restaurante El Merendero, en la carrera 43 entre calles 70 y 70B. Era una casa en la que había funcionado la Clínica de la Piel, propiedad de un tío político, el dermatólogo Carmelo Castilla, padre de mis primos los Castilla Iriarte, y que nos habían dejado en alquiler cuando se fueron a vivir a Venezuela. Por las tardes de brisa barranquillera muchas veces teníamos que cerrar todas las puertas y ventanas para protegernos de la provocación permanente que representaban los olores de las parrillas de El Merendero.

Fue en esos días cuando una preciosa muchacha mucho mayor que yo partió en dos mi corazón. Ella vivía en una casita de dos pisos, aún hoy en pie a pesar del maltrato, y en la que, ya irreconocible, funciona un restaurante chino de mala muerte, sobre la calle 70 casi esquina de la 43, detrás del restaurante de pollos fritos de la esquina. Diagonal estaba el Restaurante Alí Babá y sus Cuarenta Pollos y en la otra esquina un restaurante chino cantonés, diagonal a Relegas. Yo me enamoré perdidamente de ella y casi me mata de amor. Era una lectora empedernida de las novelas de Corin Tellado y un día que la acompañé al Ley de la 72 me dio un beso en la boca porque le regalé unas fotonovelas que yo les había robado a las mujeres de mi casa. Pero un día la vi subir por la 43 abrazada con los ojos cerrados de delicia a un motociclista de melena rubia que manejaba una Harley Davidson. Era el León Pardo, un famoso peleador de Lucha Libre y desde luego yo nada podía hacer. Por suerte al poco tiempo regresamos todos a Sincé y pude paliar el dolor con otras cosas.  Pero todavía hoy la recuerdo peinando con su mano mi cabello corto y arreglando maternalmente el cuello de mi camisa, mientras su madre le decía: deja quieto a ese muchacho.

 

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Regresé a Barranquilla seis años más tarde, a mediados de 1976, y volví a vivir con mi tía Tere, esta vez en la calle 50, entre 38 y 41, donde se estrellaba precisamente la 39, a pocos pasos de la Universidad del Atlántico donde empezaría un año más tarde mis estudios de Filología e Idiomas. Esa manzana rueda en mi memoria por mil y una razones existenciales y culturales: la cocina de mi tía, su generosidad y su ternura; la hermandad y la alegría solidaria de mis primos; la música de Barry White de mi primo Miguel y la de Oscar D’León y la Dimensión Latina que encontré en la pequeña discoteca de la casa. Vinieron entonces las clases de Latín del profesor Alirio; la semiótica con los Viana; La tertulia del Gallo Capón con Carlos J. María, Edmundo Ramos, Ariel Castillo, Guillo Tedio, Ramón Bacca, Alfredo Gómez Zurek y Ramón Molinares; Assa y los Conciertos del Mes; Braulio y el Cine Club Barranquilla…

Todo eso se junta y se traslada cada día hasta la manzana del Centro Cívico donde empiezo a trabajar en un juzgado civil y allí, en una máquina vieja de cagatintas consagrado, empiezan a tomar forma los poemas que ya venían escritos de Sincé.

 

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