Opinión

Un huerto para tiempos de pandemia

En la crisis, nuestras seguridades se diluyen con el paso del encierro; la mayor hazaña de la humanidad será responder a sus necesidades vitales con los medios más simples y sanos

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marzo 26, 2020
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Un huerto para tiempos de pandemia
Huerto urbano: Las generaciones citadinas estamos cada vez menos familiarizadas con los ciclos de las plantas, la forma en que se produce nuestro alimento

Si hacemos parte de la Colombia privilegiada, estamos ahora bajo un techo que nos resguarda, con provisiones para varios días, con algo de dinero para comprar más cuando nos haga falta; si abrimos la llave, el agua sale sin restricción; si encendemos la estufa, tenemos fuego para cocinar los alimentos; si se nos agota la batería del celular, lo conectamos al toma más cercano y se comienza a cargar. Hasta hace unos días, dábamos por descontado el flujo permanente de estos bienes naturales, y dedicábamos nuestro tiempo y esfuerzo a lo que creíamos más importante: crecer; nosotros, nuestros bienes, el sistema económico. Pero de súbito, todo cambió. En medio de la crisis desatada por la pandemia, nuestras seguridades se diluyen con el paso del encierro. No solo tememos por nuestra salud y la de los que amamos: sentimos que este gran caudal de materia y energía que alimenta nuestra vida urbana, se puede convertir en un pequeño hilo; los agricultores podrían enfermar, y los conductores de camiones, los empleados del acueducto, los médicos, los enfermeros, el personal de limpieza. ¿Y si en un momento el dinero en nuestras cuentas no se pudiera cambiar por agua o tomates o arroz? La naturaleza nos está devolviendo al lugar que nos corresponde, nos hace entender que no vivimos por fuera de ella.

La mayor parte de los 300.000 años de nuestra historia en la Tierra, hemos vagado entre árboles y plantas forrajeando nuestro alimento. La domesticación de animales y la selección de plantas que implicaron nuestro asentamiento en sociedades agrícolas sucedió hace unos 12.000 años. Y dando un salto a tiempos más cercanos, hasta los años cincuenta del siglo pasado la población del país era mayoritariamente campesina; gran parte de sus actividades estaban directamente relacionadas con la producción y distribución de alimentos, que en su mayoría, irían a satisfacer la demanda local. Con la gran aceleración que se da al remplazar el carbón por el petróleo como energético principal, la industrialización de la producción de alimentos impulsó la migración masiva de la población rural a las ciudades y la generación de patrones de consumo que permitieron el crecimiento de una gigantesca industria con plantaciones tecnificadas ubicadas en cualquier lugar del mundo, que añadieron un factor adicional de fragilidad: su dependencia de los hidrocarburos. La autonomía alimentaria de nuestros abuelos era mucho mayor que la nuestra, y en una situación como la que vivimos hoy, su comida no dependería de complejos procesos de traslado y abastecimiento; mucho menos sería mediada por transacciones económicas. La tendrían a la mano.

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Abandonamos la práctica y el conocimiento de la producción de alimentos, el principal legado de nuestros ancestros

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Las generaciones urbanas estamos cada vez menos familiarizadas con los ciclos de las plantas, la relación de nuestros cultivos con los movimientos de los astros, la forma en que los elementos de la materia orgánica vuelven a fijarse en el suelo y producen nuestro alimento, la relación de los agroquímicos con nuestra enfermedad. Abandonamos la práctica y el conocimiento de la producción de alimentos, el principal legado de nuestros ancestros, y lo dejamos en manos de las grandes corporaciones y su lógica de maximización de las ganancias. Crecimos en un relato de ficción en el que los humanos estábamos por encima de la naturaleza. La lucidez de Yayo Herrero nos lo deja ver con claridad: “La ficción de poder vivir «emancipados» de la naturaleza, de nuestro propio cuerpo o del resto de las personas, constituye un eje central del proyecto civilizatorio occidental. La inmanencia y vulnerabilidad de cada individuo y la existencia de límites físicos han podido ser temporalmente ignoradas gracias a que los bienes y ciclos naturales, otros territorios, otras especies, las mujeres y otros pueblos sometidos han soportado las consecuencias ecológicas, sociales y cotidianas de estas vidas falsamente ajenas a la ecodependencia e interdependencia”.

La magnitud de la actual crisis nos despierta con esta tremenda dosis de realidad. Es necesario detenernos y respirar; transitar a un mundo diferente al que hoy vemos desfilar desde nuestras ventanas. Debemos aprender de esta primera prueba, a enfrentar las muchas que se nos avecinan con la magnitud de la crisis climática. Nos urge volver los ojos a lo primordial: al agua, al alimento, a la reparación profunda de los ecosistemas que sustentan nuestra vida y la de los tantos otros seres que dan sentido a nuestra existencia. Transformemos esta realidad de manera colectiva, desde abajo, desde la solidaridad, desde la austeridad. Nos lo dice la sabiduría de un viejo del desierto, Pierre Rabhi: “a partir de ahora, la mayor hazaña, la más bella, que tendrá que llevar a cabo la humanidad será la de responder a sus necesidades vitales con los medios más simples y sanos. Cultivar un huerto o entregarse a cualquier actividad creadora de autonomía será considerado un acto político, un acto de legítima resistencia a la dependencia y la esclavitud del ser humano”.

 

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