Opinión

Un adulto feliz

Esa guerra atroz que se desató en el umbral de su puerta es tan lejana y ajena como la de Hiroshima, Siria, Vietnam, Bojayá... No lo toca, no le importa, le es indiferente

Por:
agosto 13, 2019
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Un adulto feliz
De la exposición “El testigo”, de Jesús Abad Colorado, Bojayá, mayo de 2002

Usted pudo haber sido un niño japonés que se levantó a desayunar a las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945 en Hiroshima y apenas pudo darse cuenta del resplandor atronador que arrasó con su mundo. O pudo haber muerto unos días más tarde por los efectos de las quemaduras o la radiación, junto a 146.000 personas, la mayoría civiles.

O pudo haber sido un niño alemán aferrado a sus padres en un refugio antiaéreo en Dresden, donde entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, 1.249 bombardeos británicos y norteamericanos descargaron 3.900 toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre el centro histórico de la ciudad matando más de 25.000 civiles. Su pequeño cuerpo irreconocible por el polvo y las heridas sepultado bajo las ruinas de su propia casa.

O pudo haber sido un niño judío polaco, hacinado con otras 400.00 personas en el gueto de Varsovia, cuando la población se levantó contra los nazis el 19 de abril de 1943 y haber sobrevivido a las hambrunas y a la batalla solo para terminar en una cámara de gas en Treblinka, donde entre el 23 de julio de 1942 y el 19 de octubre de 1943, el lapso más mortífero de la Solución Final, 900.000 judíos polacos fueron asesinados en las cámaras de gas.

O pudo haber sido un niño sirio, que el 28 de abril de 2016 se recuperaba de las heridas causadas por los bombarderos de su propio gobierno mientras jugaba en el patio de su casa, cuando otro ataque sobre el hospital mató pacientes y personal médico, en un episodio más de la batalla por la reconquista de Alepo de manos rebeldes, que destruyó por completo una ciudad bella y próspera. Sus manos aun aferradas a las del Médico sin Fronteras que lo atendía. Menos terrible la suerte de los más de cinco millones de refugiados que han huido de esa guerra sin fin, dejando sus vidas atrás.

O pudo haber sido un niño negro de Darfur, en Sudán, a quien en febrero de 2003 criadores de caballos, musulmanes como él, pero de raza árabe, obligaron a desplazase de sus tierras, por el color de su piel, entre más de dos millones de negros sudaneses, salvando al menos su vida, lo que no sucedió con otras 400.000 personas de su raza, hombres, mujeres y niños, masacrados en ese éxodo.

O pudo haber sido un niño tutsi de Ruanda, atrapado en el genocidio reciente más grande de nuestro tiempo: entre 800.000 y un millón de tutsis, asesinados entre abril y junio de 1994, luego de que el avión en que viajaba el presidente de Ruanda, perteneciente a la mayoría hutu, fuera derribado. No hay en la historia del mundo una venganza comparable por la muerte de un político.

O pudo haber sido un niño víctima de los piratas, cuando con su familia escapaba de Vietnam luego de la caída de Saigón, en un bote atestado, desafiando olas y tormentas. Entre 1975 y 1995 dos millones de personas dejaron Vietnam, pero solo 800.000 llegaron a puerto seguro.

O pudo haber sido un niño africano cuyos padres pobres, sin educación y sin futuro, entregaron todas sus posesiones para pagarle a un traficante de personas el costoso pasaje en un barco destartalado a través del Mediterráneo, hasta los países maravillosos que están al frente, casi al alcance de la vista, solo para ser abandonados en altamar, su cuerpo arrojado a las playas del paraíso nunca alcanzado, tragedia que se desarrolla ahora mismo antes nuestros ojos ya indiferentes.

 

O pudo haber sido un niño colombiano,
refugiado en la iglesia de Bojayá en el Chocó cuando las guerrillas de las Farc bombardearon el pueblo con cilindros de gas 

 

O pudo haber sido un niño colombiano, refugiado en la iglesia de Bojayá en el Chocó el 2 de mayo de 2002 cuando las guerrillas de las Farc bombardearon el pueblo con cilindros de gas, en un intento por quitarle el control de río Atrato a los paramilitares de la AUC, lo cual resume en un párrafo toda la miseria, el abandono, la codicia, la desolación, la degradación del conflicto armado colombiano. Entre las 119 víctimas del incendio de la Iglesia, un Cristo mutilado, símbolo de tanta maldad, de tantos miles de muertos, de tantos cientos de miles de desplazados.

Pero no. Usted fue un niño colombiano, urbano, protegido por sus padres, con una infancia feliz, que fue al colegio y a la universidad, que no conoció nunca ni el hambre, ni la muerte violenta de un ser querido, que ha construido una vida confortable, apenas amenazada por las dolencias inevitables de la modernidad: la soledad, el desamor, el desempleo, la inseguridad, la ansiedad de no tener lo innecesario.

Hoy es un adulto que juzga con severidad los esfuerzos que se han hecho por acabar el conflicto armado colombiano, porque ese conflicto no existe, porque solo es una amenaza terrorista contra los terratenientes, porque hay una entrega irresponsable de los sagrados principios de la Patria, de la Propiedad,  de la Religión, del Estado, porque los desplazados son solo migrantes en busca de oportunidades, porque esa guerra atroz que se desató en el umbral de su propia puerta es tan lejana y tan ajena como la de Hiroshima, la de Dresden, la de Varsovia, la de Siria, la de Darfur, la de Uganda, la de Vietnam, la de Bojayá. Algo que no lo toca y por tanto no le importa, que le es indiferente. Guerras virtuales en los noticieros de televisión. Gracias debería darle al cielo porque usted fue un niño afortunado y hoy es un adulto feliz.

 

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